San Fermín empieza en Pamplona cuando termina el chupinazo abertzale
Deberíamos estar hablando del chupinazo, pero la euskomurga lo contamina todo.
Estará contento el alikate del partido de ETA. Ahora que nos sintonizan personas de medio mundo, Pamplona tiene un alcalde que no llegó al Ayuntamiento por los votos de la gente, sino por un pacto de Cerdán para repartirse el pastel del poder y del dinero entre el PSOE y los aberchándales: tú al Ayuntamiento, Txibite a la Diputación, y todos reunidos, tubos incluidos, a Servinabar.
Llevan años tratando de secuestrar la fiesta, de meterla en su zulo y jugar con ella, como Otegi, a la ruleta rusa. Cada vez de una forma más patética, con una infraestructura cutre y peligrosa: sirgas de lado a lado de la plaza, sobre las cabezas de la gente, de las que cuelgan, indisolublemente unidas, la ikurriña y la bandera de los asesinos aberchándales. El pack completo: la sangre inocente derramada por los terroristas aberchándales y, sobre ella, la ikurriña ondeando, que para eso asesinaron niños, para que ondee.
Porque, al final, para ellos los Sanfermines solo sirven para eso: para colocar encima de la fiesta su propaganda ideológica, sus asesinos aberchándales y tratar de hacer creer al mundo que todos los que llenan la plaza lo hacen por ellos, por su causa y por su fantasmagórico proyecto político y social.
Por cierto. Todo este montaje, todos esos plásticos, se meten en la Plaza del Ayuntamiento con la complicidad de quienes gobiernan: no puedes meter un bote de colorante alimenticio, que me parece estupendo, porque la policía te lo requisa, pero puedes meter metros y metros de pancartas plásticas con las que sepultar y enguarrar de forma peligrosa a la gente bajo ellas.
Luego, para rematarlo, aparece la gafas que lanza el chupinazo. Se supone que representa a la sanidad navarra, pero, en lugar de sacar una camiseta apoyando a los médicos del Servicio Navarro de Salud en huelga o denunciando las listas de espera de la sanidad que gestiona el aberchandalato, para no molestar a sus jefes, prefiere exhibir la bandera de una guerra situada a tres mil kilómetros de Pamplona, sobre la que no tenemos influencia alguna y cuya resolución no depende de nosotros. Madre mía, el aberchandalato. Qué manicomio.
En fin. Los aberchándales se cargaron el Riau-Riau y ahora hacen todo lo posible por convertir también el chupinazo en un acto de fanatismo aberchándal. Afortunadamente, la fiesta es tan grande que acaba diluyéndolos, como un hielo de odio en mitad de un mar cálido de alegría.
De pronto surge esa mandorla mística de gaiteros en mitad de la Plaza del Ayuntamiento, ya desnuda de simbología euskonazi, vestida únicamente de blanco y rojo. Suena la música y la gente baila. Si no tienes un duro no te hace caso nadie…
Y ahí empieza, por fin, lo verdaderamente importante: algo de belleza, algo sano, el comienzo popular, humano, libre y jaranero de los Sanfermines. Qué maravilla contemplar una Plaza del Ayuntamiento bailando y disfrutando, indiferente a los aberchándales que pretenden manosear una fiesta que desprecian.
Viva San Fermín y viva Pamplona. Esa Pamplona.
Que tengáis unas felices fiestas. Y eso es todo.