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  <title><![CDATA[Navarra.com :: RSS de «Fabricio de Potestad»]]></title>

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    <description><![CDATA[Navarra.com | Noticias Navarra | Actualidad Navarra | San Fermin | Todas las noticias en Navarra.com | Última hora en Navarra Hoy | Deportes Navarra | Esquelas Navarra]]></description>
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  <title><![CDATA[Consensos necesarios]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Thu, 26 Jan 2017 09:03:13 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Fabricio de Potestad]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[<p>La derecha y la izquierda han tenido hist&oacute;ricamente posiciones antag&oacute;nicas sobre la monarqu&iacute;a, la rep&uacute;blica, la democracia, la religi&oacute;n, las clases sociales, la igualdad, la propiedad privada y la econom&iacute;a, entre tantas otras cuestiones.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Seg&uacute;n el pensador franc&eacute;s R&eacute;n&eacute; R&eacute;mond esta divisi&oacute;n no tiene vigencia actual en la vida pol&iacute;tica moderna, en la que <strong>el pragmatismo se ha impuesto, </strong>seg&uacute;n el parecer de algunos, de forma incontestable. De hecho, Fukuyama ha decretado el fin de la historia, la muerte de las ideolog&iacute;as, el derrumbe de los grandes relatos, el anacronismo de la lucha de clases y de cualquier discurso que remita a aquellos ideales de la Ilustraci&oacute;n que abrazaba una perspectiva de emancipaci&oacute;n para el conjunto de los humanos.</p>

<p>Es cierto que sensu laxo ning&uacute;n partido parece cuestionar las libertades p&uacute;blicas, la democracia y las pol&iacute;ticas sociales. Sin embargo, el desempleo, la pobreza y, en definitiva,<strong> las desigualdades sociales contin&uacute;an siendo dram&aacute;ticas,</strong> por lo que, en un principio, parece que la <strong>distinci&oacute;n </strong>entre ambas sigue siendo necesaria. Dar por muertas las expectativas ideol&oacute;gicas es adem&aacute;s de una tesis falsa, una afirmaci&oacute;n socialmente peligrosa, porque fomenta, entre otros males, los populismos bien sean de ultraderecha o de extrema izquierda, que no representan otra cosa que la mixtificaci&oacute;n de las masas, sin br&uacute;jula doctrinal ni proyecto pol&iacute;tico, en torno a un caudillo que no ofrece otra cosa que<strong> humo que irrita los ojos y no permite ver la realidad</strong> ni sus posibles soluciones.&nbsp; &nbsp;&nbsp;</p>

<p>El mundo cambia y<strong> las fuerzas pol&iacute;ticas deben redefinirse </strong>constantemente en funci&oacute;n de las nuevas preocupaciones y demandas sociales. La actual divisi&oacute;n, algo virtual, entre derecha e izquierda resulta a la vez necesaria y funesta. De una parte, no podemos ignorarla, porque se pueden todav&iacute;a identificar divergencias que aportan soluciones diferentes a los problemas ciudadanos y, adem&aacute;s, es imprescindible que exista en democracia una clara oposici&oacute;n que fiscalice el poder del gobierno de turno. De otra, es funesta, porque<strong> las diferencias virtuales ocasionan falsos desencuentros</strong>, tensiones innecesarias y obstaculizan la posibilidad de llegar a acuerdos que son muchas veces necesarios.</p>

<p>La <strong>divisi&oacute;n extrema y radical entre la derecha y la izquierda </strong>no es solamente incomprensible, arcaica y perniciosa, sino que, adem&aacute;s, representa un <strong>obst&aacute;culo para la concordia ciudadana</strong>, aunque su clara diferenciaci&oacute;n es buena desde la perspectiva electoral en una democracia. Una divisi&oacute;n n&iacute;tida y realista entre la derecha y la izquierda facilita, sin duda,<strong> la sensibilizaci&oacute;n y el inter&eacute;s del elector</strong>.</p>

