Jack Valero habla "sin filtros" del Opus Dei: "Es más fácil despertar interés con una acusación que con la vida de un taxista""
El Opus Dei se encamina hacia el centenario de su fundación, que se cumplirá el 2 de octubre de 2028, en un momento en el que la institución afronta preguntas sobre su papel en la Iglesia, su imagen pública y su evolución. Para Jack Valero, comunicador y antiguo portavoz de la Obra, la cuestión fundamental está en la vida de cada una de las personas que forman parte de ella.
"Al acercarse el centenario del Opus Dei, la pregunta decisiva no es cuánto ha crecido, sino si cada uno de nosotros está ayudando a que Cristo esté más presente en el mundo y a que las personas que nos rodean se sientan verdaderamente queridas", ha explicado.
Valero acaba de publicar 'El Opus Dei sin filtros. Por qué me hice de la Obra', editado por Almuzara. En el libro aborda algunas de las cuestiones que han acompañado históricamente a la institución y recurre también a experiencias personales para explicar una realidad que, a su juicio, continúa siendo poco conocida por buena parte de la sociedad.
—¿Por qué a veces se aprecia a una persona del Opus Dei y no se valora tanto la institución?
—Es algo que sucede con frecuencia. Una persona conoce a alguien del Opus Dei, aprecia su amistad, su modo de trabajar o su dedicación a los demás, pero mantiene una imagen negativa de la institución a la que pertenece.
En cierto sentido, es comprensible: la persona está delante, con un rostro y una historia concreta, mientras que la institución se percibe desde lejos, muchas veces a través de noticias, películas o relatos polémicos.
Naturalmente, el Opus Dei es una realidad formada por personas imperfectas. Se han cometido errores y algunas personas han tenido experiencias dolorosas que merecen ser escuchadas con respeto.
Pero tampoco sería justo juzgar toda la institución únicamente por sus fallos y considerar irrelevante el testimonio de miles de personas que encuentran en ella una ayuda para amar más a Dios y servir mejor a los demás.
—¿No cree que el Opus Dei tiene mala prensa en general? ¿Por qué sucede esto?
—El Opus Dei ha tenido mala prensa en determinados ambientes y momentos históricos, aunque la situación varía mucho según el país.
Algunas críticas se deben a errores reales o a comportamientos personales que deben reconocerse y corregirse. Otras proceden del desconocimiento, de prejuicios contra la Iglesia o de una visión del Opus Dei construida a partir de tópicos repetidos durante décadas: poder, dinero, secretismo e influencia política.
También existe una dificultad de comunicación. El Opus Dei habla de realidades interiores —vocación, oración, santidad, entrega a Dios— que no siempre son fáciles de explicar en el lenguaje periodístico.
En cambio, una teoría sobre redes de poder resulta inmediatamente llamativa. Durante mis años como portavoz he comprobado que es mucho más fácil despertar interés con una acusación espectacular que con la vida de una madre de familia, un taxista o una enfermera que procuran ofrecer a Dios su trabajo.
Por eso escribí este libro de esta manera. No quería limitarme a negar acusaciones ni a ofrecer explicaciones institucionales, aunque a veces sean necesarias. Quería mostrar vidas.
Esas historias no eliminan las preguntas críticas, pero permiten formularlas desde una visión más completa y humana.
—¿Cómo colabora una persona del Opus Dei con su diócesis correspondiente?
—Una persona del Opus Dei es, ante todo, un fiel católico y participa en la vida de la Iglesia allí donde vive.
Puede colaborar con su parroquia, dar catequesis, ayudar en Cáritas, participar en consejos parroquiales o diocesanos, acompañar a matrimonios, impulsar iniciativas educativas o sociales y contribuir de muchas otras maneras.
No existe una fórmula única: cada uno decide, según sus circunstancias y su propia disponibilidad, cómo servir mejor a la Iglesia local.
