Ya no soy Forrest Gump
Hoy, a miles de kilómetros de distancia de la primera parte de mi vida, del Osasuna que gana al Real Madrid, de la ciudad que crece cada año y de los recuerdos felices y cada vez más lejanos, me doy cuenta de que ya no estoy corriendo en busca de nada ni de nadie.
Llegaba a mí, tras años sin escucharla, la canción de Bob Seger, Against the Wind (tienen el enlace al final del texto).
Y una sacudida, de esas que te mueven por dentro, me llevó a escribirles el texto de esta semana.
No sé si a ustedes les pasa, queridos amigos de Navarra.com, pero hay canciones, personas o lugares que te llevan a mirar el espejo retrovisor de tu vida y detenerte en aquella, nostálgica en ocasiones y simplemente vivida en otras, para darte cuenta de que el tiempo va pasando y tú ya no eres el mismo de ayer.
Ese joven que corría por las calles mientras echaba días atrás, a la espera de que llegase un siete de julio, una novia a la que golpear la puerta de su corazón y un libro del que nunca llegó a escribir su primera página.
Ese ir de lado a lado, huyendo de algo, para visitar media Europa con la excusa universitaria y arribar al final del camino, agotado, sin apenas haber estrenado las suelas de la madurez.
Parece que fue ayer cuando movíamos las montañas con nuestras manos, nos sentíamos inmortales y trotábamos como caballos de carreras por la vida.
Siempre en contra del viento.
Y de repente, apenas en un pestañeo, te hallas dando la bienvenida a la mitad de tu siglo vivido y evocando aquellos años que, por suerte o por desgracia, ya no volverán.
Sin embargo, cuando vuelvo a casa, a mi tierra Navarra, y buceo por la calle Mayor de mi añorada Sangüesa, abrazando a los míos, o cuando paseo por el parque de Antoniutti, en Pamplona, y evoco mi primer beso, me doy cuenta de que hay algo que el tiempo no podrá eliminar.
Hoy, a miles de kilómetros de distancia de la primera parte de mi vida, del Osasuna que gana al Real Madrid, de la ciudad que crece cada año y de los recuerdos felices y cada vez más lejanos, me doy cuenta de que ya no estoy corriendo en busca de nada ni de nadie.
Ya no soy Forrest Gump.
Por mucho que parezca que fue ayer cuando movíamos las montañas con nuestras manos, nos sentíamos inmortales y trotábamos como caballos de carreras por la vida.
Siempre en contra del viento.