<p>Sin embargo, si siempre tenemos dos posiciones antag&oacute;nicas, dos bloques diferentes enfrentados, sea cual sea la cuesti&oacute;n acerca de la cual se debate, puede conducir a <strong>una divisi&oacute;n profunda de la sociedad </strong>y puede comprometer el consenso en cuestiones de suma importancia y de inter&eacute;s general. Las opciones tienen que ser claras, pero dados los escasos m&aacute;rgenes de operatividad pol&iacute;tica y econ&oacute;mica que permite el Tratado de Maastricht de la Uni&oacute;n Europea, no hay m&aacute;s opci&oacute;n que el consenso en las cuestiones de mayor trascendencia. M&aacute;s a&uacute;n, si nos atenemos a las afirmaciones de Noam Chomsky, Loretta Napoleoni y Jean Ziegler acerca de que las democracias gobiernan sobre econom&iacute;as que no controlan, con m&aacute;s raz&oacute;n se debe tender a pol&iacute;ticas consensuadas entre derechas e izquierdas, sobre todo en cuestiones de Estado.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>

<p>Si la divisi&oacute;n contribuye a levantar<strong> dos bloques antag&oacute;nicos y monol&iacute;ticos</strong> que no se hacen ninguna concesi&oacute;n, lo que es contrario al sentido com&uacute;n y a la raz&oacute;n,<strong> puede surgir el odio entre ciudadanos</strong>. Lamentablemente, hay que reconocer que muy a menudo la animadversi&oacute;n entre personas de diferentes ideolog&iacute;as conduce a estos contraproducentes estados an&iacute;micos.&nbsp; En la pr&aacute;ctica, si los representantes de la derecha y la izquierda, independientemente de su leg&iacute;tima aspiraci&oacute;n a gobernar y en aras del inter&eacute;s general, tuviesen una mayor <strong>predisposici&oacute;n a negociar y a llegar a acuerdos, seguramente habr&iacute;a mayor estabilidad y menos crispaci&oacute;n social.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; </strong></p>

<p>&Eacute;ticamente ser&iacute;a exigible que ambas ideolog&iacute;as se rigiesen por propuestas basadas en la experiencia, en la ex&eacute;gesis de la historia, el poder de los argumentos, en la racionalidad y en las certezas que aportan las ciencias, pues sujetos a la realidad y al positivismo <strong>es m&aacute;s f&aacute;cil proponer respuestas &uacute;tiles que den respuestas a las demandas sociales.&nbsp;</strong></p>
]]></content:encoded>
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  <title><![CDATA[La era de la política posverdad]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Wed, 7 Dec 2016 08:58:51 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Fabricio de Potestad]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[<p>David Roberts, quien acu&ntilde;&oacute; este t&eacute;rmino, advierte que los pol&iacute;ticos han tenido siempre una relaci&oacute;n muy peculiar con la verdad, pues de forma desvergonzada ocultan, exageran o mienten descaradamente sobre las cuestiones pol&iacute;ticas, siendo cada vez m&aacute;s los pol&iacute;ticos, independientemente de su afinidad ideol&oacute;gica o pa&iacute;s de pertenencia, los que se incorporan a esta era de la pol&iacute;tica posverdad, sin que los medios de comunicaci&oacute;n hayan sido capaces de frenar esta tendencia ni la ciudadan&iacute;a haya sido capaz de castigarla electoralmente.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Sin embargo, <strong>yo no creo que los pol&iacute;ticos mientan</strong>, sino que cometen una tropel&iacute;a mucho m&aacute;s grave: <strong>pervierten el concepto filos&oacute;fico de verdad</strong>, cuyas consecuencias son mucho m&aacute;s trascendentes que una mentira, pues trivializan y vac&iacute;an de credibilidad y de rigor a la pol&iacute;tica. En la actualidad parece no haber verdad con may&uacute;scula, ni siquiera verdad relativa, sino m&uacute;ltiples verdades, tan circunstanciales o coyunturales como ef&iacute;meras. Toda verdad pol&iacute;tica parece tener su propia vigencia temporal y su fecha de caducidad.&nbsp;</p>

<p>La verdad ya no es una adecuaci&oacute;n entre pensamiento y realidad, ni siquiera una concordancia entre lo dicho y lo hecho. <strong>La verdad ha sufrido una metamorfosis tan radical</strong> que lo propuesto como cierto en el curso de una campa&ntilde;a electoral, agota su vigencia para sustituirla por otra verdad, incluso opuesta a la anterior, cuando el objetivo ya no es ganar las elecciones, sino formar gobierno o aprobar unos presupuestos. Por tanto, opera como verdad aquella, aunque pudiera ser sea falsa, que muestra su eficacia a la hora de lograr un objetivo.</p>

