El pegamento de la clase política

Fotografía de familia del Gobierno de Navarra. GOBIERNO DE NAVARRA

El pegamento del poder o del cargo político es muy poderoso, perdurable y eficaz; desnaturaliza el verdadero objetivo de los partidos, controla totalmente sus estructuras; el tiovivo de feria no para y nadie se baja del carrusel.

La situación política en España es confusa y errática; la ciudadanía ha perdido la confianza y credibilidad en sus representantes e instituciones, y una serie de partidos minoritarios, por mor de la ley electoral, en función y priorización de sus intereses, y en contra de la integración de la Nación, sustenta sin escrúpulos al partido en el Gobierno, agrietando gravemente el Estado español.

Los pactos “antinatura” para impedir que gobiernen los “otros”, y la serie de gratuitos espectáculos de “corralas vecinales” en que se han convertido las sedes parlamentarias, en comisiones de investigación por casos de presunta corrupción —pues para esa función están los tribunales de Justicia—, me parecen una vergüenza. Y en el segundo caso, un “circo”, como así lo calificó el “presentador y creador del espectáculo” en el Senado el pasado octubre; lo que ocurre es que, con perdón, “le están creciendo los enanos a marchas forzadas”.

El desprecio gubernamental al Congreso y Senado, el ataque a instituciones del Estado, con el uso/abuso de decretos, normativas, reglamentos, etc., son modos y estilo de dictaduras de algunos estados de Centroamérica (no debe extrañarnos; en parte son nuestros antepasados), además de estar el partido que lidera el Gobierno en plena convulsión interna tras los resultados electorales de Extremadura y Aragón.

Sir Karl R. Popper (1902-94), politólogo austríaco, uno de los filósofos más influyentes de ese siglo, reflexionando sobre los regímenes dictatoriales y las democracias, resumía que “solo hay dos formas de gobierno: aquellas en las que es posible deshacerse del gobierno sin derramamiento de sangre por medio de una votación, y aquellas en las que eso no es posible. A la primera se la denomina democracia y la segunda dictadura o tiranía”.

Puede resultar la afirmación un tanto simplista, pero es la triste realidad, y solo unas nuevas elecciones o un voto de censura, que deslegitime la presencia de las formaciones cuyos postulados separatistas o anexionistas —no confundir con foralistas— reniegan de la misma nación que les paga y mantiene, pudiera ser una alternativa a la actual coyuntura.

El pegamento del poder o del cargo político es muy poderoso, perdurable y eficaz; desnaturaliza el verdadero objetivo de los partidos, controla totalmente sus estructuras; el tiovivo de feria no para, nadie se baja del carrusel, y las puertas giratorias son una salida sustanciosa. En la oposición se está cómodamente y sin responsabilidad, aunque un poco menos retribuidos; solo inquieta, pasado el ecuador de legislatura, que la futura lista pueda presentar novedades y exclusiones.

Ese refresco, ese cambio de personas, sería positivo de cara a variar talante y formas de los actores de los posibles pactos; por eso mi propuesta de solo dos mandatos consecutivos, que tiene sus peros, como la falta de experiencia de los nuevos, no se notaría mucho. Sin embargo, tendría también efecto sobre las tramas de corrupción. Si además añadiéramos una segunda vuelta electoral, podría mejorar la confianza en la actual clase política y aminorar el descrédito de la misma.

El voto directo de los electores españoles, en las generales de julio de 2023, reflejaba una ajustada mayoría del centro derecha y derecha más extrema en pro del Estado español con un 46% (37,45), ante la izquierda clásica, llamémosle española, que aglutina un 44% (40,2), y el resto de partidos nacionalistas y separatistas, algunos de derecha, con un 7% (20,8%). Entre paréntesis, % de Navarra.

Las elecciones al Parlamento Foral, un par de meses antes, 28 de mayo de 2023, reflejan algo los tres tercios tradicionales de la ciudadanía navarra, con una derecha española que sumaba 39,39%, mientras la izquierda, también en principio española, un 26,33%, y el sector separatista, nacionalista o anexionista, un 30,57%.

Da la impresión de una mayor fragmentación de las formaciones de izquierda, e incluso de los nacionalismos según CCAA, pero no corre riesgo el Estado español; no así el que puede originar la polarización en la Comunidad Foral, entre los que se oponen a los navarros que mantienen y defienden la identidad de la Comunidad Navarra, diferenciada e integrada en la Nación Española.

Por otra parte, son precisamente esas fragmentadas formaciones las que posibilitan al “ególatra mutante” detentar el Gobierno de la nación, que últimamente intenta aparentar una serenidad imperturbable, mostrando un falso estoicismo ante los fracasos de su partido; el gallinero lo tiene muy alterado y no le son suficientes los bulos que difunde con un histriónico “presentismo” histórico.

En un reciente y casual encuentro con un veterano político e historiador, prolífico escritor y adalid de NAVARRA, me decía “que era una pena desaprovechar esta ocasión” para reafirmar la Comunidad Foral. Lo mismo pienso, y pretendo animar a muchos navarros, con todo respeto, a compartir y favorecer el entendimiento o necesario pacto para lograr ese objetivo.

JOSE LUIS DIEZ DIAZ