Navarra con Chivite: del orgullo al parche constante

La decadencia es una aburrida gota de un grifo mal cerrado que no deja de erosionar, casi en silencio, sin darnos cuenta. O dándonos cuenta, pero pensando: es solo una gota, qué más da, tampoco es tan grave.

Nada se derrumba de un día para otro. A los procesos históricos no se les echa el cierre como a una temporada de fútbol: hasta aquí llegó la riada; uno campeón, otro a Europa, otro a Segunda.

Ahí está el Coliseo en Roma para demostrártelo —por no hablar de las pirámides, que nos pillan un poco más lejos—, que no se ha venido abajo ni después de dos mil años en pie, los últimos mil quinientos sin la función para la que fue diseñado. Ni siquiera haciendo de cantera, arañándole piedras y mármoles para nuevas construcciones, hemos conseguido que desaparezca.

Aunque los historiadores necesitamos encasillar las cosas para su estudio —en algún punto hay que poner el límite—, siempre te advierten en la carrera: cuidado, no te acuestas un día siendo Leonardo da Vinci y te levantas al siguiente transformado en Luis XIV con un pelucón barroco. Entre la muerte de Miguel Ángel y el nacimiento de Caravaggio hay solo siete años, y su obra no puede ser más distinta: la de la Capilla Sixtina representa un ideal renacentista —figuras divinas, heroicas y musculosas—, mientras que Caravaggio retrataba a santos y vírgenes con un realismo crudo, tomando como modelos a mendigos y prostitutas.

Es decir, la decadencia de una sociedad rara vez llega como un meteorito, de golpe, destruyéndolo todo. La decadencia es una aburrida gota de un grifo mal cerrado que no deja de erosionar, casi en silencio, sin darnos cuenta. O dándonos cuenta, pero pensando: es solo una gota, qué más da, tampoco es tan grave.

“¿Cuándo se nos jodió el Perú?”, que decía Zavalita —Mario Vargas Llosa, en Conversación en La Catedral—. De construir no hemos dejado: se revuelve el PSN de Servinabar, el de los sobrecostes de los túneles de Velate, para convencerte de que vamos mejor que nunca. Pero la realidad es que, allí donde miras, los derrumbes se multiplican.

¿En qué momento se nos fue a la mierda Navarra? Cuando dejamos de mantener lo que ya estaba construido. Mantener tiene menos glamour: no hay foto de inauguración y hay menos margen para el saqueo, porque mantener bien implica invertir de forma constante, pero menos cantidades, no concentrar todo el gasto en un gran obrón aislado como Velate, donde puedes meter cuchara sin que se note tanto.

Si no basta con las visitas a los centros sanitarios para comprobar cómo se ha deteriorado un Servicio Navarro de Salud que no hace tanto era la envidia de España, fíjense en algo más prosaico. Este verano, cuando vayan de Pamplona a San Sebastián, miren el asfalto de la autovía. Hasta que llegó el aberchandalato al poder —hace ya casi una década— daba gusto circular por ella, incluso en días de diluvio, cuando el firme drenaba el agua con eficacia casi perfecta. Hoy es una sucesión de petachos de mal asfalto intentando ocultar una colección interminable de baches que ya no se puede disimular. Ya no se arregla nada: se parchea para salir del paso.

Y todo ello con la mayor recaudación fiscal de la historia de Navarra. Nunca había tenido un gobierno tanto dinero como el de Txibite para ofrecer unos servicios más decepcionantes para el ciudadano. Impuestos del primer mundo para ofrecer servicios, ser vicios, vicios, vicios... del tercer mundoak: vota PSOE, vota aberchándales. Y eso es todo.