Para Caídos, los 300.000 euros del alcalde de Pamplona, Joseba Asiron

Monumento a los Caídos en Plaza de la Libertad de Pamplona.
Ahora Asiroff acaba de anunciar que le mete otros 100.000 € al tema para estudiar el estudio que ya fue estudiado. 300.000 € llevan gastados en papeles, es decir, en humo.

Ya es una constante en el aberchandalato: cuando no sepas qué hacer, tira un edificio. Entretiene mucho al personal y, además, alguien lo cobrará. Siempre habrá una Servinabar dispuesta a pasar la factura. Porque, puestos a no hacer nada, mejor que sea cobrando que no por amor al arte. Y por amor al arte no te peleas con edificios, y mucho menos los dinamitas.

A mí ese contrapunto arquitectónico —eso que los horteras llaman ahora «diálogo»— que se da en los dos extremos de la avenida de Carlos III, entre las torres medievales de San Cernin y la cúpula de inspiración renacentista de los Caídos, me gusta. La plaza también me gusta, porque es una mole muy soviética: los soportales con sus enormes faroles y los edificios no están construidos a la medida del hombre, están supeditados al poder opresivo del Soviet. Por no faltarle al conjunto, no le faltan, verdad, crapulillas, ni una rusa que dé ambiente.

Por cierto, hablando de representaciones y de pelearse con los significados de las obras de arte: en esa plaza vi por primera vez el Guernica. Lo tenía la doctora Oyarzabal en la sala de espera de su consulta pediátrica. Para mí ese cuadro no representa la guerra. Yo soy de otro mundo, de otra generación. Para mí ese cuadro son los terrores médicos infantiles, allá por el año 81-82: mientras miraba esa obra monocroma y desgarradora, escuchaba de fondo los gritos y llantos de los niños en la camilla mientras les miraban —yo qué sé— las amígdalas.

Yo miraba el cuadro con los berridos tremebundos, como si provinieran de los sótanos de la checa de Bellas Artes, y sentí el primer ataque de pánico de mi vida. Alguna década después, la primera vez que lo vi en el Museo Reina Sofía de Madrid, no me acordé de las trincheras de mis abuelos: lo primero que me vino al recuerdo fue mi pediatra. Aún me angustio al recordarlo. Terrorífico.

Todo encaja en ese espacio. Hasta el Coreano de Oteiza empasta muy bien con las fuentes del inmenso estanque. Y con su sonido: ese espacio suena como no suena nada en Pamplona. Pero como esto hace mucho que no va de arte, ni de estética, ni de nada, para qué seguir insistiendo en el tema.

Esta política del aberchandalato de tirar cosas que nadie sabe para qué y cobrarlas la inició Uxue Barkos con la antigua fábrica de Superser: «Vamos a tirarla con dinero de todos los navarros, que viene Ikea…», esa fue la excusa. Se tiró, se cobró, Ikea nunca llegó y allí sigue el solar, desde hace siete años, muerto del asco. Una metáfora perfecta de la Nafacroa aberchándal: déjala como un solar y llévate la pasta.

Ahora Asiroff acaba de anunciar que le mete otros 100.000 € al tema para estudiar el estudio que ya fue estudiado (y cobrado, creo, dos o tres veces) sobre qué hacer con el edificio de los Caídos. 300.000 € llevan gastados en papeles, es decir, en humo.

De todas formas, la oposición lo tiene fácil para que dejen tranquilo el edificio: que se resignifique como monumento destinado a la memoria de las víctimas del terrorismo nacionalista vasco y del medio siglo de atentados contra la sociedad democrática española; que no caiga en el olvido la destrucción y muerte que nos ha traído a varias generaciones la ideología aberchándal. No quieren memoria, pues toma memoria, y ya verás qué pronto se olvida del proyecto el alikate y sus 40 dinamiteros. Y eso es todo.