La barricada socialista de Coronalzórriz

“Otra vez la sensación pegajosa de que en Navarra llevamos años viendo siempre las mismas fotos: amigos, socios, constructores, asesores, parejas, excargos, empresas públicas”

Hace un año, Coronalzórriz dimitía. No sabemos exactamente de qué, porque ahí sigue, agazapado en su escaño del PSOE en el Parlamento de Navarra, pero dimitió. Le echó el candado a la cuenta de Tuiter —aquella cuya foto de portada era un abrazo con Santos Cerdán— y pasó a modo invernación; en euskera, hibernación. En politiqués: me hago transparente tras mi rancia barricada para seguir cobrando el sueldazo, a ver si escampa, porque, como dice el gran Chapu Apaolaza, por muy mal que se pongan las cosas, por muy oscura que se nos eche encima la noche, al final siempre amanece.

Lo que pasa es que esto es Pamplona y aquí los amaneceres suelen ser mañanas negras de años muertos. Suenan sirenas en la ciudad… ¿Quieres joderme? ¿Vas a joderme? ¿Quieres joderme? ¿Vas a por mí? Eso debió de pensar nuestro héroe socialista cuando, como ese columpio asesino que se lleva por delante a los críos despistados en los parques, el juzgado decidió admitir a trámite la querella por presuntos delitos de cohecho y tráfico de influencias relacionada con las obras de Sendaviva y la reforma de su vivienda, ejecutada, según la investigación, mecachis, por la misma constructora.

El caso tiene algo profundamente evocador, esa mezcla de cemento, amistad, adjudicación y juergas. Cuatro contratos sospechosamente troceados por importes milimétricamente inferiores al límite legal. Una constructora. Un parque público. Una reforma privada. Y alrededor de todo eso, siempre oliendo a capullos... de rosa.

A veces Txibite se gira y le tiende la mano. Un cordón umbilical consciente. Una caricatura del fresco —y la fresca— de la creación de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina: yo te protejo, Coronalzórriz, yo te doy la vida, y tú no metas ruido. No como antes, cuando metía un estruendo atronador y tan sospechoso como el contenedor de escombros que, supuestamente, habrían colocado —o quizá no; quizá lo sacaron todo en sacos, como esos en los que se transportan los billetes entre el furgón blindado y los bancos— durante la reforma de su casa en una calle que no conozco por la zona de San Juan, yo me temo que estoy borracho, ella sabe a lo que va. Oigo ruido en la puerta, sobresalto y a correr. Vaya susto que nos dio. Yo me tuve que esconder. Qué sorpresa me llevé cuando vi la que monté… ¡Todos mirando! Sobre todo, el Juzgado de Instrucción número 5 de Pamplona.

Ese San Juan por el que dicen que trasnochaban y montaban sus óperas Urralburu y la gente guapa del PSN de los 80. Otra vez la sensación pegajosa de que en Navarra llevamos años viendo siempre las mismas fotos: amigos, socios, constructores, asesores, parejas, excargos, empresas públicas y esa niebla espesa donde nunca pasa nada hasta que, de repente, alguien dimite sin irse. ¿Por qué dimitiste, Coronalzórriz? Dime por qué, dime por qué, dime por qué tuvo que suceder.

Voy siguiéndote. No me digas, Coronalzórriz, que no sabes con quién vas… Y eso es todo.