Cambio climático, política y dinero: una crítica desde Pamplona
Desde que nos lanzaron sobre nuestras cabezas la turra del cambio climático, vengo fijándome, como un jubilado, en las isobaras. Y cuanto más miro el mapa del tiempo, más me da la impresión de que el clima sigue haciendo lo mismo que ha hecho siempre. Mi conclusión es que las estaciones se suceden con una precisión suiza y que los refranes de nuestros tatarabuelos siguen siendo igual de válidos.
Aquí estuvo febrerillo el loco hace unas semanas, por ejemplo, de visita. O marzo marceador, de noche llueve y de día sol, que es precisamente lo que hemos tenido este fin de semana. El invierno va muriendo poco a poco, con días más soleados y otros más fríos, y llegará la primavera con jornadas cada vez más cálidas y menos frías. Nada que no haya visto ya cualquier campesino que lleve cuarenta años mirando al cielo antes de salir al campo.
El ciclo de la vida, amigos, ni más ni menos, como siempre ha ocurrido en la historia del ser humano, con sus pequeñas anomalías: a veces más calor, como el Óptimo Climático Medieval, del siglo X al XIV; y a veces más frío, como la Pequeña Edad de Hielo, del XIV al siglo XIX. La historia del clima es una sucesión de vaivenes, no una línea recta diseñada en un gabinete de comunicación.
En los dos últimos siglos el período es más cálido, cosa que hay que agradecer, porque hasta los más intransigentes con el tema reconocen que tiene efectos positivos: se han reducido las muertes asociadas al frío, que aun así sigue matando más que el calor. El frío mata en silencio; el calor, en cambio, da más titulares.
Es lo que hay. Si alguien quiere discutirlo, que vaya a los datos. Los del CSIC acaban de presentar un estudio sobre los últimos 130 años. Esa es la ventanilla. Vayan allí a refutarlo si tienen ganas de jarana. Pero, claro, discutir con datos tiene poco glamour; es mucho más entretenido organizar cruzadas morales.
El cambio climático, que antes se llamó calentamiento global pero que algunos lograron rebautizar a tiempo para que cupiera dentro cualquier cosa, desde una sequía hasta una tormenta de granizo, es un invento político perfecto: sirve para mantener a las tropas movilizadas y, de paso, para mover cantidades obscenas de dinero. Porque en toda gran causa contemporánea siempre acaba sonando una caja registradora.
Dame dinero, pringado, para luchar contra el cambio climático. Si me lo das, automáticamente eres de los buenos, porque el cambio climático es también la lucha del bien contra el mal, la nueva guerra moral contra el fascismo que lo niega. La vieja división del mundo entre creyentes y herejes, pero con placas solares.
Y así vamos haciendo cling, cling, caja. Cada vez que aparece la expresión transición energética, conviene vigilar también la transición del dinero: de los bolsillos públicos a los privados.
Por cierto, cuando algunos reparten certificados de conciencia ecológica conviene recordar el mar de Aral: un mar entero desecado por la planificación de la izquierda. Aquello sí que fue cambio climático asociado a la mano del hombre.
Te quieren hacer creer que el clima del mundo depende de lo que hagamos aquí. El alikate Asirón no es capaz de mantener ni un servicio testimonial de bicicletas eléctricas en Irroña, que siempre está a cristos con el tema, pero vamos a conseguir cambiar el clima del planeta desde Pamplona. Una ciudad que no logra que funcionen veinte bicicletas pretende regular la temperatura de la Tierra.
Siempre es la misma historia: la pasta. La causa puede cambiar; la caja, no tanto. Y el clima, mientras tanto, sigue haciendo lo que le da la gana, como ha hecho desde mucho antes de que nosotros llegáramos aquí a discutir sobre él. Y eso es todo.