El muro invisible de Pamplona: infancia, ciudad y el miedo a retroceder

Un niño mirando el atardecer en los límites de la ciudad.
"Ojalá ese chaval lo consiga. Ojalá no retroceda. Ojalá salte el muro y llegue exactamente a ese lugar donde ahora fija la vista".

Me volvió esa misma sensación que de niño tenía cuando con la bici llegaba hasta donde la ciudad se acababa. De pequeño solo tenía una salida: retroceder, agrandando la sensación de que el final, el perímetro, era un muro y la ciudad una cárcel.

El otro día salí a correr hasta ese mismo lugar.

Desde ese borde se ven los sembrados. El centeno cimbrea verde, aunque todavía no exista, como un mar interior al que el viento levanta olas. Se siente uno en una playa de secano, en un espigón de baldosas.

Allí había un niño. Estaba quieto, mirando al horizonte. No hacía nada más. Solo miraba, agarrado al manillar de su bici, los dos pies en el suelo.

Pamplona, a lo lejos, da sensación de estar detenida. Desde aquí solo se mueven los cereales y las nubes.

El niño no miraba la ciudad. Miraba hacia fuera.

Al pasar a su lado lo observé sin detenerme y giré la cabeza hacia donde, con tanta insistencia, tenía fija la mirada. Dentro del campo parecía escucharse risas de otros niños, miles, mientras un guardián trataba por todos sus medios de que no cayeran por el precipicio que debía de haber al otro lado. Miré, pero no vi nada. Solo escuché, cada vez más nítidas, las risas infantiles que juegan alocadas, como cuando pasas cerca de un patio de colegio a la hora del recreo.

¿Cuándo dejamos de ser felices sin motivo y tenemos que encontrar alguno que nos devuelva la alegría? ¿Cuándo los muros dejan de tener una función defensiva —que nadie invada ese espacio donde los niños ríen— para volverse ofensiva, de prisión, para que no molestemos a los de fuera?

Seguí escuchando la marea vegetal. El viento de la mañana agitaba los tallos, las espigas. Ya no se oían niños cuando me acerqué de nuevo al casco urbano. Le eché un ojo por última vez. Antes de doblar la esquina, meterme en las calles y perderlo de vista para siempre, quise asegurarme un último instante de que no necesitaba ayuda.

El niño seguía allí. Quieto. Como si estuviera calculando la distancia hasta algo que solo él veía.

De pequeño siempre damos la vuelta.

Respiré hondo. Un aire limpio, tibio, como el que recuerdo en mi dormitorio de niño después de que mi madre lo ventilara. O como el de una toalla fresca cuando me secaba el pelo después de la ducha, sentado encima de la mesa de la cocina. Ese ruido del secador aún hoy me tranquiliza los días en que la angustia me agarra los pulmones.

Yo me di la vuelta. A medias.

Ojalá ese chaval lo consiga. Ojalá no retroceda. Ojalá salte el muro y llegue exactamente a ese lugar donde ahora fija la vista. Y eso es todo.