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  <title><![CDATA[Navarra.com :: RSS de «Javier Errea»]]></title>

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    <description><![CDATA[Navarra.com | Noticias Navarra | Actualidad Navarra | San Fermin | Todas las noticias en Navarra.com | Última hora en Navarra Hoy | Deportes Navarra | Esquelas Navarra]]></description>
    <lastBuildDate>Mon, 20 Apr 2026 21:34:18 +0200</lastBuildDate>
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  <title><![CDATA[Fernando Múgica ]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Fri, 13 May 2016 12:23:00 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Javier Errea]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[  Fernando  (en la foto superior, al fondo, sacando fotos) nos trajo de  Vietnam  la gorra de un soldado muerto. Un Vietcong. Ajenos a la guerra, mi hermano Dani y yo jugamos con aquella gorra ni s&eacute; cu&aacute;ntos a&ntilde;os. Un d&iacute;a...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p><strong>Fernando </strong>(en la foto superior, al fondo, sacando fotos) nos trajo de <strong>Vietnam </strong>la gorra de un soldado muerto. Un Vietcong. Ajenos a la guerra, mi hermano Dani y yo jugamos con aquella gorra ni s&eacute; cu&aacute;ntos a&ntilde;os. Un d&iacute;a desapareci&oacute;. No dej&oacute; rastro. Pero no nos pudimos olvidar de ella.</p>

<p>Soy periodista <strong>porque mi padre tra&iacute;a todos los d&iacute;as el diario a casa</strong> -eso lo he descubierto despu&eacute;s- y porque <strong>Fernando</strong>, mi t&iacute;o, sacaba fotos y enviaba sus cr&oacute;nicas desde cualquier lugar remoto y peligroso para que mi padre y otros las leyeran, y para que yo les viera leerlas y quisiera imitarlos: Egipto, L&iacute;bano, Nicaragua, Sarajevo&hellip; Y porque nunca se dio importancia a pesar de ver tantas cosas terribles. Y porque jam&aacute;s pasamos miedo pensando d&oacute;nde estar&iacute;a. Y porque nos trajo aquella gorra. <strong>Fernando </strong>desaparec&iacute;a como la gorra del Vietcong, sin dejar rastro, pero al cabo reaparec&iacute;a tan campante y re&iacute;a, re&iacute;a mucho, siempre me gust&oacute; c&oacute;mo sonaba su risa. Aunque entonces miraba al interior de sus ojos cristalinos y me daba cuenta de que por dentro no re&iacute;a tanto, &iexcl;hab&iacute;a tantas cosas de las que no quer&iacute;a hablar!</p>

<p>S&iacute;, quise ser como &eacute;l. No me atrev&iacute;.</p>

<p><strong>Fernando M&uacute;gica Go&ntilde;i (Pamplona, 1946-Madrid, 2016)</strong> pertenece a esa generaci&oacute;n deslumbrante de reporteros que viajaban para contarnos lo que los dem&aacute;s no pod&iacute;amos ver porque suced&iacute;a muy lejos. Que es la misma generaci&oacute;n afortunada criada en diarios necesarios y musculosos que pod&iacute;an permitirse esos viajes, y a nosotros entender mejor el mundo. <strong>Manu Leguineche, Ram&oacute;n Lobo, Arturo P&eacute;rez-Reverte, Gervasio S&aacute;nchez</strong>&hellip;</p>

<p>Aunque &eacute;l siempre admir&oacute; a los reporteros franceses. A Michel Laurent, por ejemplo, que muri&oacute; precisamente en Vietnam. Moribundos peri&oacute;dicos, desaparecida generaci&oacute;n. Titulado en Periodismo por la Universidad de Navarra, se estren&oacute; profesionalmente en <strong>La Gaceta del Norte</strong>, aquel trasatl&aacute;ntico period&iacute;stico del final del franquismo, y comenz&oacute; pronto a viajar. Jovenc&iacute;simo, con apenas 23 a&ntilde;os. Junto a Juan Jos&eacute; Ben&iacute;tez, de su misma promoci&oacute;n, con quien ya hab&iacute;a compartido pupitre en el colegio de los Maristas, despu&eacute;s alguna novia, desde Bilbao innumerables viajes a Am&eacute;rica del Sur en busca de &ldquo;reportajes imposibles&rdquo;, y finalmente una profunda y<strong> duradera amistad</strong>.</p>

