Que le den por saco a Barricada
Busquen su Burguete. Todos merecemos un lugar donde el único ruido sea el del agua, donde el tiempo vuelva a caminar despacio y donde uno recuerde que todavía quedan otros cuatro días de San Fermín.
Hay un momento en la vida de todo hombre sanferminero, y de toda mujer, claro —que en este gin-tonic viajamos todos—, en el que uno descubre por fin en qué consiste la felicidad.
Llega el 10 de julio. Llevas cuatro días de San Fermín encima y, si hoy desapareces —no puedo más, me rindo—, todavía te quedan otros cuatro por delante. Entonces comprendes que la felicidad consiste en hacer exactamente lo que hacen los protagonistas de Fiesta, la de Hemingway, no la de cada uno: subir a Burguete y desaparecer unas horas entre los bosques del Pirineo navarro para ir a pescar truchas.
No hace falta saber pescar. Piedad, antitaurinos, piedad. Tomaos también un descanso. Es solo una metáfora de que, durante unas horas, ningún amigo va a aparecer con otro cacharro para dártelo en las inmediaciones de la barra del Kabiya.
Hagan ustedes las cuentas. Ya han sobrevivido al 6, al 7, al 8 y al 9. Si hoy descansan, todavía les quedarán el 11, el 12, el 13 y el 14 para seguir haciendo méritos delante del hepatólogo. El reparto es perfecto: cuatro días de batalla, uno de tregua y otros cuatro para rematar la campaña.
Que le den por saco a Barricada. ¿Que no hay tregua? Pues claro que la hay. Y bendita sea. Hay una armonía casi renacentista en esa distribución. La belleza, al fin y al cabo, siempre está en la simetría. Y en el interior. Bellos no seremos, pero, a estas alturas de San Fermín, al menos estamos ya por dentro desinfectados.
Ahora mismo, el hígado se parece mucho más a un pobre autónomo español que a un órgano humano. Lleva cuatro días enlazando jornadas interminables, sin vacaciones, sin derecho a baja y con la desagradable impresión de que trabaja únicamente para pagar impuestos al Estado, que es la Parca. Hasta el hígado merece vivir un rato como un funcionario.
También convendría tranquilizar un poco a los profetas del fin del mundo. Hay quien habla del calor de estos Sanfermines como si el sol hubiera decidido visitar Pamplona este julio por primera vez en la historia.
Sin embargo, basta abrir Fiesta para ver que, hace un siglo, Hemingway ya retrataba una Pamplona abrasada por el sol. «La plaza era un horno», podéis leer en el capítulo XI.
Parece que el verano existía bastante antes de que inventáramos las redes sociales y las asociaciones ecologistas subvencionadas con dinero público para vivir quejándose de él.
Busquen su Burguete. Todos merecemos un lugar donde el único ruido sea el del agua, donde el tiempo vuelva a caminar despacio y donde uno recuerde que todavía quedan otros cuatro días de San Fermín. Porque las truchas, en el fondo, nunca fueron lo importante. En San Fermín, como en la vida, lo importante son las merluzas, que no los merluzos. Los merluzos son los aberchándales. Y eso es todo.