Día internacional del Holocausto, una efeméride incompleta
Hay, en cambio, otro holocausto que no tiene día internacional. El nazi duró cuatro años, de 1941 al 30 de abril de 1945. El otro holocausto, sin día internacional, fue el perpetrado por el comunismo.
El pasado 27 de enero se celebró el Día Internacional del Holocausto nazi en el campo de concentración de Auschwitz, pieza clave en el feroz exterminio del pueblo judío. El corazón se estremece ante tanta barbarie. La fecha se eligió porque ese día del año 1945 las tropas del Ejército Rojo entraron en el campo y liberaron a unos miles de personas famélicas. En este campo los nazis asesinaron en las cámaras de gas a más de un millón de judíos. Se calcula que en total fueron masacrados seis millones de judíos en los cuarenta y dos campos de exterminio.
Ochenta años después, el campo se ha convertido en un memorial en recuerdo de las víctimas del monstruo en que se convirtió Adolf Hitler. Con este motivo, han surgido voces que alertan del peligro que supone el auge en Europa del fascismo, que niega la existencia del Holocausto, y que podría ser capaz de desestabilizar las democracias occidentales. España no sería una excepción.
Hay, en cambio, otro holocausto que no tiene día internacional. El nazi duró cuatro años, de 1941 al 30 de abril de 1945, fecha del suicidio de Hitler en el bunker de Berlín. El otro holocausto, sin día internacional, fue el perpetrado por el comunismo, que se calcula asesinó en el siglo XX a 100 millones de personas.
El comunismo se ha forjado su propia coartada. Es una ideología que aboga por la liberación de la clase trabajadora de la opresión capitalista para llegar a una sociedad sin clases mediante la abolición de la propiedad privada y la implantación de la dictadura del proletariado como paso previo para la abolición del Estado. El comunismo aspiraba a la Revolución mundial y justificaba por ello la eliminación violenta de todos aquellos que se consideren enemigos del proletariado: el Estado burgués y sus instituciones (gobierno, policía, ejército, legisladores, los eclesiásticos —el líder bolchevique Lenin dijo que “la religión es el opio del pueblo”—), en definitiva, todo aquel que pueda tildarse de contrarrevolucionario.
A la muerte de Lenin en 1924, Stalin se hizo con el poder del Partido Comunista y en 1928 asumió un poder absoluto que le llevó a convertirse en el gran genocida del siglo XX. El holocausto estalinista no tuvo límites. Destacan las deportaciones de pueblos enteros, como ucranianos, chechenos y armenios, entre otros. Se calcula que Stalin asesinó en torno a 40 millones de personas.
Pero si se añaden las víctimas provocadas por la Revolución rusa, como las de China (Mao Tse-Tung), Camboya, Corea del Norte o Cuba (Fidel Castro y el Che Guevara), se calcula que en torno a 100 millones de personas perecieron por los crímenes del comunismo. Llama la atención el genocidio de Katyn, localidad polaca a poca distancia del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. El Ejército Rojo asesinó a 22.000 prisioneros de guerra y a otros miembros del Gobierno, de la magistratura, del clero católico y de la intelectualidad.
En Berlín se encuentra el Gedenkstätte Hohenschönhausen (Memorial de Hohenschönhausen), un memorial en recuerdo de las víctimas de la persecución de la Stasi, policía de la Alemania Oriental. Asimismo, el Parlamento Europeo aprobó una Resolución de 8 de julio de 2025 condenando los crímenes del comunismo.
En la Guerra Civil española el comunismo soviético jugó un papel primordial. Los comisarios comunistas consiguieron convertir las milicias revolucionarias de los partidos leales a la República en un Ejército disciplinado y bien organizado, con el apoyo de Stalin, que a cambio se llevó una buena parte de las ingentes reservas de oro del Banco de España. Las Brigadas Internacionales, en su gran mayoría comunistas, evitaron que Madrid cayera en poder del Ejército nacional en los primeros meses de la guerra. Los crímenes perpetrados por la izquierda revolucionaria (PSOE, PC y EH) se saldaron con unos 40.000 asesinatos.
Esto nos lleva a analizar las Leyes de la Memoria Histórica y Democrática, que son un mazazo al espíritu de concordia que presidió la elaboración de la Constitución. Es un hecho históricamente probado que la Ley de Amnistía de 1977 supuso un punto final a los crímenes perpetrados tanto por el bando republicano como por el bando nacional. Se trataba de un perdón recíproco.
Los republicanos quedaban amnistiados de los delitos cometidos durante la guerra, al tiempo que los del bando nacional quedaban exonerados de los cometidos durante la guerra y el régimen de Franco. Para los diputados y senadores más jóvenes, entre los que me encontraba, que no teníamos que pedir perdón por nada ni por nadie, resultó emocionante ver cómo se daban la mano las figuras relevantes de ambos bandos, tuvieran delitos de sangre o no, para poner punto final a uno de los episodios más trágicos y vergonzantes de nuestra historia. Con motivo de la aprobación de la amnistía, Fraga presentó a Carrillo en una conferencia que pronunció en el Club Siglo XXI.
Todo esto nos lleva a las Leyes de la Memoria Histórica y Democrática, impulsadas por Pedro Sánchez, que se niegan a reconocer a las víctimas del terror rojo. ¿Acaso se puede olvidar que, en la zona republicana, se perpetró un auténtico genocidio con el asesinato de más de 7.000 clérigos católicos, por el mero hecho de serlo? Todas las iglesias y conventos de Cataluña fueron incendiados y saqueados.
Y esto no cabe imputarlo a la acción de una serie de incontrolados, sino a una acción preconcebida y coordinada. Las leyes en cuestión forman parte del propósito de deslegitimar la Transición a la democracia. Han resucitado el fantasma de las dos Españas y contribuyen a la polarización de la sociedad española. Al mismo tiempo, Pedro Sánchez pactó el olvido de los crímenes de ETA al calificar de demócratas a etarras y proetarras, convirtiéndolos en socios preferentes de su Gobierno.