<p>Lo que hac&iacute;a especial a <strong>Fernando </strong>es que escrib&iacute;a y hac&iacute;a fotos. Dos por uno. Con las c&aacute;maras andaba desde los 16, por lo menos. &ldquo;Lo dejaba todo perdido en casa&rdquo;, cuenta su madre, que es mi abuela. Tercero de cinco hermanos, naci&oacute; en el n&uacute;mero 17 de la Plaza del Castillo, junto al Casino Eslava. Nacer en la Plaza del Castillo y divisar la legendaria Estafeta con sus toros no debe de ser ninguna tonter&iacute;a porque hasta el &uacute;ltimo momento so&ntilde;&oacute; con que algunos &iacute;ntimos arrancaran la placa con el n&uacute;mero del portal de su anclaje y se la llevaran al hospital o a casa, donde estuviera &eacute;l. Falt&oacute; valor para la gamberrada. Y &eacute;l no dej&oacute; de recrimin&aacute;rselo entre risas&hellip; mientras tuvo fuerzas para re&iacute;r.</p>

<p>Hijo de <strong>Jos&eacute; M&uacute;gica</strong> <strong>Gorricho</strong>, funcionario de Diputaci&oacute;n y tenor solista del Orfe&oacute;n Pamplon&eacute;s, fallecido en 1962, y de Mar&iacute;a Jes&uacute;s Go&ntilde;i Arregui, que conserva una cabeza prodigiosa a sus 94 a&ntilde;os, Fernando se iba lejos con sus c&aacute;maras y no daba muchas explicaciones. Nunca le gust&oacute; darlas. Era m&aacute;s bien de apariciones fulgurantes. En octubre pasado, cuando la venta del piso familiar de la calle Olite, descubrimos en una caja de zapatos decenas de postales que hab&iacute;a ido enviando desde cada uno de sus destinos. Las primeras son de los &uacute;ltimos sesenta y primeros setenta del siglo pasado.</p>

<p>No habla de nada especial en ellas, no cuenta nada sobresaliente. M&aacute;s bien est&aacute;n llenas de lugares comunes. Pero llama la atenci&oacute;n su regularidad, como si de ese modo hubiera querido tranquilizar a la madre o salvaguardarla de las calamidades que ve&iacute;a. &ldquo;Cuando se iba por esos mundos de <strong>Dios no me dec&iacute;a nada</strong>. Le pregunt&aacute;bamos, le ped&iacute;amos que nos contara, pero &eacute;l respond&iacute;a que para contar hay que estar all&iacute;. Se lo guardaba todo dentro. &iexcl;Claro que me preocupaba, pero al mismo tiempo pensaba que si le pasaba algo morir&iacute;a como <strong>Gary Cooper</strong>, con las botas puestas&rdquo;, asegur&oacute; m&aacute;s recientemente Mar&iacute;a Jes&uacute;s Go&ntilde;i. As&iacute; era Fernando: guardaba las cosas para sus cr&oacute;nicas. Hab&iacute;a que leerlas.</p>

<p><img alt="" src="https://navarra.opennemas.com/media/navarra/images/2016/05/13/2016051310175329164.jpg" style="width: 551px;" /></p>

<p>El 29 de abril de 1975, con el ej&eacute;rcito <strong>norvietnamita </strong>rodeando ya Saig&oacute;n, en la emisora de las fuerzas estadounidenses suena &lsquo;White Christmas&rsquo;: es la se&ntilde;al para comenzar la evacuaci&oacute;n. Siete reporteros espa&ntilde;oles permanecen a&uacute;n en la ciudad; dos de ellos, navarros: <strong>Juan Ram&oacute;n Mart&iacute;nez y Fernando</strong>, que consigue escapar subi&eacute;ndose a uno de los helic&oacute;pteros que aterrizan en la azotea de la embajada de Estados Unidos. Aquellas im&aacute;genes son legendarias. La operaci&oacute;n dura diecinueve horas y permite a siete mil personas alcanzar los portaaviones fondeados en el Mar de China. En el viaje de regreso, a bordo del &lsquo;Blue Ridge&rsquo;, M&uacute;gica enferma de hepatitis. Adem&aacute;s de una larga convalecencia, sobre todo se trajo a Pamplona el nombre de un pa&iacute;s remoto y fabuloso que me hablar&iacute;a de &eacute;l para siempre. &ldquo;Vietnam era lo m&aacute;ximo para un reportero, la libertad absoluta&rdquo;, confes&oacute; a&ntilde;os despu&eacute;s.</p>

