El problema es que la izquierda es violenta

El nivel de crueldad que la izquierda despliega contra las víctimas del terrorismo es desgarrador: siempre están más cómodos con los que ejercen violencia con fin político que con quien la sufre.

Al hilo de lo de Txeroki, de dar beneficios a asesinos y no a sus víctimas del terrorismo, que una vez más lo único que reciben son humillaciones, caí en la cuenta de algo sorprendente: la facilidad —el inexistente conflicto moral— que tiene la izquierda para articularse —partidos políticos, sindicatos, asociaciones de todo tipo— alrededor de asesinos y la nula disposición a hacerlo en torno a sus víctimas.

Hay partidos de izquierda de terroristas, pero no existen estructuras equivalentes construidas desde la izquierda en defensa explícita de las víctimas de esos mismos terroristas.

El presidente del Gobierno, y por extensión el PSOE, no tiene problema alguno en tener al partido de ETA de socio, incluso regalándole alcaldías como la de Pamplona; ha recibido incluso a su portavoz en la Moncloa, pero con las víctimas del terrorismo ni se ha reunido, ni las ha recibido, ni se ha acercado, ni ha tenido la más mínima consideración.

Este fin de semana se publicó que Sánchez ha pactado con el partido de ETA sacar a ETA de la lista de organizaciones terroristas europeas, que ya me dirás tú: si no tienen nada que ver con ese partido, ¿a qué viene esa insistencia de Bildu para que desaparezca de esa lista de asesinos una banda de asesinos? ¿Qué necesidad política o simbólica lo justifica?

Quizás porque ETA no es que no haya dejado de existir, no es una cápsula estanca en mitad de la nada, sino que directamente, como un departamento más de esa empresa que es el nacionalismo vasco, pone presidentes como Sánchez y quiere reescribir su historia de asesinatos, torturas y robos. Bildu busca que la Eta salga guapa en la foto que enmarcan en el salón de la casa ideológica de la izquierda.

Y a las víctimas solo les ofrecen que se callen, que dejen de molestar y no sean rencorosas; que hay que ver cuánto rencor, qué odio tienen porque, bueno, les han matado a seres queridos, les han mutilado a muchos también, pero tienen que pasar página. Y se lo dicen tan alegremente a alguno que ni tiene ya mano para poder hacer ese gesto, porque se la ha arrancado el terrorismo aberchándal de cuajo.

Asistir a todo esto como espectador es lisérgico, surrealista. Tratas de encontrarle la lógica y es esperpéntico: las víctimas son para la izquierda poco más o menos que el único obstáculo actual para la paz; que los asesinos se merecen vivir tranquilamente y que ya está bien de que no puedan desarrollar sus vidas porque las víctimas se lo impiden.

El nivel de crueldad que la izquierda despliega contra las víctimas del terrorismo es desgarrador. Pero la izquierda es así: por algo que nunca explican, volvemos al punto inicial de este artículo, siempre están más cómodos con los que ejercen violencia política que con quien la sufre.

Supongo que porque está en su naturaleza, como en la fábula del escorpión que aguijonea a la rana en mitad del río. “Me dibujaron así”, que decía Jessica Rabbit. La izquierda no se puede explicar sin la violencia que ejerce, sin la violencia que está dispuesta a ejercer o dispuesta a tolerar que se ejerza. Siempre que vaya a su favor, claro. Y eso es todo.