El grupo de amigos que lleva 40 años sin fallar a la Javierada: "Es tradición, pero lo mejor es el almuerzo"
La lluvia, el frío y los años no han podido con ellos. Tampoco el cansancio ni las madrugadas de marzo en Navarra. Cinco amigos navarros del valle de Aranguren, de entre 57 y 61 años, han vuelto este sábado a hacer lo que llevan haciendo media vida: caminar hacia Javier en una nueva peregrinación marcada por la tradición, la amistad y una parada que consideran casi sagrada.
Antes de seguir el camino de la Javierada 2026, se han detenido en Monreal, en el bar del centro parroquial que se levanta junto a la iglesia del pueblo. Allí, alrededor de una mesa larga, han encontrado uno de esos momentos que explican por qué hay costumbres que nunca se abandonan. Sobre la mesa, el almuerzo de siempre: huevos fritos con chistorra y patatas fritas. En sus caras, el gesto de quien sabe que está exactamente donde quiere estar.
“Aquí está lo bueno. Esto es lo mejor de la Javierada. Ya te digo. Esto es lo principal. Muy a gusto”, aseguran entre bromas y sonrisas, mientras comen deprisa, como hacen tantos peregrinos que llenan de movimiento el local antes de volver a echarse a la carretera.
En realidad, en esa mesa no solo se está sirviendo un plato caliente. También se está celebrando una forma de entender la vida. La de quienes han convertido una peregrinación en una cita innegociable del calendario. La de quienes vuelven una y otra vez porque el camino ya forma parte de su historia personal.
Entre ellos está Juan Carlos Oroz, natural de Leoz, en la Valdorba. Habla con la naturalidad de quien no necesita exagerar nada para impresionar. “Ya llevo 43 Javieradas y ellos también por ahí andamos todos”, cuenta. Y cuando repasa su trayectoria, la cifra adquiere todavía más valor. “Desde el año 1984 no he fallado, salvo por enfermedad o por trabajo, pero entonces vengo dos veces, como el año pasado. Vengo por tradición”.
La frase resume casi todo. Porque en este grupo no hay grandes discursos ni solemnidad impostada. Hay algo mucho más poderoso: la fuerza de la costumbre compartida. Empezaron a venir siendo jóvenes y, con el paso del tiempo, la Javierada ha seguido ahí, como un hilo invisible que une etapas, recuerdos y amistades.
“Empezamos a venir ya de más jóvenes y ya no paramos hasta que los pies digan que no”, explica Juan Carlos. Y en esa frase cabe una vida entera. Caben las primeras caminatas, los años en los que todo parecía más fácil, las ediciones pasadas por agua, las que dolieron más en las piernas y las que dejaron mejores historias para recordar después.
También cabe el ritual que nunca cambia: parar en este bar de Monreal, donde el trasiego es constante, donde los peregrinos entran y salen con rapidez, y donde ellos siempre encuentran su sitio para cumplir con un almuerzo que ya forma parte inseparable de la experiencia. Para muchos será solo una comida rápida. Para ellos es casi una liturgia dentro de otra liturgia.
Juan Carlos ha salido a las seis de la mañana desde Mutilva. El resto lo ha hecho a las siete, desde Mutilva y Noáin. A esas horas en las que todavía pesa la noche y el cuerpo pide quedarse en casa, ellos ya estaban en marcha. Su idea era llegar bien a Javier, asistir a misa y regresar luego en coche. Un plan sencillo, repetido muchas veces, pero que sigue conservando algo especial cada año.
Cuando hablan del porqué, vuelven a recurrir al humor. “Somos muy religiosos”, dicen con una sonrisa amplia, casi cómplice. Pero enseguida dejan ver lo que de verdad sostiene esta fidelidad. “Lo que manda es la tradición y el reto deportivo. Esto es superación”. No hace falta mucho más para entenderlos.
Porque la Javierada es fe para muchos, pero también esfuerzo, pertenencia, memoria y resistencia. Es caminar aunque el tiempo no acompañe. Es volver a pisar los mismos tramos sabiendo que cada año el cuerpo cambia, pero el impulso sigue ahí. Es comprobar que todavía se puede. Y que todavía merece la pena.
La segunda Javierada de 2026 se ha celebrado este sábado en una jornada especialmente desapacible, con lluvia persistente, frío y temperaturas que apenas han rondado los 6 grados en la zona de Javier. Aun así, miles de peregrinos han vuelto a responder a una de las citas más arraigadas de Navarra, este año bajo el lema “Invitados a la fe”.
Además, la peregrinación ha tenido en esta edición un valor simbólico especial, al coincidir con el 500 aniversario de la salida de san Francisco Javier hacia París. El programa principal ha mantenido el Vía Crucis desde Sangüesa a las 15.00 horas y la misa a las 17.00 horas en la explanada del Castillo de Javier, presidida por el arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela, Florencio Roselló.
Mientras tanto, mucho antes de que comenzaran esos actos, en una mesa de Monreal ya se estaba viviendo otra parte de la jornada. Una menos solemne, más cotidiana, pero igual de verdadera. Cinco amigos compartiendo conversación, cansancio, platos calientes y muchas décadas de camino.