<p>A principios de los setenta, durante su etapa bilba&iacute;na, contrajo matrimonio con <strong>Mari Carmen Serna</strong>. Fue padre de las tres ni&ntilde;as m&aacute;s guapas que uno pueda imaginar. Las tres viven hoy fuera de Espa&ntilde;a con sus respectivas familias, y a&uacute;n as&iacute; han estado acompa&ntilde;&aacute;ndolo sin desmayo desde que la enfermedad se manifest&oacute; virulenta a mediados de julio, al final de unas vacaciones gaditanas que se torcieron imprevistamente&hellip; o no tanto. Porque algunos cercanos sospechan que <strong>Fernando </strong>sab&iacute;a de su c&aacute;ncer y que por eso, antes de volverse a vivir a Madrid en junio de 2015, regal&oacute; varios tesoros. Por ejemplo, una de las Leica a <strong>Iv&aacute;n, hijo de su compadre Ben&iacute;tez</strong>. Fundada o infundada la sospecha, no me cabe duda de que Fernando no las ten&iacute;a todas consigo. Sus ojos azules le delataban una vez m&aacute;s.</p>

<p>La carrera profesional de <strong>Fernando M&uacute;gica</strong> fue rica y no acab&oacute; con Vietnam, ni con la guerra del Yom Kippur, ni con la ca&iacute;da de Somoza&hellip; De La Gaceta del Norte salt&oacute; al proyecto fundacional de Deia en 1977. En &eacute;l se enrolaron tambi&eacute;n nombres como Alfonso Ventura, Ignacio Iriarte o Alberto Torregrosa.</p>

<p>Decepcionado tras comprobar que aquella era una operaci&oacute;n de partido, al poco dej&oacute; el diario nacionalista y march&oacute; a <strong>Madrid</strong>. En la capital y entonces arranca la segunda etapa profesional de Fernando: dirige fugazmente una revista para la tercera edad (Senior), hace su incursi&oacute;n en la televisi&oacute;n (en el programa de TVE &rsquo;300 Millones&rsquo;), trabaja en otra revista semanal de actualidad (Panorama, del grupo Zeta) y ficha finalmente por Diario 16, donde se cruza con <strong>Pedro J. Ram&iacute;rez</strong>, un personaje clave en su carrera posterior. Creo que no me equivoco si digo que Pedro J. confi&oacute; en &eacute;l como en pocas personas, y que a pesar de algunas idas y venidas, incluso de desencuentros, el hoy director de El Espa&ntilde;ol siempre lo respet&oacute; y lo consider&oacute; uno de sus incondicionales. Con &eacute;l estuvo <strong>Fernando </strong>cuando fundaron El Mundo en 1989 y &mdash;ya jubilado&mdash; el d&iacute;a de febrero de 2014 en que se despidi&oacute; de la redacci&oacute;n.</p>

<p>Se le puede ver al fondo en el v&iacute;deo de su alocuci&oacute;n. Sacando fotos, claro; discretamente, claro. Esas fotos son otro tesoro m&aacute;s que Dios sabe en qu&eacute; c&aacute;mara o disco duro reposan. Hizo tantas que no le dio la vida para clasificarlas. Muchas, much&iacute;simas se han perdido por el camino. Como las de Vietnam: apenas conservaba dos. &ldquo;Soy un desastre&rdquo;, repet&iacute;a.</p>

