El problema diario de miles de vecinos de un barrio de Pamplona: "Hay que dar más de tres vueltas para poder aparcar"
Encontrar aparcamiento en Iturrama ya no es una molestia puntual: es un problema estructural que condiciona la vida diaria de miles de vecinos. El propio Ayuntamiento de Pamplona ha reconocido en su balance municipal de estacionamiento que en el barrio han desaparecido 254 plazas de aparcamiento regulado, una cifra que confirma lo que los residentes llevan meses denunciando: cada vez hay menos sitio para el coche en un barrio que ya estaba saturado.
La pérdida de plazas se ha producido, en buena parte, por actuaciones vinculadas a la ampliación de carriles bici, procesos de renaturalización y el estrechamiento de calzadas dentro de la llamada “amabilización del tráfico”. Medidas defendidas por el Consistorio como mejoras urbanas, pero que en Iturrama han tenido un impacto directo y tangible: menos aparcamientos donde antes sí los había.
“Es una chapuza lo que han hecho”, resume Juan Carlos Garayoa, vecino del barrio. “Han quitado sitios de todos lados. Yo mismo he tenido que dar más de tres vueltas para aparcar. No se puede en casi ningún sitio. No sé dónde quieren que metamos los coches”. Su sensación es compartida por muchos residentes que ven cómo, reforma tras reforma, el número de plazas se reduce. “Hay aceras de veinte metros que no sé para qué las quieren, y sin embargo quitan sitios que habrían venido genial. La gente tendrá que coger garajes donde pueda y pagar lo que pidan… y aun así tampoco hay plazas”.
El problema va más allá de la supresión de plazas. Iturrama sufre un desequilibrio evidente entre oferta y demanda dentro del propio sistema de zona azul. El barrio dispone de 4.061 plazas, pero el Ayuntamiento ha expedido 6.168 tarjetas de residente, lo que supone un desfase de más de 2.100 permisos. En la práctica, tener tarjeta no garantiza aparcar.
"Al final, hay que aparcar en los barrios colindantes"
“Yo soy residente y tengo tarjeta, pero depende de la hora es complicado, y más cerca de mi casa”, explica Carmen. “Antes aparcaba prácticamente al lado y ahora es imposible”. Una experiencia similar relata Maite: “Resulta muy difícil aparcar. Hay que dar un montón de vueltas, y además hay zonas de ocio y todo el mundo viene con el coche. Al final te tienes que ir a barrios colindantes para aparcar”.
Desde una perspectiva urbanística, Javier, arquitecto y vecino, señala uno de los focos del conflicto: “La gente tiene problemas con la gran manzana que han proyectado en el barrio. Tenían intención de peatonalizar, pero al final no están pasando peatones. Han perdido muchas plazas de aparcamiento sin ganar una verdadera zona peatonal. Lo podían haber hecho mejor, como pasó en Carlos III, pero ahora no tienes ni peatones, ni flujo de coches, ni la calidad urbana que debería tener ese espacio”.
La incomodidad no se limita a encontrar sitio. Concha pone el foco en otro efecto colateral: “El mayor problema que tengo es salir del coche. Las plazas son muy estrechas, no puedes abrir la puerta sin darle al de al lado. A veces tienes que salir de la plaza o buscar otra. Hay horas que es muy difícil aparcar”.
Iturrama es un barrio denso, con unos 23.000 vecinos, una población envejecida y una fuerte presencia de estudiantes por la cercanía de la Universidad. “Es un barrio de gente mayor y los fines de semana, cuando se reúnen las familias con los nietos, se generan más problemas”, apunta Mariam. Ignacio coincide en el diagnóstico general: “Es cada vez más incómodo para los residentes. Da la impresión de que habría que hacer un esfuerzo por crear más plazas. Estas incomodidades afectan mucho a la vida diaria, sobre todo a quienes necesitan el vehículo”. Algunos vecinos señalan también puntos especialmente conflictivos, como la calle Pedro I, donde el tránsito constante y la falta de plazas hacen que aparcar ahí sea “prácticamente imposible”.
Mientras el Ayuntamiento destaca incrementos de plazas en otros barrios como Milagrosa-Azpilagaña o Mendebaldea-Echavacoiz, Iturrama se ha convertido en el espejo opuesto: un barrio consolidado, sin margen para absorber recortes, al que se le ha pedido que asuma la pérdida de aparcamiento como un daño colateral menor. Para muchos de sus vecinos, sin embargo, el problema ya no es menor, sino una rutina diaria que condiciona horarios, hábitos y calidad de vida.