Mi nombre es Villeneuve, Dennis Villeneuve
Es curioso ver cómo la edad no es indicativa de nada y hay directores de edades parecidas que pueden estar en su mejor momento y otros que transmiten la sensación de estar de retirada.
Denis Villeneuve (58) y David Fincher (63) son dos directores a los que adoro, especialmente el segundo. Ambos estrenan películas en 2026 y, mientras Villeneuve parece no fallar y tener por delante el mejor momento de su carrera, Fincher no parece encontrar un colaborador de guion con el que encaje.
Digo que Villeneuve se encuentra en una buena posición porque en diciembre estrena Dune 3, un cierre de trilogía que tiene a todo el mundo salivando. Una de las pocas sagas que está resultando fresca con cada entrega, que no huele a desesperación. Este cierre podría significar su victoria en los Oscar, ya que su recorrido emula a la trilogía de El señor de los anillos, las dos primeras nominadas a Mejor Película.
Por si fuera poco, el próximo proyecto de Villeneuve es nada menos que la nueva película de 007 y con la oportunidad de reiniciar la saga, elegir un nuevo Bond, una nueva versión del personaje. Es cierto que este director franco-canadiense siempre ha estado en ascenso y durante la última década su siguiente proyecto era el más ambicioso.
Tras ser nominado a Mejor Película Extranjera por Incendies (2010), desembarcó en Hollywood de la mano de Hugh Jackman en Prisioneros (2013). Cuando rodaba Sicario (2015), fue anunciado que dirigiría la secuela de la mítica Blade Runner (2019); cuando estrenó la secuela, fallida a nivel comercial, ya había sido anunciado que llevaría a cabo una nueva adaptación de Dune (2021).
En cada estreno de esta saga de ciencia ficción, las respuestas más demandadas eran sobre la próxima Dune. Y en diciembre, cuando estrene el esperado desenlace de Paul Atreides, se hartará de decir: “No puedo decir nada sobre James Bond”.
A David Fincher, solo 5 años mayor que Villeneuve, lo conocimos mucho antes, a mediados de los 90. Quizás desde Perdida (2014) da la sensación de que no impacta en la cultura popular como lo hizo con Seven (95) o El club de la lucha (99). Sí es cierto que colaboró en la postproducción del fenómeno del verano pasado, Weapons.
Es cierto que ha dicho que ser director “is a young man’s game” y que ha rechazado proyectos asociados a propiedades multimillonarias, como Star Wars o Marvel. Fincher ya se ha llevado chascos con las sagas. Desde su primera película, Alien 3 (92), o con la saga Millennium, de la que hizo solo la primera, ya que Sony no quiso hacer las dos restantes con las exigencias que Fincher quería: rodarlas seguidas.
El ritmo de bailar entre tus aspiraciones creativas como director y las exigencias de un estudio que está financiando un proyecto de más de 200 M, con gastos de producción y marketing, es muy complejo y puede rozar la tortura. “Fui ingenuo al aceptar dirigir Alien 3 y fui a Pinewood Studios (Londres) a ser sodomizado durante dos años”, decía Fincher.
Curiosamente, el nuevo film de Fincher pertenece a una saga sin las expectativas que suelen conllevar. Se trata de la secuela de Érase una vez en Hollywood, de Quentin Tarantino, una película que he ido adorando cada vez más.
Vuelve Brad Pitt, con guion de Tarantino, y produce Netflix. Cómo de fácil nos lo pondrán para poder verla en cines está por ver. Digo esto porque la empresa de Ted Sarandos está cambiando su modelo últimamente: se han dado cuenta de que prometer un estreno en salas atrae a directores que, si no, se irán a un estudio tradicional.