Las cigüeñas de Sangüesa

Quintos de Sangüesa
“Lo que sé a ciencia cierta es que el pasado fin de semana revolotearon por las distintas arterias de la localidad celebrando sus cincuenta años de vuelo”

Desperté el pasado fin de semana recordando a un racimo de cigüeñas que, casi a mitad de los años 70, llegaron a Sangüesa nacidas de bellos idilios.

Les contaré que en aquellos años, concretamente en 1976, se estrenaban en los cines La Cenicienta, King Kong y Alguien voló sobre el nido del cuco.

Rocky ganaba el Oscar a la mejor película y Muhammad Alí retenía su título de campeón mundial de los pesos pesados.

La marca de coches Ford presentaba a la prensa mundial su nuevo automóvil, que no podía tener otro nombre que el de Fiesta.

La canción del verano era La Ramona, de Fernando Esteso —así hemos salido— y, mientras, en la radio triunfaban las canciones de Camilo Sesto, Miguel Gallardo y Lorenzo Santamaría.

La moda advertía mayor libertad de formas y se rompía aquella monotonía de los trajes oscuros y las camisas blancas.

Fallecía Fofó, el payaso de la tele y, por nombrar las televisiones, les diré que apenas había 800.000 aparatos en España. Vamos, como ahora.

Muchas cosas han cambiado desde entonces.

Sin embargo, otras siguen igual.

El río Aragón, a su paso por Sangüesa, sigue luciendo plateado en sus sombras y amarillo en sus costados.

Las piedras de la iglesia de Santa María y de Santiago se arropan en un sueño entre antiguo y melancólico.

Y aún alcanzo a escuchar, a los pies del puente de hierro, un te quiero adolescente similar a una música lejana de pianos.

Desde la distancia, con mis ojos de niño, oteo con nostalgia a aquellas cigüeñas que no han perdido la luz de sus plumajes.

Alonso, Piñedo, Oset, Almarcegui, Iso, Murillo, Gil, Guindano, Redín, Hualde, Gordillo, Sola, Echeverri, Ozcoidi, Toucedo, Bandrés, Asenjo, Pagola, Pérez, Yeredo, Arraiza, Villanueva, Vinacua, Blanco, Mutiloa, González, Elizalde, Lozano, Rabal, Fernández, Ibáñez, Iturria, Sanz, Machín, Abadía, Lecumberri…

No sé si a día de hoy aún anidan en la torre de la iglesia de San Salvador —¿salvada y restaurada?— las zancudas de pluma blanca y pico rojo. Deseo pensar que sí.

Lo que sé a ciencia cierta es que el pasado fin de semana revolotearon por las distintas arterias de la localidad celebrando sus cincuenta años de vuelo.

Espero que el viento del próximo estío me planee hasta aquellos cielos, pues anhelo unirme a esas cigüeñas que llegaron casi a mitad de los años setenta y nacieron, ay, y nacieron de aquellos bellos idilios.