<p>Una vez logrado el fin,<strong> la verdad deja de ser operativa y caduca.</strong> La verdad se identifica as&iacute; con lo &uacute;til. Y es precisamente su utilidad la que la legitima a posteriori como verdad. Dicho de otro modo, una verdad in&uacute;til, por cierta que sea, resulta falsa, porque no contribuye a la consecuci&oacute;n de los prop&oacute;sitos que se pretenden conseguir. Aqu&iacute; radica precisamente la miseria de la pol&iacute;tica actual, pues la verdad es tan solo una proposici&oacute;n utilitarista y cortoplacista, que solo busca la obtenci&oacute;n de los resultados apetecidos coyunturalmente,<strong> sin detenerse a pensar el descr&eacute;dito y desafecci&oacute;n que se va instalando en la ciudadan&iacute;a</strong> de forma cada vez m&aacute;s preocupante.</p>

<p>Muchos pol&iacute;ticos, aut&eacute;nticos dise&ntilde;adores de certidumbres <em>pr&ecirc;t-&agrave;-porter</em>, no elaboran sus cambiantes verdades influidos intelectualmente por la problematizaci&oacute;n filos&oacute;fica de la verdad, derivada del advenimiento de la posmodernidad, <strong>sino por un uso pragm&aacute;tico tan abusivo como ignorante y mal entendido</strong>. Pudiera decirse, si acaso, que se percibe cierto escepticismo y cansancio con respecto a los grandes ideales del pasado, cayendo as&iacute; en una vacuidad agonizante que se enfrenta a un horizonte anihilado.</p>

<p>Es cierto que la imposibilidad de una fundamentaci&oacute;n inequ&iacute;voca, &uacute;ltima, &uacute;nica y normativa de la verdad es el aspecto m&aacute;s llamativo de la posmodernidad, hecho que deviene, en parte, de la denuncia que Foucault hizo de la verdad entendida como relato construido por el poder sin otra finalidad que el control totalitario de la ciudadan&iacute;a. Por su parte, las reflexiones de Nietzsche, Wittgenstein o Heidegger al respecto dan al traste con toda esperanza de fundamentaci&oacute;n irrefutable de la verdad, de tal suerte que<strong> los intentos de restaurar una raz&oacute;n global y &uacute;ltima suenan a nostalgia metaf&iacute;sica</strong>.</p>

<p>En cualquier caso, la cuesti&oacute;n del adi&oacute;s al fundamento &uacute;ltimo de la verdad conduce <strong>a una segunda cuesti&oacute;n que es la p&eacute;rdida de credibilidad </strong>en los grandes relatos desarrollados en la modernidad, supuestamente unificadores y legitimadores, que surgieron de sugerentes proposiciones especulativas, pero que no han logrado demostrar que de la verdad de un enunciado descriptivo, que supuestamente nos muestra c&oacute;mo es la realidad, tenga como corolario necesario la certeza de un enunciado prescriptivo, cuyo fin es modificarla, si realmente la realidad descrita es injusta.</p>

<p>Heidegger se&ntilde;ala que lo verdadero, entendido como conformidad, se sit&uacute;a en el horizonte abierto del di&aacute;logo entre individuos, grupos y &eacute;pocas. Pero el consenso no garantiza que lo acordado sea necesariamente verdad, por lo que <strong>&eacute;sta precisa de un proceso de verificaci&oacute;n</strong>, cuya legitimaci&oacute;n se produce, por tanto, a posteriori.</p>

<p>Obviamente, <strong>una mentira tambi&eacute;n puede resultar &uacute;til y eficaz,</strong> justo en la medida en que alcanza sus pretensiones, por lo que sometida a un proceso de comprobaci&oacute;n pudiera perfectamente entenderse como verdad. No obstante,<strong> la cr&iacute;tica del concepto de verdad se plantea de manera especialmente demoledora en Nietzsche</strong>, pues afirma que la verdad es instaurada por el poder religioso o estatal a fuerza de inventar relatos uniformemente v&aacute;lidos y supuestamente veraces, y, por consiguiente, obligatorios.</p>

