Yo de mayor quiero ser Mena

"No estamos hablando de una ocurrencia ultramegafascista, sino de una posibilidad prevista por el propio Estado en sus leyes"

Esto del fenómeno Mena no lo he entendido nunca muy bien. Chavales que llegan a España sin que nadie explique demasiado cómo, supuestamente menores de 18 años, aunque luego muchas veces superan esa edad cuando se les hacen peritajes, como saltó hace poco en el País Vasco. La mayoría proceden de Marruecos, país que algunos presentan como el tercer mundo más terrorífico, pero con el que vamos a organizar un Mundial de fútbol en 2030.

Y a esos chavales, por lo visto, no se les puede devolver a sus familias, aunque muchas veces mantienen contacto con ellas, incluso con sus padres.

O eso nos dicen. Porque la propia normativa estatal contempla el retorno al país de origen, con su familia o con los servicios de protección de menores de su país. Es decir: no estamos hablando de una ocurrencia ultramegafascista, sino de una posibilidad prevista por el propio Estado en sus leyes.

Todo resulta bastante ilógico.

Si mañana nos enteráramos de que hay un menor navarro en un centro de Suiza, por decir un país más rico que el nuestro, ¿no trataríamos por todos los medios de que regresara a Pamplona, donde tiene sus raíces culturales y sociales, donde están sus familiares? Entonces, ¿qué hacemos reteniendo aquí a cientos de chavales en vez de devolverlos a Marruecos, que es su cultura y donde están sus familias?

Marruecos tendrá problemas, como los tenemos nosotros, pero no es el tercer mundo. En todos los vídeos que circularon por redes durante las celebraciones de la Copa de África que la FIFA les regaló hace poco, lo que llamaba la atención era la calidad de los coches que se veían por sus ciudades. Ese parque automovilístico no es el de un país incapaz de hacerse cargo de los menores que tenemos en España.

¿A qué viene, entonces, esa obsesión de las instituciones —entre ellas la que preside Txibite— por retener menores? A los últimos, en Navarra, les han alojado en Gorráiz: chalet con piscina, jardín privado, móviles, portátiles, tabletas y consolas de videojuegos gratis.

No hablamos de una emergencia provisional ni de cuatro chavales atendidos deprisa y corriendo mientras se decide qué hacer con ellos. Hablamos de un sistema estable, creciente y carísimo. En Navarra, el presupuesto destinado a este ámbito ha pasado de unos 24 millones en 2019 a más de 50 millones en 2025. Más del doble.

Y aquí Txibite no parece tener ningún problema con los conciertos. Qué curioso. Los conciertos son intolerables cuando los eligen las familias que pagan impuestos para educar a sus hijos, pero se vuelven estupendos cuando sirven para externalizar a entidades privadas una red de acogida financiada con dinero público. En educación son privilegio; en esto, sensibilidad social. Tócate el ciruelo, Mariloli.

No hace falta conocer el nombre de cada entidad que participa en el circuito. Basta entender el mecanismo: la izquierda política crea una emergencia permanente, la Administración la convierte en presupuesto, las entidades concertadas la gestionan, el contribuyente paga y cualquiera que pregunte por el retorno familiar queda señalado como mala persona.

No lo llaman negocio porque han aprendido a llamarlo derechos, que es más cuqui.

Y eso es todo.