El pueblo de Navarra donde un puente del ‘Diablo’ todavía recuerda a peregrinos, demonios y soldados
El puente del Diablo de Lumbier sigue siendo uno de esos lugares de Navarra en los que una ruina basta para contar una historia de siglos. En la boca de la Foz de Lumbier, sobre el río Irati y junto al límite con Liédena, este viejo paso derruido mezcla Camino de Santiago, guerra, naturaleza y una leyenda.
La Foz de Lumbier ha sido siempre algo más que una ruta sencilla para caminar entre paredes de roca. El paisaje, situado a unos 35 kilómetros de Pamplona, es uno de los espacios naturales más visitados de Navarra. El río Irati ha abierto allí un cañón estrecho y vertical que durante siglos fue también una barrera para vecinos, viajeros y peregrinos.
En ese escenario aparece el puente del Diablo, también conocido como puente de Jesús. Hoy ya no permite cruzar de un punto a a otro. Solo quedan sus ruinas. Pero su arco roto, encajado en un punto difícil de la foz, continúa siendo una de las imágenes más sugerentes de la merindad de Sangüesa.
El puente está situado en el extremo occidental de la sierra de Leire, en la misma boca de la Foz de Lumbier y justo en el límite con el término municipal de Liédena. Esa ubicación explica buena parte de su importancia. No fue una obra levantada al azar, sino un paso práctico en un lugar donde el río ofrecía menos anchura.
Los estudios arqueológicos han situado la construcción del puente del Diablo en el siglo XVI. Se trataba de un viaducto de un solo arco, levantado a unos 15 metros sobre el lecho del río. Tenía unos 30 metros de largo y dos de ancho, unas dimensiones suficientes para el paso de personas, ganado, animales y carros.
La elección del lugar respondía a una razón sencilla. En ese punto, el río Irati se estrechaba hasta unos ocho metros, frente a otros pasos mucho más anchos. Por eso, el pueblo de Liédena eligió la salida de la Foz de Lumbier para construir el puente y facilitar la comunicación con las ventas de Lumbier, siguiendo la falda de la sierra de Leire.
El puente también estuvo vinculado al movimiento de peregrinos y viajeros. Quienes llegaban desde Somport por la vía aragonesa del Camino de Santiago entraban en Navarra cerca del monasterio de Leire. Desde allí podían continuar por Yesa y Sangüesa, cruzando el puente sobre el Aragón, o tomar una alternativa más directa hacia Liédena.
Esa segunda opción obligaba a cruzar el Irati en barca. Era un recorrido más corto, pero también más peligroso. Las riadas podían llevarse la barca, al barquero y a quienes intentaban pasar. El puente nació, precisamente, para resolver esa dificultad y convertir un tramo inseguro en un camino más estable.
Cerca de este entorno también se han situado las ruinas de una villa romana descubierta en los años veinte del siglo pasado. Las excavaciones arqueológicas desarrolladas por el Gobierno de Navarra a mediados del siglo XX localizaron alrededor de medio centenar de construcciones, entre viviendas, patios, almacenes, instalaciones termales y lagares, fechadas entre los siglos II y IV.
No está claro si aquel conjunto romano fue un establecimiento vinculado a la calzada o una mansión de carácter más residencial. En cualquier caso, su presencia refuerza la idea de que este entorno de Lumbier y Liédena fue durante siglos un espacio de paso, estancia y aprovechamiento del paisaje.
La historia documentada del puente convive con una tradición mucho más popular. A falta de datos completos sobre su constructor, la imaginación local ha llenado los huecos con cuentos que explican cómo pudo levantarse una obra así en un lugar tan complicado. De ahí nace la leyenda del puente del Diablo.
Según una de las versiones más conocidas, cerca de la Foz de Lumbier, en la orilla derecha del río Irati, vivía una dama llamada Magdalena. Era joven, pero padecía dolencias de riñón y estómago. Su esclava, Cliastela, decidió ayudarla y se ofreció a traerle agua de la fuente de Liscar, a la que se atribuían propiedades curativas.
Para llegar hasta esa fuente, situada cerca de Liédena, Cliastela tenía que cruzar el Irati en barca. Al atardecer, cuando se disponía a pasar a la otra orilla, descubrió que una riada se había llevado el pontón. Sin forma de cruzar, quedó atrapada ante el río y ante la urgencia de cumplir la promesa hecha a su señora.