<p><strong>Se origina as&iacute; el contraste entre verdad y mentira que las masas ciudadanas deben consumir</strong>, con objeto de mantener el <em>statu quo</em> del sistema. Sin embargo,<strong> los seres humanos de lo que huyen no es tanto de ser enga&ntilde;ados, sino de ser perjudicados mediante el enga&ntilde;o,</strong> deseando s&oacute;lo la verdad en cuanto que tiene consecuencias agradables que mantienen su vida m&aacute;s o menos confortable.</p>

<p>Dicho de otra manera,<strong> la ciudadan&iacute;a es c&oacute;mplice de la instauraci&oacute;n y persistencia de la era de la pol&iacute;tica posverdad</strong>. La verdad, en definitiva, es interpretaci&oacute;n, est&eacute;tica, creaci&oacute;n ficticia en el horizonte de acuerdos en el espacio de la libertad de las relaciones interpersonales. En cualquier caso,&nbsp; por relativa y cuestionable que pueda ser la verdad, siempre cabe, como propone Habermas, sustentarla en la acci&oacute;n comunicativa, en la fuerza del mejor argumento y, en definitiva, en el consenso, pero nunca en la verdad enga&ntilde;osa, vers&aacute;til y utilitarista en la que muchos pol&iacute;ticos est&aacute;n actualmente instalados.</p>
]]></content:encoded>
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  <title><![CDATA[La liviandad del cainismo   ]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sun, 4 Dec 2016 09:15:00 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Fabricio de Potestad]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[<p>La &eacute;tica es un sendero angosto y muy exigente que muy pocos pol&iacute;ticos parecen dispuestos a recorrer. La pol&iacute;tica no puede reducirse a una aristocracia que espera las oportunidades, ya sean democr&aacute;ticas o alevosas, para obtener el poder que esperan con &aacute;vido deleite mientras la ciudadan&iacute;a queda reducida a la condici&oacute;n de electores o militantes bien disciplinados.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Hace falta &eacute;tica en la pol&iacute;tica. La &eacute;tica pol&iacute;tica representa un resuelto esfuerzo del intelecto a favor de una <strong>incondicional inclinaci&oacute;n</strong> hacia la moral que se materializa en la lucha por la libertad y la justicia social. Hay dirigentes, muy apegados al poder, que muestran la arrogancia de quien amaga una incruenta ballester&iacute;a y la insensibilidad r&iacute;gida de los dem&oacute;cratas poco convencidos, que perpet&uacute;an la vieja desconfianza leninista hacia los militantes.</p>

<p>En ocasiones, la pol&iacute;tica hierve penosamente de tanta ambici&oacute;n que, a su lado, no se puede permanecer sin mantener cerrados los ojos. Sus indignantes muestras de inequ&iacute;voca incoherencia o sus <strong>maquiav&eacute;licas </strong>insidias para hacerse con el poder son mezquindades con las que no se puede transigir. Ca&iacute;n parece haberse instalado en la pol&iacute;tica, pues algunos pol&iacute;ticos al oler a poder no escatiman esfuerzos para deshacerse de una parte de su <strong>fraternal capital humano</strong> con tal de sustituirlo. A&ntilde;agazas y felon&iacute;as son urdidas como si de una obra de pasamaner&iacute;a se tratase con tal de obtener el poder, da&ntilde;ando incluso a su propia formaci&oacute;n pol&iacute;tica. Como dice el dicho: &ldquo;Dios m&iacute;o cu&iacute;dame de mis amigos, que de mis enemigos me cuido yo&rdquo;.</p>

<p>Y es que a los enemigos vienen de frente, pero de la felon&iacute;a tabernaria se encargan los amigos. La <strong>aristocracia </strong>pol&iacute;tica parece hallar una extra&ntilde;a y siniestra satisfacci&oacute;n en tergiversar la realidad y recrearla a su antojo.</p>

<p>Tanto es as&iacute; que su ambiciosa y pat&eacute;tica veleidad de poder ruge de forma incesante, emitiendo un sonido lacerante, que no es otra cosa que una at&aacute;vica y cainita melod&iacute;a compuesta por falsedades y <strong>descalificaciones </strong>acerca del adversario, un zumbido cruel que crece cuando perciben como asequible alguna poltrona, aunque est&eacute; democr&aacute;ticamente ocupada. Y conste que pese a los muchos desenga&ntilde;os &ndash;que devienen, cr&eacute;anme, no solo de la derecha corrupta, sino tambi&eacute;n de las izquierdas extraviadas&ndash; sigo teniendo la convicci&oacute;n de que este pa&iacute;s es progresista, pues aunque no hayamos hecho una revoluci&oacute;n tan dispuesta y cargada de literatura como la francesa, o una conmoci&oacute;n <strong>tan &eacute;pica y dostoievskiana</strong> como la rusa, tenemos las hormonas, el talante, la temperatura y el clima de un pueblo socialista.</p>

