sociedad

El pequeño pueblo de Navarra que solo tiene 22 habitantes y que surgió de la nada

Una vista de la localidad navarra de San Isidro del Pinar en los años 80.
El concejo alcanzó su auge en 1970 y hoy mantiene vivas sus fiestas, su paisaje mediterráneo y la memoria de un proyecto social único.

San Isidro del Pinar resiste a 13 kilómetros de Cáseda con apenas 22 habitantes y una historia que lo convierte en uno de los lugares más singulares de la Navarra rural. Rodeado de pinares y silencio, este pequeño concejo nació literalmente de la nada y todavía conserva la huella de aquel experimento social con el que se quiso llenar de vida un paisaje vacío.

El pueblo surgió en la década de 1950 como pueblo de colonización, dentro de un plan del Instituto Nacional de Colonización que pretendía levantar nuevos núcleos de población desde cero. La idea era transformar espacios casi deshabitados en comunidades organizadas, con viviendas, calles amplias y tierras de cultivo capaces de sostener a nuevas familias.

San Isidro del Pinar se integró en la Zona de Bardenas, dentro de la subzona Bardenas Norte, y no emprendió el camino en solitario. Junto a él nacieron Gabarderal, Rada y Figarol, otros pueblos navarros que compartieron ese mismo origen planificado.

Aquel diseño incluía además a El Boyeral, un quinto asentamiento que no llegó a prosperar y hoy permanece abandonado, y a Campo Real, ya en el municipio aragonés de Sos del Rey Católico. Esa red de pueblos resume una época en la que la planificación territorial quiso fabricar futuro donde antes apenas había casas dispersas.

Hasta el nombre de San Isidro del Pinar cuenta parte de su identidad. La primera mitad mira a San Isidro Labrador, una figura profundamente arraigada en el campo navarro, y la segunda remite al pinar mediterráneo en el que se levantó la localidad.

Mucho antes de que llegaran los colonos, cerca del actual emplazamiento existió una ermita dedicada al santo, destruida por un incendio a mediados de 1903. Aquella pequeña construcción religiosa marcó el origen histórico de un lugar que todavía no era pueblo, pero sí punto de referencia en el territorio.

La evolución demográfica explica mejor que nada el viaje de esta localidad. En 1887 apenas vivían allí siete personas; en 1940 eran 33; y el gran salto llegó con el plan de colonización. En 1970, San Isidro del Pinar alcanzó su techo con 120 habitantes y mostró el momento de mayor empuje de aquel proyecto de repoblación rural.

El descenso, sin embargo, fue rápido. En 1981 la población había bajado a 65 vecinos y el éxodo rural empezó a vaciar un modelo que había nacido con ambición. Hoy el pueblo cuenta con 22 habitantes, uno más que el año anterior, una cifra mínima que refleja tanto la fragilidad como la resistencia de la vida en el campo.

El enclave, situado en la comarca de Sangüesa y al sur de la sierra de Peña, mantiene además un carácter fronterizo. Se accede por la NA-534 en dirección sur desde Cáseda y limita con Aragón por el este y con el río Aragón por el oeste, en una zona de transición que refuerza su personalidad y su aislamiento.

El paisaje ayuda a entender por qué el topónimo no engaña. En torno al pueblo domina el pino carrasco, acompañado de coscojas y enebros, además de romeros y escaramujos que dejan en el aire un aroma plenamente mediterráneo. Es una imagen cada vez más valiosa en una Ribera donde los bosques espontáneos son ya escasos, con supervivientes como los encinares de la Bardena Negra, el Vedado de Eguaras y los pinares de Rada, Carcastillo y Cáseda.

Ese entorno natural se ha convertido también en una baza para el turismo rural. Algunas casas rurales del pueblo permiten disfrutar de una calma difícil de encontrar, entre caminos de tierra, senderos entre pinos y paisajes que invitan a caminar o a recorrer la zona en bicicleta de montaña.

San Isidro del Pinar tiene un clima mediterráneo continental, con una precipitación media anual de entre 400 y 600 milímetros repartida sobre todo en otoño y primavera, a lo largo de entre 60 y 100 días de lluvia. La temperatura media anual se mueve entre los 12 y los 14 grados, aunque los contrastes son marcados: los veranos pueden alcanzar los 35 grados y los inviernos bajar hasta los 0, con jornadas de primavera y otoño que dejan diferencias de hasta 20 grados entre máxima y mínima.

Pese a su tamaño, el pueblo mantiene vivas sus fiestas patronales en torno a San Isidro Labrador y participa en la tradicional romería de San Zoilo, que se realiza desde Cáseda hasta la ermita gótica del siglo XIV situada a poco más de dos kilómetros. El reparto de pan, vino y chocolate y las actividades posteriores, como las mejicanas y los concursos de petanca, siguen dando sentido comunitario a la jornada.

Visitar hoy San Isidro del Pinar es encontrarse con el trazado original de un pueblo de colonización: calles anchas, construcciones funcionales y una planificación urbana que todavía se deja leer en cada esquina. Desde allí también se pueden realizar excursiones a lugares próximos como Javier, Olite, el monasterio de La Oliva, las Bardenas Reales, la Foz de Lumbier o Sos del Rey Católico.

A poca distancia pasa además la Cañada de los Roncaleses, una histórica ruta de trashumancia que unía los valles pirenaicos con la Ribera. Ese detalle añade otra capa de memoria a un enclave que, pese a su juventud, forma ya parte del patrimonio cultural navarro.

Con solo 22 vecinos, San Isidro del Pinar afronta hoy el mismo reto que tantos pequeños pueblos de Navarra: sostener la vida diaria sin renunciar a su identidad.