Jóvenes que construyan

Unos jóvenes chocando el puño.
Carta enviada por el criminólogo Eradio Ezpeleta Iturralde. 

Hay una frase que se repite con demasiada facilidad, casi como una excusa heredada: “La política no me interesa”. En Navarra, como en el resto de España, esa idea se ha convertido en un refugio cómodo para muchos ciudadanos, especialmente para los jóvenes. Sin embargo, conviene decirlo con claridad: que la política no te interese no significa que la política no se interese por ti. Porque lo público —la educación, la vivienda, el empleo, la sanidad, la cultura, el ocio, el campo, la atención a nuestros mayores— no se sostiene solo. Se construye cada día. Y se deteriora, también, cada día, si dejamos de cuidarlo.

La participación en la vida pública no es un lujo reservado para quienes “tienen tiempo” o “les gusta debatir”. Es una necesidad social y, sobre todo, una responsabilidad ética. Quien se desentiende deja un hueco. Y ese hueco lo ocupa otro. A veces con buenas intenciones, pero otras con intereses particulares, ideologías extremas, ambición personal o simple oportunismo. La democracia no muere de golpe: se apaga poco a poco, cuando los mejores se marchan y solo quedan los que buscan servirse de ella.

Por eso, hoy más que nunca, necesitamos recuperar el sentido profundo de la implicación social. Y aquí el humanismo cristiano tiene mucho que aportar, no como etiqueta ideológica, sino como visión humana de la vida. El humanismo cristiano recuerda que la persona es el centro: cada ser humano tiene dignidad, desde el concebido no nacido hasta el anciano frágil o el enfermo terminal, desde el inmigrante que llega sin nada hasta el joven que no encuentra su lugar. Nos recuerda que la sociedad no puede organizarse únicamente por intereses económicos o cálculos electorales, sino por la búsqueda del bien común. Y nos insiste en algo esencial: no se puede amar al prójimo en abstracto y abandonar la realidad concreta.

Participar es una forma de amar, de querer. Y esto no solo es sentir; es comprometerse. Implicarse en una asociación juvenil, cultural o deportiva; formar parte de una organización solidaria, de una asociación de vecinos; hacer voluntariado con mayores, con personas sin hogar, con niños en riesgo; dedicar horas a acompañar a quien está solo. Todo eso es política en el sentido más noble: construir comunidad. Crear escuela. Dejar huella.

Pero también hace falta decirlo sin miedo: participar en partidos políticos es necesario. Y no, no es una actividad sucia por definición. Se ha extendido el relato de que “todos son iguales” y de que la política es sinónimo de corrupción, mentira o abuso. Esa generalización, además de injusta, es peligrosa. Porque desacreditar la política es el primer paso para dejarla en manos de quienes no tienen vocación de servicio. La política es un arte noble cuando busca la justicia, cuando defiende al débil, cuando promueve la convivencia, cuando se atreve a decir la verdad, aunque cueste votos. Hay concejales, alcaldes y cargos públicos que trabajan con sacrificio real, con honestidad y con vocación. Y en algún momento necesitan relevo.

La sociedad necesita jóvenes con valores. Jóvenes que no se conformen. Que no acepten como inevitable el bullying en las aulas, la violencia silenciosa en redes sociales, la precariedad laboral como destino, la falta de vivienda como condena o la soledad de los mayores como normalidad. Jóvenes que no toleren los abusos de poder, ni los privilegios económicos, ni la mala política, ni el clientelismo. Pero para combatir todo eso no basta con indignarse desde casa ni con escribir un comentario en internet. Hace falta dar un paso adelante.

Y aquí aparece un error frecuente: mirar a los jóvenes con recelo, como si fueran frágiles, superficiales o egoístas. No es cierto. Nuestros jóvenes —ellos y ellas— tienen más valores de los que a veces creemos. Muchos muestran sensibilidad social, conciencia ecológica, deseo de justicia, capacidad de sacrificio y un sentido de solidaridad admirable. Lo que necesitan es confianza, referentes y oportunidades. Necesitan que dejemos de tratarlos como “los de mañana” y empecemos a reconocerlos como ciudadanos de hoy.

Además, el calendario nos interpela. En menos de un año volveremos a vivir elecciones. Y este es el momento de implicarse. No solo para votar, sino para participar, preguntar, exigir, proponer. Para entrar en asociaciones, en plataformas vecinales, en movimientos culturales. Para acudir a plenos municipales. Para acercarse a un partido y decir: “Estoy aquí, quiero aportar, quiero aprender, quiero mejorar mi ciudad, mi pueblo y mi comunidad”. Y también para exigir a los mayores que piensen con responsabilidad intergeneracional, que no tomen decisiones hipotecando el futuro de quienes vienen detrás.

El futuro no se hereda, se construye. Nuestra sociedad no necesita espectadores, necesita protagonistas. Y especialmente necesita jóvenes con coraje, con valores, con mirada limpia. El humanismo cristiano nos recuerda que no hay auténtica fe sin obras, ni verdadera humanidad sin compromiso. La sociedad que soñamos —más justa, más solidaria, más respetuosa con la vida y con la dignidad de todos— solo llegará si alguien la trabaja.

Ese “alguien” eres tú. Y el momento es ahora.