Que la selección española nos siga llenando de felicidad
Este año, la tristeza del fin de los Sanfermines la compensa la felicidad de ver a España clasificarse para la final del Mundial. Felicidad para todos menos para los aberchándales, claro.
Mientras Tudela llenaba la Plaza de los Fueros de banderas españolas para animar a la selección, los aberchándales sacaban en procesión una enorme ikurriña por Irroña. Detrás llevaban otra de esas ikurriñas con cadenas que se han inventado porque la bandera de Navarra les produce alergia.
No es una guerra de banderas. Es una guerra por Navarra.
Expliquemos esto para los adultos.
El reino de Navarra era una anomalía histórica que no podía durar. Es lo que hay. El mundo es así. No lo inventé yo.
Su población hacía la vida hacia —llámalo Castilla, llámalo Aragón, llámalo España—, mientras sus dinastías de reyes llevaban tres siglos haciéndola hacia Francia. Tarde o temprano, aquello tenía que petar. Navarra acabaría integrada en uno de los dos grandes espacios políticos que la rodeaban.
Esto lo vio venir Castilla. No podía permitirse una cuña francesa a este lado de los Pirineos. Afortunadamente, caímos del lado castellano, manteniendo nuestra condición de reino. Esa decisión es la que nos ha permitido llegar hasta 2026 conservando una singularidad institucional que muy pocos territorios pueden exhibir.
Ahí siguen nuestro régimen foral, nuestro Parlamento con sus leyes y nuestro autogobierno, ahora venido a menos con Txibite supeditada al Gobierno vasco por las necesidades de su jefe, Sánchez.
Si llegamos a caer del lado de la centralista y jacobina Francia, Navarra hoy no existiría ni como recuerdo.
Navarra vuelve a estar en una encrucijada similar y los aberchándales lo saben. Si no consiguen echarle la garra pronto, el sentimiento español seguirá creciendo y volverán a perderla durante generaciones. Por eso andan rabiosos. La gente les está perdiendo el miedo y ya no controlan el espacio público como antes.
En la plaza de toros se vio claramente la división.
A un lado, las ikurriñas.
Al otro, las banderas constitucionales de España. Todas con su escudo. Un escudo donde Navarra ocupa un lugar de privilegio junto a Castilla, León y Aragón. Ahí está nuestro viejo reino, reconocido como una de las piezas clave que forman España por encima de muchos otros territorios españoles.
¿Quién quiere realmente diluir Navarra?
España garantiza la existencia de una comunidad política diferenciada llamada Navarra, con instituciones propias y capacidad de decidir sobre sí misma.
Los aberchándales ofrecen exactamente lo contrario. Su proyecto consiste en que Navarra deje de ser el sujeto político para convertirse en una provincia más dentro de un espacio dirigido desde el otro lado de la muga del reino.
En Tudela esto lo entienden perfectamente.
Por eso, a la mínima oportunidad, llenan las calles de banderas de España. No porque quieran dejar de ser navarros, sino precisamente porque entienden que sentirse españoles es la garantía de que Navarra seguirá siendo Navarra, con sus instituciones, su Parlamento, su Gobierno y no una provincia vasca más, perdiendo su capacidad legislativa y su autogobierno en favor de un Parlamento aberchándal y de una élite política y económica vasca que convertiría a Navarra en un pelele en manos de gente que ni la entiende ni la respeta.
Hablan continuamente de la hermandad entre territorios, pero ni siquiera son capaces hoy de plantearse que Navarra recupere una salida al mar a través de la cesión de ocho kilómetros de Guipúzcoa. Eso demuestra perfectamente quién mandaría en ese proyecto aberchándal. Navarra nunca sería un socio de igual a igual; sería el territorio que tendría que adaptarse siempre a los intereses de ellos.
¿Qué saben Pradales u Otegi de Navarra? Nada. Navarra para ellos solo es una masa de terreno que engorda su milonga, porque las tres provincias vascas por sí solas son más pequeñas que un futbolín.
Para los aberchándales solo somos una pieza necesaria para completar el mapa. Una parte más de la camiseta del Athletic de Bilbao. No nos quieren para nada más.
Les da tanto asco la Navarra real que se han inventado hasta un insulto con su raíz: navarreros. En fin.
La mejor forma de conservar la singularidad de Navarra es seguir formando parte de España. Es lo que hay. No lo inventé yo. El mundo es así. Que viva Navarra y, por lo tanto, que viva España. Y que la selección española gane el Mundial y nos siga llenando de felicidad. Y eso es todo.