<p>Aunque de repente ven&iacute;a y te regalaba una joya: yo, tocando una trompeta de juguete con cuatro o cinco a&ntilde;os; en <strong>Oronoz</strong>, con mi padre de espaldas, en el verano de 1976, preparando lo que parece que es una fogata; con mis cuatro hermanos en su Plaza del Castillo el 7 de julio de 2013&hellip; Rescatar ahora ese archivo antes de que se pierda, ordenarlo y darlo a conocer en forma de libro, exposici&oacute;n o cualquier otro soporte es un acto de justicia y reconocimiento que algunos nos hemos echado ya sobre los hombros. Se har&aacute;.</p>

<p><img alt="" src="https://navarra.opennemas.com/media/navarra/images/2016/05/13/2016051310175059572.png" style="width: 551px;" /></p>

<p>Extraordinariamente generoso y desprendido, optimista en el fondo a pesar de haber visto tanto, audaz, guapo a rabiar, como se ha referido a &eacute;l <strong>Juanjo Ben&iacute;tez</strong> y tambi&eacute;n su madre, Fernando M&uacute;gica empez&oacute; dibujando vi&ntilde;etas en prensa y al final de sus d&iacute;as <a href="http://www.navarra.com/blog/author/fernando.mugica">volvi&oacute; a retomar fugazmente esa afici&oacute;n en este&nbsp;diario digital</a>. Adoraba la bater&iacute;a y el jazz, la revista Life y Corto Malt&eacute;s, el personaje creado por <strong>Hugo Pratt</strong>. Es l&oacute;gico. La biograf&iacute;a ap&oacute;crifa de Malt&eacute;s dice que naci&oacute; en La Valeta de madre gitana y marinero de Cornualles; que pas&oacute; su infancia en C&oacute;rdoba, donde se inici&oacute; en el estudio de la C&aacute;bala y el Talmud; que con doce a&ntilde;os viaj&oacute; a Egipto y con trece a Manchuria; que despu&eacute;s naveg&oacute; por el Amazonas; que una amiga de su madre le ley&oacute; la mano y, al decirle que no ten&iacute;a l&iacute;nea de la fortuna, se la hizo &eacute;l mismo con una navaja&hellip; Yo quer&iacute;a ser como Fernando y Fernando quer&iacute;a ser como Corto Malt&eacute;s. &ldquo;Amaba la vida con las bolas blancas y tambi&eacute;n con las bolas negras&rdquo;, dijo su hija Marta en la entrega del Premio Teobaldo, que concede cada a&ntilde;o la Asociaci&oacute;n de Periodistas de Navarra.</p>

<p>Se lo dieron en octubre de 2015 por toda una vida period&iacute;stica. Le hac&iacute;a una enorme ilusi&oacute;n recogerlo, y recogerlo adem&aacute;s de manos del presidente de la asociaci&oacute;n y amigo del alma y de algunas correr&iacute;as, <strong>Miguel &Aacute;ngel Bar&oacute;n</strong>. Pero, aunque luch&oacute; a brazo partido, la enfermedad se lo impidi&oacute;. Aquel d&iacute;a se dijeron cosas importantes de &eacute;l delante de su madre, que lloraba.</p>

<p>En 1994 a <strong>Fernando M&uacute;gica </strong>le proponen dirigir un diario nuevo que se va a lanzar en <strong>Pamplona</strong>. Rom&aacute;ntico, so&ntilde;ador empedernido, ingenuo en su estar de vuelta, quiz&aacute; pensando que era un buen momento para volver despu&eacute;s de a&ntilde;os de trotamundos, dice que s&iacute;. A <strong>Pamplona </strong>viene con <strong>Paloma S&aacute;nchez</strong>, su segunda mujer, periodista, con quien tendr&iacute;a otros dos hijos: <strong>Laura y Fernando</strong>. Pero la aventura pamplonesa de Diario de Noticias dura apenas un a&ntilde;o para &eacute;l. Un a&ntilde;o intenso, eso s&iacute;, con el estallido del &lsquo;caso Urralburu&rsquo; y una dolorosa escisi&oacute;n en Uni&oacute;n del Pueblo Navarro, el partido gobernante, entre otros asuntos de actualidad que nos tuvieron en vilo. No pudo ser profeta en su tierra. No encajaron sus formas; tampoco yo encaj&eacute; con &eacute;l. <strong>Reintegrado en El Mundo</strong> tras el par&eacute;ntesis navarro, empieza la cuarta gran etapa en la vida profesional de M&uacute;gica, que tras el atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid se lanza a investigar sus &lsquo;agujeros negros&rsquo; y se convierte en uno de los periodistas que m&aacute;s saben del caso. El reportero de guerra se sumerge durante a&ntilde;os en los bajos fondos pol&iacute;ticos, policiales y terroristas. De esos a&ntilde;os amargos y tantos reportajes a fondo, queda un libro, &lsquo;A Tumba Abierta&rsquo; (La Esfera de los Libros, 2004), que recoge el testimonio de Francisco Javier Lavandera, testigo clave de los hechos.</p>