Fue entonces cuando, según la leyenda, se le apareció el diablo bajo la forma de un caballero atractivo. Le ofreció levantar un puente a cambio de su alma. El pacto tenía una condición precisa: el viaducto debía estar terminado entre las diez de la noche y las seis de la mañana.
Durante la noche, los demonios trabajaron hasta completar la obra. El puente quedó terminado antes del amanecer según el reloj del infierno. Pero cuando el diablo reclamó su recompensa, Cliastela señaló el reloj de sol de una torre cercana. Allí ya eran las siete. El plazo se había incumplido.
La mujer cruzó entonces el puente y rompió el trato. Según la tradición, anunció que desde ese momento el viaducto se llamaría puente de Jesús. Al escuchar ese nombre, los demonios cayeron a la poza y desaparecieron en las aguas oscuras de la foz. Por eso, en Liédena se ha contado que el mismo paso recibe los dos nombres: puente del Diablo y puente de Jesús.
La leyenda se ha mantenido unida a otros detalles del entorno. La fuente de Liscar, vinculada a las aguas curativas del relato, se ha secado. Aun así, se conservan sus tres caños y la pila de hormigón donde caía el agua. También se ha recordado que algunas mozas de Liédena acudían a esa fuente porque la consideraban buena para el riñón.
El puente también tuvo su final histórico. Las fuentes consultadas recogen que fue destruido durante la Guerra de la Independencia, en 1812, por las tropas francesas de Napoleón. La memoria popular, sin embargo, ha atribuido durante mucho tiempo su voladura al guerrillero navarro Espoz y Mina, en marzo de 1811, para impedir el paso de las tropas francesas.
Esa segunda versión pertenece al terreno de la tradición oral. En el relato popular, los hombres de Espoz y Mina quedaron inquietos al ver el puente cortado, porque pensaban que ya no podrían huir por los riscos cercanos. Entonces, el guerrillero habría espoleado su caballo y saltado hasta la otra orilla para demostrar que todavía había salida.
Más allá de la leyenda y de la guerra, lo que parece probado es que el puente del Diablo y su camino fueron utilizados durante siglos por peregrinos. Cerca del puente y de la villa romana, en la orilla derecha del Irati, se ha situado una especie de hospital de peregrinos junto a la ermita de Santa Elena.
El paisaje volvió a cambiar con las infraestructuras modernas. La carretera de Pamplona a Jaca se construyó en el siglo XIX, y el viejo camino entre Liédena y las ventas de Lumbier perdió parte de su sentido tras el derribo del puente. Más tarde, el ferrocarril del Irati recuperó de otro modo aquella conexión.
Ese tren de vía estrecha impulsó la construcción de un nuevo puente en Liédena y abrió un túnel de acceso a la Foz de Lumbier. La perforación se hizo a unos cincuenta metros del puente del Diablo y permitió comunicar Lumbier y Liédena, separados por la sierra de Leire. Hasta entonces, la foz había sido un paso muy complicado y los vecinos tenían que dar un rodeo por el llamado camino de la Piedra.
Hoy, la Foz de Lumbier es reserva natural desde 1987 y se ha convertido en una excursión accesible para familias, senderistas y visitantes. El recorrido más conocido sigue la antigua vía del tren, atraviesa dos túneles sin luz artificial y permite caminar junto al río Irati entre paredes verticales.
También existe una ruta más larga, señalizada por las laderas cercanas, que regresa por el interior de la garganta. A ese atractivo se suma la observación de aves rapaces, especialmente buitres leonados, que sobrevuelan la foz y refuerzan la imagen salvaje de este paraje.
El puente del Diablo ya no cumple la función para la que fue levantado. No cruza el Irati, no facilita el paso de peregrinos y no salva a los vecinos de las riadas. Sin embargo, sus ruinas siguen teniendo una fuerza difícil de explicar. Quizá porque unen lo que más atrae de Navarra: una ruta sencilla, una historia antigua, un paisaje de roca y agua, y una leyenda que todavía hace mirar hacia el fondo de la foz como si allí siguiera escondido el eco del diablo.