El partido de Asirón bendice la corrupción del PSOE en Navarra
Nos miran con lupa. A los ciudadanos normales, inofensivos, a los que trabajamos, pagamos impuestos y procuramos cumplir la ley, nos ponen bajo el microscopio para encontrarnos la mínima infracción y calzarnos un multazo.
El partido de ETA acaba de instalar cámaras en Pamplona para cazar conductores que circulen sin cinturón. El PSOE de Txibite ha inaugurado otro radar, este de 30 kilómetros de tramo en la AP-68 entre Cortes y Tudela, para detectar a quien vaya a 140 kilómetros por hora en lugar de a 120. La vigilancia es cada vez más agobiante. Más cámaras. Más controles. Más sanciones. Más ojos observando de forma demencial al ciudadano. No te muevas ni un milímetro: lo sabemos todo de ti. En tiempo real.
Para los gobernantes no hay radares. Si el PSOE y el partido de ETA se aplicaran a sí mismos los mismos estándares de conducta impecable que exigen a los demás, si se escrutaran con la misma obsesión con la que escrutan al ciudadano honrado, ninguno de los dos partidos podría seguir gobernando en Navarra.
Mientras a ti te exigen justificar hasta el último euro y pagar impuestos por cualquier ingreso, hasta por el dinero que recibes como regalo en una boda —no sé a cuánto estará hoy la entrada a esos saraos; yo ya no voy a bodas: ¿doscientos euros?, ¿trescientos?—, hay dirigentes, como ZetaPé, incapaces de explicar joyas por valor de un millón y medio de euros guardadas en cajas fuertes. Para ellos nunca hay radar de tramo. Nunca hay cámara. Nunca hay sanción automática. Nunca hay tolerancia cero.
¿Y que por qué nunca pasa nada? Sencillo. El alikate Asirón ocupa hoy su trono de Irroña gracias a una moción de censura apoyada por el PSOE. Txibite preside la Comunidad Foral gracias a unos presupuestos que el partido de ETA le aprueba año tras año. La simbiosis entre ambos socios es total. Unos sostienen a los otros y los otros sostienen a los unos.
El aberchandalato montado por Sánchez y Otegi está construido precisamente para que nadie rompa nada. Las consecuencias políticas que deberían producirse en cualquier democracia normal chocan contra una red de intereses compartidos demasiado valiosa para quienes viven del tinglado.
Esto no lo digo yo, lo dice el jefe de Asirón, Otegi, quien ha explicado por qué el partido de ETA no está dispuesto a dejar caer a Pedro Sánchez. Habla de una “ventana de oportunidad”. Qué curiosa y cursi expresión. Qué cursis son siempre los etarrillas. Es decir, que para el partido de ETA la cuestión ya no es si el Gobierno está limpio o sucio. La cuestión es si sigue siendo útil para su propio negocio.
Cuando Otegi habla de una “ventana de oportunidad” está reconociendo algo muy sencillo: que para el partido de ETA la corrupción deja de ser un problema mientras el socio siga firmando concesiones. El dinero presuntamente robado por unos y la impunidad otorgada por otros no son fenómenos independientes. Son piezas de la misma maquinaria corrupta. Unos necesitan seguir en el poder para sobrevivir políticamente. Los otros necesitan que sigan en el poder para seguir corrompiendo la democracia.
Pero esto no sorprenderá a nadie, ¿no? Estamos hablando de un mundo político que durante décadas fue capaz de convivir con los asesinatos de ETA, justificarlos, minimizarlos o mirar hacia otro lado cuando las víctimas caían en las aceras. Quien fue capaz de relativizar algo tan salvaje como matar a un ser humano difícilmente va a escandalizarse ahora porque aparezcan joyas sin declarar, mordidas o casos de corrupción.
La corrupción no es solo el robo. También es el sistema de intereses que permite que el robo deje de tener consecuencias. Y así es como se mueren las democracias, amiguitos, y llegan las tiranías. No hay más. Y eso es todo.