<p>El segundo matrimonio de Fernando tampoco sali&oacute; adelante y, por motivos que no vienen al caso, en 2011 decide mudarse de vuelta a <strong>Pamplona </strong>con sus dos hijos peque&ntilde;os. En estos cuatro a&ntilde;os, de 2011 a 2015, los &uacute;ltimos, recorre las calles de la ciudad y lo fotograf&iacute;a todo: la vida diaria, la fiesta, la gente, los lugares&hellip; En blanco y negro y con un objetivo de 50 mm, &ldquo;porque con &eacute;l no puedes mentir&rdquo;. Autoedita algunos libros con una selecci&oacute;n de ese material y se le ve contento impartiendo en casa clases de fotograf&iacute;a gratis a alumnos de Periodismo.</p>

<p>En enero de 2015 la Asociaci&oacute;n de la <strong>Cabalgata de Reyes Magos de Pamplona</strong> le propone hacer de rey Melchor. Completa un recorrido multitudinario y acaba de madrugada en nuestra casa con su comitiva, para pasmo de mayores y peque&ntilde;os. No lo olvidaremos nunca. Nieto de <strong>Remigio M&uacute;gica</strong>, posiblemente el director m&aacute;s importante de la historia de la agrupaci&oacute;n musical, el <strong>Orfe&oacute;n Pamplon&eacute;s</strong> le hab&iacute;a encargado poco antes el libro de su 150 aniversario, que escribi&oacute; encantado. Ahora s&iacute;: siente por fin que Pamplona le ha querido un poco.</p>

<p>Pero casi no va a tener tiempo de disfrutarlo. Lleva el &lsquo;bicho&rsquo; dentro. Y el &lsquo;bicho&rsquo; se manifiesta en julio de 2015. &ldquo;As&iacute; que no voy a vivir m&aacute;s&rdquo;, pregunta <strong>Fernando </strong>al en&eacute;simo m&eacute;dico que visita durante estos meses, despu&eacute;s de m&uacute;ltiples intervenciones a vida o muerte. Un mi&eacute;rcoles de abril: le acaban de confirmar que el final es inminente. La incertidumbre a la que se aferraba con entereza se convierte en conciencia descarnada de extinci&oacute;n.</p>

<p>Y se derrumba&hellip; moment&aacute;neamente. &ldquo;<strong>No temo morir sino dejar de vivir</strong>&rdquo;, dijo Fran&ccedil;ois Mitterrand en una entrevista postrera que se public&oacute; a su muerte, en 1996, en la contraportada de Diario de Noticias, ese diario en el que por una vez, la &uacute;nica, aunque fuera ef&iacute;meramente, coincidimos quien me inocul&oacute; el periodismo y yo. No s&eacute; por qu&eacute; me ha venido ahora a la memoria. Veinte a&ntilde;os justos despu&eacute;s, con un miedo atroz imposible de disimular, resisti&eacute;ndose hasta el final con una fuerza vital de no creer, el veterano reportero <strong>pamplon&eacute;s </strong>est&aacute; a punto de iniciar la cuarta y definitiva etapa de su trayectoria. Vamos que nos vamos&hellip;</p>

<p>Donde quiera que le lleve ya este viaje que ha iniciado, estoy seguro <strong>de que no ha olvidado su c&aacute;mara</strong>. Y que har&aacute; lo posible por seguir cont&aacute;ndonos lo que otros no podemos ver.</p>
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