Asirón se olvida

Olvidar permite después contarlo todo a tu antojo, inventarte un mundo que solo existe en tus fantasías. Por eso no dejo de escribir este artículo: para que quede memoria de los desmemoriados.

Tiene Pamplona un alcalde cuyo único mérito para llegar a serlo fue, la primera vez, clamar ante sus votantes aberchándales que ya no recordaba si había condenado o no el asesinato, a manos del terrorismo nacionalista vasco, de Tomás Caballero, concejal del propio ayuntamiento que hoy preside. Un alikate amnésico, tú. Eso alega para intentar colar a los ingenuos que es una buena persona.

La segunda fue igual de memorable: el pacto —y el subsiguiente reparto de poder y dinero— que acordaron el partido de la ETA y el PSOE de Cerdán y Txibite. Tú a Irroña, yo a Servinabar. De eso tampoco se quiere acordar el alikate. Y te aprobaremos los presupuestos de Nafarroa con foto de Adolfo Araiz incluida, para que rabien los “fachitas” que sí tienen memoria y recuerdan perfectamente qué fue aquello de la socialización del dolor que firmó el jicho cuando Bildu aún se llamaba HB.

Tengo el vicio de pasarme de vez en cuando por el Tuiter de Asirón, y cíclicamente ahí lo tienes: reposteando perfiles que repiten machaconamente que “¡ETA ya no existe!”, que somos muy pesados con ETA, como si todo fuera una anécdota, como si hubieran vuelto a crecer los miembros amputados a quienes mutilaron o hubieran resucitado los asesinados.

Basta ver la pierna ortopédica de una víctima o el rostro de un huérfano condenado a crecer con el trauma de ver morir a su padre de un disparo del terrorismo nacionalista vasco para saber que ETA sigue ahí, más fuerte que nunca. Cada día hay que recordárselo al alikate, para que no olvide de dónde viene, quién es y cuáles son sus auténticos méritos.

Olvidar permite después contarlo todo a tu antojo, inventarte un mundo que solo existe en tus fantasías. Como esa chalada oficialista que —no sé qué pintaba en una academia de críos que solo estaban aprendiendo a cantar— se puso a soltarles una chapa sobre ETA, que vosotros no lo sabéis, niños, pero que la izquierda aberchándal eran todos pacíficos. Tan pacíficos que la violencia que vimos hace un par de semanas en Pamplona debió de ser un holograma, un espejismo como esos que parecen charcos los días de mucho calor cuando conduces hacia el horizonte.

Olvidar es malo. Por eso yo no me peleo con edificios de la dictadura franquista para destruirlos. Por eso me parece muy bien que se reconstruya en el memorial de las víctimas del terrorismo el zulo donde la ETA sepultó más de 500 días a Ortega Lara. Por eso no dejo de escribir este artículo: para que quede memoria de los desmemoriados.

Porque quien quiere borrar la historia lo único que pretende es moldear la realidad según sus neuras. El pasado no se puede reescribir y, cuando se reescribe, aparece el Ministerio de la Verdad de 1984, que es, en realidad, el ministerio de la mentira.

Por eso, cuando escribes un libro como el que acaba de publicar el alikate, sobre 50 personajes que Pamplona no debería olvidar, y te “olvidas” —ni rastro en portada, espero que dentro haya tenido la decencia de incluir alguno, que tiene donde elegir— de los asesinados por tu propia ideología, que no recuerdas si habías condenado o no, recuerda que, para poder llegar a ser alikate de Irroña, lo que haces es atronar con tu silencio. Un silencio que tampoco existe, pero que brama, grita y, sobre todo, te define. Y eso es todo.