El origen secreto de la canción de San Fermín: nació por el aburrimiento de un concejal de Pamplona en 1916
Con las fiestas de San Fermín cada vez más cerca en el calendario, Pamplona empieza a desempolvar su banda sonora más universal. Sin embargo, muy pocos de los miles de mozos que cada año se desgañitan cantando aquello de “Uno de enero, dos de febrero, tres de marzo, cuatro de abril...” conocen que el nacimiento de este auténtico himno mundial no se debió a un arranque de inspiración festiva, sino al soberano aburrimiento de un concejal de la capital navarra durante un larguísimo pleno municipal en el año 1916.
Los detalles inéditos de esta intrahistoria pamplonesa han salido a la luz gracias a un documento excepcional remitido a este periódico por Javier Baleztena Abarrategui y Joaquín Baleztena Gurrea, hijo y nieto respectivamente del célebre creador de la letra, el polifacético político, escritor y dinamizador cultural Ignacio Baleztena Ascárate, conocido popularmente en la vieja Iruña bajo los pseudónimos de 'Premín de Iruña' o 'Tiburcio de Okabio'.
De la diplomacia en Pau a evadirse en un pleno de Pamplona
La historia arranca en 1915. Tal y como relatan sus descendientes acudiendo a los escritos autobiográficos que el propio Baleztena dejó plasmados en el año 1962, el joven pamplonés tuvo que abandonar la ciudad francesa de Pau, donde iniciaba una prometedora carrera diplomática, tras ser elegido concejal del Ayuntamiento de Pamplona por el partido Carlista. El propio Baleztena ironizaba sobre su toma de posesión el 1 de enero de 1916 como una fecha que "debió ser grabada en bronces y esculpida en mármoles".
Poco después de asumir el cargo, se fijó el destino de la canción. Fue durante una de esas sesiones municipales que el propio protagonista calificaba de "pesadísimas", en la que los ediles de la época debatían acaloradamente sobre si el impuesto a las sociedades de baile de la ciudad debía ser restrictivo, prohibitivo o nulo. En mitad de la bronca política entre concejales de izquierda y derecha, la mente de Baleztena huyó del salón de plenos y se trasladó directamente al 6 de julio.
“Se me fue la imaginación hacia las próximas fiestas de San Fermín y empecé a pensar en el paseíllo concejil de la calle Mayor del día 6 de julio. Qué tal le sentará el frac y el tubo a Erayalar. Cómo saludará a chisterazo limpio Perico Izquierdo...”, dejó escrito el edil, refiriéndose a la Marcha a Vísperas que él mismo había revolucionado años antes al popularizar la costumbre de ir bailando el vals de Astráin, inventando sin saberlo el 'Riau-Riau'.
Mientras sus compañeros de corporación discutían, Baleztena comenzó a emborronar cuartillas redactando coplejas satíricas dedicadas a los andares y manías de cada uno de los concejales. Fiel a su propia confesión de que, "como buen vasco", era incapaz de improvisar una rima sin adaptarla a una tonadilla popular, empezó a tararear de forma instintiva una biribilketa popularísima en la época conocida como "Artola toki".
Para ilustrar el tono de mofa de la composición, el concejal guardó en sus notas la estrofa que se autoeditó a sí mismo, haciendo alusión al descontento de los carlistas con el sistema electoral de la época:
“Marchará Ignacio / grave y despacio / haciendo esfuerzos / para ir formal; / muy contristado / pues le han jibado / con el sufragio / universal”.
Al final de cada una de las estrofas dedicadas a los miembros del ayuntamiento, Baleztena acopló a la música de la biribilketa un estribillo que terminaría haciendo historia: “Uno de enero, dos de febrero, tres de marzo, cuatro de abril, cinco de mayo, seis de junio, siete de julio San Fermín”.
Aquella misma noche de 1916, el concejal acudió a la peña de los Mutilzarras, que se reunía en el mítico **Café Kutz** de la Plaza del Castillo. Allí leyó y cantó su elucubración ante sus amigos. El éxito fue tan inmediato que la composición fue coreada y alborotada de forma diaria, provocando incluso las protestas de los clientes habituales que intentaban jugar al dominó en silencio.
La tonadilla se repitió noche tras noche en los mentideros de Pamplona y, para cuando llegaron las fiestas de San Fermín de aquel año 1916, la ciudad entera la cantaba por las calles. Con el paso de los años, aquellos concejales cesaron en sus puestos y sus nombres fueron sepultados por el olvido general, arrastrando con ellos las coplas satíricas originales. Sin embargo, el estribillo del santoral y la pegadiza melodía sobrevivieron al tiempo, tomando carta de naturaleza hasta convertirse en el patrimonio inmaterial y mundial que hoy custodia toda Navarra.