La España del PSOE: trabajar cada vez más para vivir peor y sin saber ya para qué

El portavoz del PSOE, Patxi López, ha estado de vacaciones en Japón. EUROPA PRESS
"El PSOE actual, incapaz de democratizar la prosperidad, ha decidido democratizar la renuncia. Primero te impide alcanzar las cosas. Después te enseña a sentirte moralmente superior por no tenerlas".

El otro día, buceando en el trastero familiar, encontré mis primeros esquís. Son los únicos que guardo y, pensándolo bien, los únicos que todavía tengo. De chaval fui ahorrando para comprármelos. Amontonaba monedas de cien pesetas y, cuando reunía suficientes, las cambiaba por un billete de mil; después, por uno de cinco mil, por uno de diez mil, hasta que un día pude entrar en la tienda y pagarlos. Tuve otros pares, seguramente mejores, pero a ninguno le cogí tanto cariño. Aquellos los había querido mucho antes de tenerlos.

Al verlos pensé también en cuánto hacía que no esquiaba. Pum. Se acabó. Las cosas nos las van quitando así, sin ceremonia, y uno tarda años en darse cuenta de que ya no las hace. ¿Por qué dejamos de esquiar? Yo qué sé. Quizá porque se volvió muy caro. O quizá porque todo lo demás fue encareciéndose hasta que ya no quedó dinero para esquiar. El caso es que antes hacíamos cosas que ahora tenemos que pensárnoslas mucho o directamente no pensar en ellas, porque ya ni podemos planteárnoslas. Durante unos años hasta volar pareció democratizarse. Ahora yo me doy por contento si cojo un avión al año.

Antes ahorrar era algo bonito. Cada moneda reducía la distancia entre el deseo y la realidad. Uno quería algo, trabajaba, esperaba y, finalmente, algunas veces lo conseguía. Parece poca cosa, pero sobre aquella mecánica se levantaban las vidas. La vida ofrecía una promesa bastante sencilla: trabaja, prospera, cómprate una casa, ten un coche, forma una familia, viaja y conoce mundo. La prosperidad material no era una culpa. Era una forma de libertad.

Ahora muchos trabajan únicamente para renovar el mes. El sueldo entra en la cuenta y sale inmediatamente por un enjambre de tuberías: alquiler, comida, electricidad, agua, gas, impuestos. Durante unas horas el dinero lleva tu nombre, pero nunca llega a pertenecerte. Cuando termina el mes no has construido nada. Solo has conseguido que no te corten los servicios.

Luego aparece algún jubilado que se pasó la vida laboral —desde finales de los setenta hasta mediados de los dos mil— de enlace sindical, sin pegar un palo al agua. Encima, lo prejubilaron con todos los honores en la flor de la vida. Ahora cobra la pensión máxima en catorce pagas y reprocha a los jóvenes que tengan Netflix. Como si el problema de la vivienda fueran doce euros de series. No entiende que el pacto está roto. Mientras reúnes dinero para la entrada de un piso, el piso se aleja más deprisa. Antes ahorrar era acercarse. Ahora es nadar hacia un barco que se marcha.

En los últimos cincuenta años, el PSOE ha gobernado España la mayoría del tiempo. Pedro Sánchez lleva más de ocho años en la Moncloa, el tiempo necesario para sacarse dos carreras universitarias. España no es un país que el PSOE se haya encontrado: es, en gran medida, el país que el PSOE ha hecho. No puede presentarse como el comentarista sorprendido de una realidad de la que ha sido su principal arquitecto.

Su gran hallazgo ideológico ha consistido en convertir el fracaso en doctrina. Como no ha conseguido que puedas comprarte una casa, te explica que poseer es antiguo y sospechoso. Como no puedes viajar, te cuenta que el turismo destruye las ciudades. Como no puedes permitirte un coche nuevo, te prohíbe utilizar el viejo porque contamina. No expulsan los coches de las ciudades. Expulsan los coches de los pobres.

La vieja izquierda quería que un obrero pudiera comprarse un coche, llevar a su familia a conocer el mar y disfrutar de aquello que antes pertenecía únicamente a los ricos. El PSOE actual, incapaz de democratizar la prosperidad, ha decidido democratizar la renuncia. Primero te impide alcanzar las cosas. Después te enseña a sentirte moralmente superior por no tenerlas.

A cambio nos han puesto un teléfono en la mano para que no molestemos demasiado. Facebook sustituye a los amigos; Twitter, a la influencia y a la protesta; Tinder, al amor y al sexo; Instagram, a los viajes y la buena vida. No viajas, pero ves viajar. No tienes casa, coche ni vacaciones, pero puedes contemplar durante horas las casas, los coches y las vacaciones de quienes sí los tienen.

El otro día, haciendo scroll, Instagram me enseñó a Patxi López en Osaka. Me parece estupendo que viaje. Viajar abre la cabeza y conocer mundo nos hace mejores, o eso decía la izquierda cuando todavía aspiraba a que pudiera hacerlo todo el mundo. Lo que toca los cojones es que el partido que convierte nuestros vuelos en culpabilidad climática exhiba después los de sus dirigentes como contenido. Tú no viajes, que destruyes el planeta. Ya va Patxi por ti y te enseña Japón.

En fin. A aquellos esquís no les tuve cariño por los esquís, sino por el camino que conducía hasta ellos. Me enseñaron que trabajar servía para alcanzar algo. El PSOE lleva décadas construyendo una España en la que cada vez más gente trabaja sin saber para qué. Quizá para pagar a quienes después te explican que vivir peor es bueno para el planeta mientras ellos te enseñan Japón por Instagram. Y eso es todo.