Asirón y la violencia que nunca condena
Vestirán el muñeco como quieran. Ya están los aberchándales oficiales explicándonos que no se sabe qué ha pasado, que hay que esperar, que prudencia, que tal y que cual. Pero siempre, por lo que sea, acaba siendo la misma historia.
Un lado recibe la violencia. En este caso, Enrique Maya, al que ayer martes le metieron una hostia en la Estafeta. Y los del otro, como el alikate, mucho te quiero, perrico, pero pan poquico. Mucha cercanía. Mucha solidaridad. Mucha convivencia. Mucha monserga. Pero de condenar la violencia, no se le vayan a echar encima los de su lado, ni rastro.
Porque los de su lado llevan cincuenta años campando por las calles a sus anchas. Y eso, en Pamplona, lo sabe cualquiera que no haya nacido ayer ni cobre de las cloacas del PSOE para tratar de convencernos de lo contrario.
Eso en el mejor de los casos.
Porque en el peor, lo que ocurre es bastante más desagradable: que a Asirón la violencia política contra el adversario político no le incomoda tanto. Si no, de qué ibas a estar en el partido en el que estás. Y de qué ibas a actuar como actúas. O, mejor dicho, a no actuar cuando no te conviene actuar ideológicamente.
No actuó cuando unos trabajadores fueron agredidos en sus puestos de trabajo, a cien metros de su despacho de alikate. A unos, por llamarse su confitería Sabores de España. A otros, porque ponían cafés.
A todo esto: ¿cuál era exactamente la justificación oficial para que los aberchándales reventaran los cristales de esa cafetería?
Ni idea.
Supongo que servir cafés también será fascismo si el café no es con ka de kriminal.
A lo que vamos. Asirón, que sobre todo es mala persona, jamás se ha solidarizado con esos trabajadores. Podía haber ido andando a echarse un café con ellos y comprar unas garrapiñadas. Jamás ha tenido una palabra para quienes reciben la violencia cuando quienes la ejercen pertenecen a su ecosistema ideológico.
Tampoco ha tenido nunca grandes problemas para mirar hacia otro lado cuando la oposición es insultada, acosada o agredida en la calle durante la procesión de San Fermín. Él sube como un dios, feliz, aclamado por los mismos que escupen, insultan y agreden a los miembros del Ayuntamiento que no son aberchándales.
Asirón, cuando ha podido elegir entre ponerse al lado del agredido político o al lado del agresor político, siempre ha elegido lo mismo: ponerse de perfil con el agredido y de frente con los suyos.
A veces, incluso contratándolos. El Ayuntamiento ha premiado durante años con dinero público a gente que convierte el señalamiento político en parte de su numerito.
Recuerden:
“Una bofetada (a Yolanda Barcina) que te espabilara tu borrachera de pija fulana, te sacara del tiesto, mujer florero, del capital, la puta más cara…”.
¡Contratada!
Este año les ha tocado el premio de la contratación con dinero público por parte de Asirón a otros notas, que no sé ni cómo se llaman, porque les da por insultar al partido más votado en Navarra y en Pamplona, es decir, por insultar a una mayoría de ciudadanos que optan por ese partido en realidad. ¿De qué convivencia habla Asirón en su tuit, si él es el primero que premia a quien quiere dinamitarla?
En Pamplona y en Navarra hay una izquierda y unos aberchándales —valga la redundancia— que llevan décadas señalando al adversario político, calentando la calle, llamando fascista a cualquiera que no les baile el aurresku ideológico y después poniendo cara de miss América sorprendida, mecachis, cuando alguien pasa de la palabra al golpe.
No falla. Primero crean el clima. Luego llega la hostia.
Después aparece la solidaridad. Uy, pero solo humana, ojo. Con la persona. A título personal. Como si le hubieran dado una hostia a Enrique Maya por llamarse Enrique Maya y no por haber sido alcalde de UPN.
Mucha cercanía. Mucha solidaridad. Mucha convivencia. Pero condenar la violencia, lo que se dice condenarla, con sujeto, verbo y predicado, eso ni de coña. Y eso es todo.