El espíritu del Opus Dei anima a sus miembros a amar a la Iglesia y a vivir en plena comunión con el Papa y con los obispos. La formación que reciben no pretende separarlos de la diócesis, sino ayudarles a ser católicos responsables en su trabajo, su familia, su parroquia y la sociedad.
Muchas veces su principal aportación no se realiza a través de una función eclesiástica visible, sino mediante una vida cristiana coherente en ambientes donde quizá la Iglesia tiene poca presencia.
En el caso de los sacerdotes diocesanos que pertenecen a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, esta realidad es aún más clara: siguen dependiendo plenamente de su obispo y permanecen al servicio de su diócesis.
El Opus Dei les ofrece ayuda espiritual y formación, pero no altera su incardinación ni la obediencia que deben a su obispo.
—¿Cómo se explica la extensión del Opus Dei en alrededor de 70 países, con más de 90.000 miembros y numerosos cooperadores?
—Creo que se explica, en primer lugar, por la universalidad de su mensaje. La idea de que cualquier persona puede encontrar a Dios en el trabajo, en la familia y en las circunstancias ordinarias de su vida resulta comprensible en culturas muy diferentes.
No es necesario pertenecer a una determinada clase social, ejercer una profesión concreta o adoptar una única forma de pensar. Un agricultor africano, una empresaria europea, una madre latinoamericana o un estudiante asiático pueden reconocer que su vida cotidiana es también un lugar de encuentro con Dios.
La expansión del Opus Dei no ha seguido normalmente el modelo de una gran campaña organizada desde arriba. Suele comenzar de una forma mucho más sencilla: a través de la amistad.
Una persona conoce el mensaje, empieza a vivirlo y lo comparte con amigos, compañeros de trabajo y familiares. En bastantes ocasiones, además, han sido los propios obispos quienes han pedido que la Obra comenzara su labor en sus diócesis.
Los cooperadores reflejan también esa capacidad de establecer vínculos muy amplios. Algunos son católicos; otros pertenecen a diferentes confesiones cristianas, a otras religiones o incluso no tienen fe.
Colaboran porque valoran determinadas iniciativas educativas, sociales o culturales y porque han encontrado personas con las que comparten un deseo de servir.
En el libro, Garba, musulmán y cooperador, constituye un ejemplo especialmente elocuente de esa amistad que respeta profundamente la identidad y la libertad de cada uno.
—Ante la cercanía del centenario del Opus Dei, el 2 de octubre de 2028, ¿cómo ve el futuro de la institución? ¿Qué puede aportar a la vida de la Iglesia?
—Veo el centenario, ante todo, como una ocasión de agradecimiento y examen. Es un momento para dar gracias a Dios por tantas vidas transformadas y, al mismo tiempo, reconocer los errores, escuchar a quienes han sufrido y preguntarnos qué espera hoy la Iglesia del Opus Dei.
Una institución viva debe saber conservar lo esencial y, a la vez, aprender, corregirse y renovarse. Es lo que se percibe en los mensajes del prelado, Fernando Ocáriz, cuando hace referencia al centenario.
El mensaje central de San Josemaría conserva una enorme actualidad. En una sociedad fragmentada, donde muchas personas separan la fe del trabajo, la vida familiar de la responsabilidad social o la oración de los problemas reales, el Opus Dei puede recordar la unidad profunda de la vida cristiana.
Dios no nos espera solamente en el templo: sale a nuestro encuentro en una oficina, un hospital, una cocina, una universidad, una fábrica o una casa llena de niños.
La santidad no está reservada a unos pocos especialistas, sino que es una llamada para todos.
Es muy significativo que el Papa León XIV esté repasando en sus audiencias de los miércoles los documentos del Concilio Vaticano II y haya hablado recientemente de la llamada universal a la santidad y del papel evangelizador de los fieles, también de los laicos que, en el caso del Opus Dei, son la gran mayoría.