La derrota de los 21 grados
Odio el frío. Y ya se viene, tan azul y negro. Lo he visto a mitad de la tarde. Ha entrado silbando por la rendija de la contraventana que había dejado abierta para ventilar la galería. Es terrible. Ya se acerca el momento de pasar la caldera de modo verano a modo invierno. Hay derrotas que ya no necesitan firma. Los tiempos modernos se conforman con un botón, una palanca, una rueda con dos posiciones. Verano e invierno. Un clic, en gayumbos, delante de la caldera, y se acabó lo que se daba.
El otro día lo hablaba con Montse, que me ayuda en casa y con quien escribo a medias un montón de artículos. Yo hago poesía en mi roca, mirando al mar; ella viene a poner orden en mi vida y a contarme por dónde respira la calle. Me decía que en su casa siempre han encendido la calefacción después del Pilar. Inexorablemente. Casi con precisión matemática. Unos días antes o unos después, octubre tiene la desagradable costumbre de ganar siempre.
No comprendo a quienes prefieren el invierno porque en verano hace mucho calor. ¿Mucho calor? Piscinita, cervecita, un libro, poca ropa, las terrazas hasta las tantas. La vida suena en verano. Si el calor aprieta, uno se remoja y restablece el equilibrio. El frío, en cambio, exige una infraestructura: bufandas, gorros para la calva, mantas y edredones. El viento de la trasera de mi edificio, que hace unas semanas era un alivio, se ha vuelto una cuchilla de pescadero. El verano te invita a salir. El invierno te pregunta adónde coño vas. Yo qué sé, al infierno, que, digan lo que digan, debe de ser un lugar frío y húmedo.
Aseguran que el frío conserva. Naturalmente. Ahí están las morgues, los congeladores y los mamuts de Siberia. El frío es un depósito de cadáveres.
Llevo días retrasando el momento de encender la calefacción. Primero cerré las ventanas. Después apareció una sudadera por casa. Luego los calcetines. Qué pintas, colega. Si nos viéramos con estas trazas ridículas que gastamos por casa, el mundo quizás sería un lugar con menos ínfulas, más habitable. Uno va haciendo pequeñas concesiones hasta que termina sentado en el sofá, envuelto en una manta, creyendo, necesitando creer, que todavía habrá una última mejora del tiempo. Resiste.
Finalmente me rendí. Giré el selector de la caldera y programé el termostato a 21 grados. Veintiuno. Ni siquiera es una temperatura particularmente exigente. En agosto habría abierto las ventanas para que entrara un poco de fresco. Ahora estoy dispuesto a pagar un pastizal para impedir que entre. La misma temperatura que en verano constituye un consuelo se ha convertido en otoño en una amenaza.
Sabes que todo ha terminado, pero la calefacción no se enciende inmediatamente. Se queda esperando. La casa conserva todavía algo del calor de las semanas anteriores, como un cuerpo que sigue tibio después de quedarse vacío. El termostato vigila en silencio. Veinte coma cinco. Entonces se escucha al fondo el primer ruido de la caldera, un fogonazo, un pequeño sobresalto metálico en las tuberías, el agua que comienza a circular por los radiadores. Ya está. Ha llegado el invierno. No ha hecho falta nada extraordinario. Ha bastado medio grado.
Por la noche, mientras dormía, la calefacción volvió a arrancar. La oí entre sueños. Ese ruido metálico, tan cotidiano, que llevaba meses sin escuchar. Pensé que ya había pasado otro verano. Uno entero. Con sus días buenos, sus días desperdiciados, las cosas que hice y las que fui dejando para cuando tuviera tiempo. El verano siguiente llegará, naturalmente. Aunque a saber si esta vez nos pillará en casa.
Me levanté para comprobar el termostato. Marcaba 21 grados. La casa estaba tibia. Fuera seguía haciendo frío. Volví a la cama y me tapé hasta el cuello. La caldera siguió trabajando. Y eso es todo.