<p>Es obvio que escribo este art&iacute;culo con una caligraf&iacute;a deca&iacute;da y descre&iacute;da, y lo hago con una temperatura entibiada, que m&aacute;s parece la de una hoguera que se apaga con el tenue crepitar de unos ciudadanos perplejos ante la disparatada entrega del poder a una derecha corrupta que ha cercenado durante cuatro a&ntilde;os derechos y libertades. En fin, mientras, en alg&uacute;n rinc&oacute;n ajeno a la cat&aacute;strofe, los maestros en <strong>ambig&uuml;edades, cambiazos y birlibirloques</strong>, preparan la construcci&oacute;n de un poderoso entramado pol&iacute;tico que perpetuar&aacute; las dram&aacute;ticas desigualdades, los m&aacute;s desafortunados sucumbir&aacute;n en la profundidad de su desgracia y los desheredados de la tierra de promisi&oacute;n avanzar&aacute;n hacia el futuro con la incertidumbre de quien avizora un abismo.</p>

<p>Sin embargo, poco, creo yo, he aprendido de este supino desatino que no supiera ya por los libros. De <strong>Maquiavelo a Freud</strong>, todo est&aacute; en sus p&aacute;ginas: las razones del poder, su oscura racionalidad, la escenificaci&oacute;n barroca de sus actuaciones, el mal gusto de su est&eacute;tica, y el desmesurado narcisismo que lo habita. En cuanto a sus sinrazones, basta con leer a <strong>Shakespeare</strong>. Claro que quiz&aacute; uno quiz&aacute; est&eacute; ya, como el rey Lear, superado por el tiempo, pues mi generaci&oacute;n tuvo un esp&iacute;ritu pol&iacute;tico forjado en tiempos de lucha clandestina, durante los cuales acudir a una manifestaci&oacute;n era dar p&uacute;blica cuenta de una resuelta voluntad de trasformar la sociedad. Nuestra generaci&oacute;n no tuvo maestros, m&aacute;s aun se hizo contra ellos.</p>

<p>Nuestras conciencias se fraguaron con la utop&iacute;a, las revoluciones imaginarias, la insurrecci&oacute;n sesentayochista de Par&iacute;s, con textos prohibidos, canciones de los <strong>Beatles, poes&iacute;as de Neruda, la n&aacute;usea de Sartre</strong> y con un miedo com&uacute;n, hijo de la brutalidad del r&eacute;gimen <strong>franquista</strong>. En fin, lamentablemente los pactos y componendas, en ocasiones, propician una formulaci&oacute;n pol&iacute;tica pusil&aacute;nime, cautelar, conformista, burocr&aacute;tica, lenta, y canija; una concepci&oacute;n superficial, en la que la apariencia, disfrazada de responsabilidad, se sit&uacute;a por encima cualquier consideraci&oacute;n &eacute;tica. Lo cierto es que ha ganado una vez m&aacute;s la inercia hist&oacute;rica.</p>

<p>Llamo inercia hist&oacute;rica, naturalmente, a todo eso que gestionan los <strong>mercaderes de Bruselas y controlan las entidades bancarias</strong>. Por tanto, nuestra sociedad est&aacute; abocada al neoliberalismo y con ella al paro estructural, al despido libre, al empleo precario, y, en definitiva, al aumento de la desigualdad, donde unos pocos contabilizan sus logros sobre la amputaci&oacute;n de la vida de la inmensa mayor&iacute;a. Hay que aceptar, pues, una cierta dosis de pesimismo, lo contrario es de idiotas. Dijo <strong>Diego Saavedra</strong>, escritor espa&ntilde;ol del siglo XVII, que &ldquo;rendirse a la adversidad es ponerse de su parte&rdquo;. Afortunadamente, la ciudadan&iacute;a socialista no es sutil y llama al pan y al vino por su nombre de pila. Y cuando dice no, es no.&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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