La Pamplona de Asirón solo existe en su chaladura
La izquierda suele fracasar —y más aún cuando va acompañada de soberbia ideológica, aberchándal, acostumbrada al «ordeno y cumple o te meto un tiro en la nuca»— porque se obceca en construir una realidad ajena a la realidad. Por mucho que te empeñes en poner caminos de baldosas carísimas en un parque según tu última ocurrencia, la sociedad acabará trazando los senderos que de verdad necesita: los más prácticos para el día a día, aunque sean de tierra y se embarren cuando llueve.
Un gobernante en democracia no debería ser un iluminado. No estás ahí para imponer tu ida de olla, sino para acompañar a la gente y hacerle la vida un poco más fácil en las decisiones que ellos mismos toman. Si tanto te apetece diseñar una ciudad nueva, ajena a la dinámica real de la que ya existe, cómprate un videojuego tipo SimCity y deja de dar el coñazo al personal. Bastante complicado tienen ya el día a día: trabajo, casa, niños, abuelos, compras, médicos…
La gente sabe mejor lo que le conviene que el gobernante de turno que llega a imponérselo sin escuchar a la ciudad. Asirón, el alikate de Irroña, funciona exactamente así. Lleva años convencido de que sabe más que nadie lo que le conviene a la gente y, por cojones, va a hacer que le convenga. Pero la realidad se le escapa por donde menos lo espera una y otra vez.
Está empeñado en cargarse el uso del coche en una ciudad y su cuenca que se mueven principalmente en coche (empezando por él mismo, que sale de Cizur cada día en uno con chófer, no en bici oficial). Los comerciantes se lo han dicho hasta la saciedad: sus políticas anti-coche dificultan que los clientes lleguen a los locales. Le da igual. Si los negocios tradicionales cierran, que cierren. Esa es su única respuesta. Y claro, cierran. Como la tradicional ortopedia Lorca en la avenida de San Ignacio.
¿No te gusta que el coche sea el mejor aliado del comercio tradicional del centro? No te preocupes, Asirón, contempla tu obra: donde estaba Lorca te ha brotado una franquicia de comida rápida para chavalería, que esos no tienen prisa, que se pueden pasar horas sentados en el suelo de la acera con una hamburguesa.
Los carriles bici siguen vacíos mientras las calles que ha estrechado se atascan de coches. Y ante el fracaso evidente de su modelo de ciudad, no rectifica: insiste, cabezón hasta el final. «Que se jodan por no hacerme caso», parece decir. Me van a hacer caso aunque no quieran. Jotake.
Se ha cargado la movilidad de la ciudad primero por no conocerla y segundo porque cree saber mejor que la gente lo que le conviene. Y no lo sabe, porque es bastante más corto de lo que se cree.
Lo que el casco viejo pide a gritos para no morir es un parking inmenso: llegar cómodo, aparcar rápido, hacer las compras con facilidad y volver al barrio sin agobios. Si no fuera así, el parking de la Plaza del Castillo estaría vacío y tus carriles bici llenos.
Eso era lo que había que haber hecho en el paseo de Sarasate: un parking cuanto más grande, mejor. Pero nada. Sordera total. Ya lo ha vallado para iniciar unas obras exclusivamente estéticas: gastarse el dinero no en mejorar, sino solo en aparentar. De la modernidad, curiosamente, Asirón solo ha cogido su faceta más estúpida.
La vida siempre se abre camino: el suyo, no el que tú le quieras imponer, Asirón, que rima con melón, que no te enteras. Y eso es todo.