La lección de Mikel Oyarzabal
Hay quien se queja amargamente de que los datos ya no funcionan. Yo creo que el problema es otro.
Los datos funcionan perfectamente. Lo que ocurre es que, diciendo la verdad, a veces engañan.
El primer partido del Mundial dejó una estadística que recorrió el planeta fútbol. Mikel Oyarzabal pasó los primeros treinta minutos sin tocar un solo balón. Ni uno. Desde 1966, que es cuando se empezaron a contar estas cosas, nunca había pasado algo así en la historia de los Mundiales.
La estadística estaba en todas partes. Los comentaristas la repetían con sorpresa y crueldad. En cuestión de minutos, Oyarzabal pasó de ser el delantero de la Real Sociedad y de la selección española que ha marcado en las seis finales que ha jugado en su vida a convertirse en un simple dato.
Y, sin embargo, el relato también era verdad. Quizá incluso más verdad que el dato.
Final de Copa del Rey con la Real Sociedad. Gol.
Final olímpica con España. Gol.
Final de la Nations League con España. Gol.
Otra final de la Nations League con España. Gol.
Final de la Eurocopa con España. Gol.
Final de Copa del Rey hace apenas unas semanas con la Real Sociedad. Gol.
Se supone que el dato mata al relato. Eso se escucha mucho últimamente. Como si fuera una ley física.
Pues depende.
Si el relato es falso, sí. Pero si el relato es verdadero y el dato es engañoso, ocurre exactamente lo contrario: el relato mata al dato.
Porque el dato de los treinta minutos era verdad. Pero el relato de Oyarzabal tenía más verdad.
Seis días después, en el siguiente partido, Oyarzabal firmó dos goles y una asistencia en menos de media hora. Nadie desde 1966 había logrado algo semejante. De nuevo, las estadísticas lo convirtieron en protagonista.
Desde hace tiempo asisto atónito a la vida, como un espectador al que le pasan acontecimientos por todos lados y le dejan perplejo. Conclusiones definitivas a partir de fotografías provisionales. Fotografías cada vez más inconexas, pero tantas y tan frenéticas que parecen la realidad.
Eso es el signo de nuestros tiempos.
La vida siempre ha sido una noria. Ahora esa noria gira a tal velocidad que, además de noria, parece una montaña rusa desbocada sin raíles.
Lo mejor es quedarse quieto y no perseguirla. Si la persigues, corres el riesgo de quedarte siempre desenfocado y a rebufo.
Hijo, quédate quieto y ve todo pasar. A veces serás un pionero. A veces, un fósil. A veces volverás a estar de moda. Y vuelta a empezar.
No hay como quedarse quieto y ver cómo todo alrededor cambia y vuelve a cambiar.
Bartleby hizo de la quietud una forma de resistencia. Su respuesta era siempre la misma: «Preferiría no hacerlo». Quizá exageraba. Pero algo de sabiduría había en aquella negativa tranquila a correr detrás de cada moda y cada certeza instantánea.
Porque lo que giraba era el mundo.
Quizá por eso me gusta tanto Oyarzabal.
Porque mientras todos giran frenéticos a su alrededor, él sigue exactamente donde siempre ha estado.
En una semana consiguió un récord humillante y otro glorioso. El mismo futbolista. Lo único que cambió fue el lugar de la noria desde el que lo observaban.
Lo difícil no es pasar media hora sin tocar un balón. Tampoco es marcar dos goles y regalar una asistencia.
Lo difícil es recordar, en ambos casos, que sigues siendo exactamente la misma persona. Y eso es todo.