Ferraz, el Rancho Waco del PSOE

“Durante años repartieron certificados de superioridad moral. Ellos eran ‘el lado correcto de la historia’. Los buenos. Los éticos. Los sensibles. Los comprometidos.”

No me lo creo.

Esa es la reacción que más he leído entre simpatizantes socialistas. Y simpatizantas, claro. También miembros y miembras, ojo, incluidos periodistas y periodistos, que de esos el PSOE tiene a mansalva en nómina.

No me lo creo, repetían cuando conocimos la imputación de Zapatero. No ante un rumor de barra de bar ni ante una filtración sesgada, sino ante un auto judicial que, más que un auto, parece un Fórmula 1 por la contundencia con la que acelera.

Informes de la UDEF, solicitudes de cooperación internacional procedentes de Suiza y Francia, movimientos financieros, sociedades instrumentales, contratos simulados, facturas sospechosas, operaciones con petróleo, oro y divisas, una sociedad offshore en Dubái, intermediarios, presuntos testaferros, comunicaciones intervenidas, registros policiales, el rescate público de 53 millones a Plus Ultra y un auto judicial que sitúa a Zapatero en el “vértice” de una estructura estable y jerarquizada de tráfico de influencias.

Y, con todo eso encima de la mesa, la reacción automática de una parte muy significativa del socialismo español ha sido exactamente la misma: no creer.

El juez habla de presunta organización criminal, blanqueo de capitales, tráfico de influencias, corrupción internacional y falsedad documental. Una retahíla de delitos que mete miedo al miedo. Y, frente a eso, una parte muy significativa del PSOE no responde políticamente ni jurídicamente. Responde emocionalmente. Tribalmente. Como una secta.

No me lo creo.

Oiga, que nieva. Saque la mano por la ventana. Eso que le cae en la palma y tiñe de blanco el suelo, los coches y el mobiliario urbano se llama copo. Una acumulación de copos se llama nevada.

No me lo creo.

Oiga, que el hombre llegó a la Luna. Mire, allí están los cachivaches que fueron dejando en cada misión Apolo.

No me lo creo.

Oiga, que la Tierra es redonda.

No me lo creo.

Bunkerizados en la conspiración como terraplanistas. Ese es el socialismo del “siempre saludaba”.

“Yo lo conozco y siempre saludaba”.

Esa frase resume hoy mejor al socialismo español que cualquier declaración institucional de Sánchez. El “siempre saludaba” y el “menuda inventada” como doctrina política. Txibite ya lo usó con Santos Cerdán en una patética y lacrimosa rueda de prensa. No como argumento, sino como mecanismo de defensa colectivo. Como exorcismo contra la realidad. Zapatero es bueno. Santos Cerdán, también. Los malos son todos los demás.

Lo del PSOE empieza a parecerse menos a un partido político y más a una secta. Los davidianos esperaban el Apocalipsis en Texas; los zapaterinos esperan el milagro en Ferraz. Cambia el decorado. No cambia la secta.

Da igual la gravedad de lo descrito. Da igual la dimensión internacional. Da igual el volumen del auto. Siempre aparece alguien diciendo que le parece rarísimo porque el acusado sonreía, era educado y ponía cejitas.

Algunos, eso sí, han empezado a caerse del caballo. Han terminado aceptando aquella frase de Corazón tan blanco, de Javier Marías: “No he querido saber, pero he sabido”. Tanto humo solo puede significar que algo se está incendiando.

Durante años repartieron certificados de superioridad moral. Ellos eran “el lado correcto de la historia”. Los buenos. Los éticos. Los sensibles. Los comprometidos. La derecha podía corromperse; ellos no. Los demás podían tener tramas; ellos tenían causas. Los demás podían tener redes clientelares; ellos tenían políticas públicas. Los demás podían tener corrupción; ellos tenían compañeros que siempre saludaban.

Como quien espera que lleguen los marcianos socialistas a explicar que todo es una conspiración de la derecha, siguen negando la evidencia que se acumula sobre la mesa. El auto no dibuja a Zapatero como el líder moral que vendieron, sino como el vértice de algo mucho más siniestro. Y eso es todo.