PAMPLONA

La Dolorosa de Pamplona, la imagen que cada Semana Santa vuelve a tocar el alma de la ciudad

Procesión del traslado de la Virgen Dolorosa 2023 a la Catedral de Pamplona desde la Iglesia de San Lorenzo. PABLO LASAOSA
La imagen más querida de la Semana Santa pamplonesa no solo sale en procesión: arrastra una historia centenaria, un fuerte vínculo con San Lorenzo y una devoción muy arraigada en la ciudad.

Hay imágenes que no necesitan avanzar muchos metros para conmover a una ciudad entera. En Pamplona, pocas tienen esa fuerza como La Dolorosa, la Virgen que cada Semana Santa vuelve a ocupar el centro de la emoción popular entre San Lorenzo, la Catedral y las calles del Casco Antiguo. Su presencia no se entiende solo desde la fe. También se explica por la historia, por la memoria compartida y por ese vínculo íntimo que generaciones de pamploneses han mantenido con una talla que ha acabado convertida en uno de los grandes símbolos de la Semana Santa local.

La imagen que hoy se conoce como Nuestra Señora de la Soledad o, de forma mucho más popular, La Dolorosa, es además una pieza singular dentro del patrimonio procesional de la ciudad. Es el paso más antiguo de la Semana Santa pamplonesa y, al mismo tiempo, el único que no pertenece a la Hermandad de la Pasión, sino al Ayuntamiento de Pamplona. Esa doble condición, devocional y municipal, ayuda a entender por qué su historia va mucho más allá del culto religioso y forma parte también de la identidad sentimental de la ciudad.

El origen de la actual imagen se remonta a una historia casi novelesca. En 1867, la pamplonesa Sofía Villanueva Armendáriz, residente en Tolosa, dejó en su testamento dinero para regalar un nuevo manto a la antigua Dolorosa que procesionaba en San Agustín el Viernes Santo. Cuando años después se cobró ese legado, el Ayuntamiento decidió que aquel manto merecía una imagen nueva y de mayor calidad artística. Así nació, de forma indirecta, la Dolorosa que hoy conoce Pamplona.

La talla fue encargada al escultor catalán Rosendo Nobas i Ballbé, uno de los nombres destacados de la escultura de su tiempo. Las fuentes municipales sitúan el encargo en 1883 y precisan incluso su coste y transporte. La imagen llegó a Pamplona en dos fases y durante mucho tiempo se difundió la idea de que era una figura “de vestir” con solo rostro y manos. Sin embargo, la documentación histórica recogida en estudios sobre la imagen sostiene que la talla está mucho más completa de lo que muchos pensaban, con cuerpo y extremidades trabajadas, aunque quede oculta bajo el vestido y el manto.

La primera impresión que causó en la ciudad fue profunda. Ya en el siglo XIX, la nueva imagen fue descrita como una obra capaz de conmover por la expresión del rostro, por la mirada elevada y por ese dolor contenido que sigue siendo hoy una de sus señas de identidad. Ahí está una de las claves de su fuerza: La Dolorosa no impresiona por el exceso, sino por la contención. No necesita teatralidad. Le basta la inclinación del rostro, las lágrimas y las manos entrelazadas para transmitir una pena serena que ha conectado con la sensibilidad pamplonesa durante más de un siglo.

También su estreno dejó una de esas anécdotas que sobreviven al paso del tiempo. En su primera salida procesional, en 1883, la lluvia obligó a interrumpir el recorrido y la imagen tuvo que regresar apresuradamente a refugio. Aquel comienzo accidentado no impidió que, con los años, terminara convirtiéndose en una de las presencias más esperadas de la Semana Santa de Pamplona.

Otro de los rasgos que hacen distinta a La Dolorosa es todo lo que la rodea. La imagen vive el resto del año en su capilla de San Lorenzo, uno de los templos más queridos de la ciudad, y su salida en Semana Santa sigue conservando una carga emocional muy especial. El traslado a la Catedral, que hoy se considera uno de los actos más representativos de la Semana Santa pamplonesa, fue impulsado con mayor solemnidad a partir de 1919, cuando la Hermandad de la Pasión quiso dar más relieve a un acto que ya existía, pero que pasaba más desapercibido.

Ese traslado resume muy bien lo que representa la Virgen en Pamplona. No es solo un desfile. Es una especie de ceremonia de ciudad. La imagen sale de San Lorenzo, avanza por calles del centro histórico y llega a la Seo, donde permanece hasta el Viernes Santo para incorporarse a la procesión del Santo Entierro. En la programación reciente de la Iglesia navarra se ha repetido ese mismo esquema, con salida desde San Lorenzo, paso por calles como Mayor, San Saturnino, Plaza Consistorial, Mercaderes y Curia, y recibimiento final en la Catedral.

No menos importante es lo que ocurre dentro, antes de que la imagen pise la calle. El cuidado de la Virgen recae en las Hermanas de la Soledad, que en 2026 han celebrado su centenario. Son ellas quienes la visten, preparan puntillas, toques y detalles textiles, y mantienen viva una labor callada que forma parte esencial de la tradición. La prensa navarra ha descrito ese trabajo como un ritual íntimo y minucioso, sostenido por mujeres que durante décadas han actuado como guardianas discretas de una de las imágenes más queridas de la ciudad.

A la vez, la imagen no se entiende sin la Hermandad de la Paz y Caridad, encargada históricamente de portarla. Esa relación viene de lejos. Los estudios sobre la imagen recuerdan que fue el propio Ayuntamiento, propietario del paso, quien encomendó a esta hermandad la misión de sacarla por las calles. Desde entonces, la vinculación se ha mantenido y ha pasado a formar parte de la tradición más reconocible de la Semana Santa pamplonesa.

La estética del paso también ha ido cambiando con el tiempo. Las andas fueron ampliadas, reformadas y adaptadas en distintas etapas. En 1928 se construyeron unas nuevas andas diseñadas por Víctor Eusa y, años después, se introdujeron cambios en el alumbrado, en la estructura y en el manto. El propio Ayuntamiento acometió en 2020 una restauración de la imagen y de sus andas procesionales para limpiar, consolidar y reparar distintos daños producidos por el paso del tiempo y por el uso continuado.

Ese esfuerzo institucional refuerza otra de las singularidades de La Dolorosa: su peso no es solo religioso, sino también patrimonial. Pamplona no contempla esta imagen únicamente como una pieza de devoción. La contempla como una parte de su historia. De hecho, fuentes municipales recuerdan que se trata del único paso procesional de propiedad municipal, una rareza que subraya hasta qué punto esta talla forma parte del legado compartido de la ciudad.

Pero si algo explica la vigencia de la Dolorosa no son solo los archivos ni las fechas. Es su capacidad para seguir emocionando. La Iglesia navarra la ha llamado en más de una ocasión la “Madre de Pamplona”, una expresión que resume bien el lugar que ocupa en el imaginario local. En torno a ella se cruzan la fe popular, la música de La Pamplonesa, el recogimiento del traslado, el silencio del Viernes Santo y el retorno final a San Lorenzo, cuando la ciudad acompaña de nuevo a la Virgen después del Santo Entierro.

Por eso, hablar de La Dolorosa es hablar de mucho más que de una imagen mariana. Es hablar de una forma muy pamplonesa de vivir la Semana Santa. Menos estruendosa que en otras ciudades, quizá más contenida, pero profundamente arraigada. En una Pamplona acostumbrada a símbolos poderosos, pocos resultan tan elocuentes como esta Virgen que sale de San Lorenzo envuelta en silencio y termina convirtiendo una procesión en un gesto colectivo de memoria, emoción y ciudad.