La fantasía aberchándal que no termina nunca

Los niños buscan el andén 9¾ en King’s Cross como los aberchándales buscan en Pamplona un país que no ha existido nunca. Con una diferencia importante: los niños saben que lo suyo es un juego.

Estoy pasando unos días en Londres y, al ver la foto del alikate Asirón con Otegi en el Aburre Eguna —dos yayos veteranos de la kale borroka en modo buscando pensión—, he pensado que al final da igual dónde vayas: el ser humano funciona con los mismos esquemas.

Aquí, en Londres, la fiebre no es Euskal Herria: es Harry Potter.

Harry Potter es una fantasía noble. Limpia. Alegre. Una fantasía que no molesta a nadie, que no exige nada y que, sobre todo, no pretende ser real. Los críos se ponen su capa de Hogwarts, se compran una varita de plástico, buscan el andén 9¾ en la estación de King’s Cross y, cuando se cansan, se van a merendar unas cookies con chocolate.

Fin de la historia. Nadie sale herido. Como mucho, la cartera del progenitor A y del progenitor B, que pagan.

Lo otro —la Euskal Herria aberchándal— es una fantasía bastante más rancia. Amargada. Con olor a pancarta plástica y rotulador de punta gorda, a tiranía y a violencia. Una fantasía que no se reconoce como tal y que, por eso mismo, necesita tomarse muy en serio.

En Londres los niños se disfrazan y juegan. En Irroña los adultos se uniforman y pontifican.

Aquí hay sudaderas de Hogwarts, varitas y escobas. Allí: Quechua, aro en la oreja, riñonera en el muslo, servilleta a cuadros al cuello y camiseta negra reivindicativa made in China. Mono de trabajo oficial del abertzalismo.

Londres es una peregrinación de niños buscando magia. Irroña es una romería de adultos buscando tener razón.

Los niños buscan el andén 9¾ en King’s Cross como los aberchándales buscan en Pamplona un país que no ha existido nunca. Con una diferencia importante: los niños saben que lo suyo es un juego.

Los aberchándales no. Su fantasía no es inocente: ha servido para perpetrar cientos de asesinatos, robar millones con el impuesto revolucionario y ha dejado miles de heridos y mutilados reales.

Harry Potter necesita a Voldemort para que haya historia. La fantasía aberchándal necesita a España para no quedarse sin discurso. Si un día desaparece el enemigo, ¿de qué van a vivir?

Los niños vuelven a casa con una varita de plástico y una sonrisa. Los otros, con una ikurriña, muchas pegatinas y una indignación cuidadosamente mantenida.

Mientras la tropilla etarrilla se lleva la fantasía puesta, los que la organizan se la quitan al llegar a casa. Porque, mientras unos vuelven con su ikurriña, los otros se van a su chalé en las afueras de Pamplona, a disfrutar de su sueldo público y de una realidad bastante más capitalista de lo que predican.

Aquí puedes dejar la varita en casa. Allí no es tan fácil dejar la bandera sin que te miren raro en el bar. Kepa ya no cuelga la bandera de los presos en el balcón, se habrá hecho facha. Vamos a hablar con Kepa para que recapacite y la vuelva a colgar.

La fantasía de Harry Potter deja fotos, recuerdos y niños felices.
La otra dejó muertos, heridos y décadas de convivencia destrozada.

Hogwarts tiene final. Creces, guardas la escoba voladora y ya está.

La fantasía aberchándal no puede permitirse terminar nunca, porque el día que termina se queda en lo que es: un grupo de mamarrachos vestidos igual, gritando consignas que ya no interesan a nadie, mientras los que les pastorean se forran a billetes. Y eso es todo.