Garaikoetxea: Navarra, el PNV y las nueces del árbol

El exlehendakari Carlos Garaikoetxea participa en el 30 aniversario de Eusko Alkartasuna con un acto político en Pamplona. PABLO LASAOSA
"Eran los tiempos en los que Arzalluz dijo aquello de: “ellos [ETA] mueven el árbol y nosotros recogemos las nueces”, los mismos en los que Garaikoetxea era quien mejor sabía recoger la cosecha de tanta sangre".

En Pamplona, a los 87 años de edad, ha fallecido el navarro Carlos Garaikoetxea Urriza. De familia carlista, un escolapio nacionalista le ganó para su causa y, después de permanecer varios cursos en el noviciado escolapio de Orendain y de estudiar en la Comercial de Deusto, en 1975 comenzó a militar en el PNV. Como escribió en junio de 2025 un dirigente jeltzale de la Transición, Garaikoetxea fue un «político de diseño»: «navarro, abogado economista de Deusto, euskaldun berri, expresidente de la Cámara de Comercio de Pamplona, promotor de la Ikastola de Iruña, tres hijos, deportista, bien parecido, no solo era una persona de carne y hueso, sino el modelo ideal, jamás soñado, para representar al PNV tras la dictadura de Franco».

Por eso, como sigue diciendo ese jeltzale, fue «Don Manuel de Irujo, el exministro de la República, la referencia navarra por excelencia, cuyo padre, Don Daniel, había sido el abogado defensor de Sabino Arana, quien le mandó un mensaje escueto, pero contundente. “Tenemos que construir la casa de nuevo y usted debe ser el principal albañil”». Dicho y hecho: «tras la primera asamblea celebrada en Iruña en marzo de 1977, accede a la presidencia del EBB. Fue el dedo de Arzalluz quien lo señaló y todos votamos por él», añade el jeltzale.

Dos años más tarde, en junio de 1979, aunque su partido no era ni mucho menos la fuerza mayoritaria, ocupó la presidencia del Consejo General Vasco, el órgano preautonómico. Y fue en ese verano, momento en el que se estaba debatiendo el texto del Estatuto de Autonomía Vasco, cuando impuso al resto de formaciones políticas sus tesis: «O jugamos como digo yo o rompemos la baraja». Después, acompañado del diputado Xabier Arzalluz, se trasladó a Madrid para presentar el borrador de Estatuto en el Congreso de los Diputados, que era el que debía debatirlo y aprobarlo. Y lo hicieron con la amenaza de que «aquí no se toca ni una coma».

Su ultimátum, junto con la acción de ETA, que había iniciado una «limpieza étnica» de concejales, alcaldes, diputados, dirigentes de UCD y empresarios afines al centroderecha español, a los que se pretendía «expulsar» de Euskadi, bien por las buenas o en una caja de madera y con los pies por delante, lograron el efecto pretendido. Casualmente, en ese mismo momento, el boletín interno de ETA —Zutabe n.º 15— publicó que uno de los miembros más señalados del PNV le había dicho a la banda armada: «A pesar de no estar de acuerdo con la lucha armada de ETA, criticando especialmente las acciones contra militares, llego a aceptar que en determinados momentos puede resultar políticamente rentable su utilización, sobre todo visto el rumbo que están tomando los acontecimientos en Euskadi y la cerril actitud del Gobierno centralista».

Eran los tiempos en los que Arzalluz dijo aquello de: «ellos [ETA] mueven el árbol y nosotros recogemos las nueces», los mismos en los que Garaikoetxea era quien mejor sabía recoger la cosecha de tanta sangre.

En 1979, Víctor Manuel Arbeloa escribió que el propio Garaikoetxea le había confesado «sin secreto alguno» que él había sido el autor del artículo 22.2 del Estatuto de Autonomía Vasco y que lo había hecho pensando en Navarra. Ese artículo dice así: «La Comunidad Autónoma [Vasca] podrá celebrar convenios con otro Territorio Histórico foral para la gestión y prestación de servicios propios correspondientes a las materias de su competencia, siendo necesaria su comunicación a las Cortes Generales. A los veinte días de haberse efectuado esta comunicación, los convenios entrarán en vigor».

El 18 de enero de 1980, tan solo tres meses después de la aprobación del Estatuto en referéndum y dos meses antes de las primeras elecciones autonómicas, Garaikoetxea se negó a izar la ikurriña junto a la bandera de España, a la que calificó de «señorita de compañía», al tiempo que retiró la totalidad de los nombres y símbolos españoles de los pueblos, incitó a la población a no abrir la puerta a las FOP e hizo suyo el slogan batasuno «que se vayan».

El 21 de agosto de 1980, José Javier Uranga, director de Diario de Navarra, publicó en ese periódico su artículo Donde las dan las toman, en el que decía: «ETA busca en Navarra el territorio y la despensa que necesita. Nada más y nada menos. (…) Garaikoetxea, Arzalluz y tantos otros apóstoles de Euzkadi, al referirse a Navarra, hablan el mismo lenguaje. Para ellos, el que no quiere la incorporación al nuevo ente autonómico es un antivasco». Al día siguiente, Uranga era ametrallado por ETA en la puerta de su periódico, recibiendo al menos veinticinco disparos, y salvó la vida de milagro.

En diciembre de 1980, el presidente Suárez viajó al País Vasco y, en el aeropuerto de Foronda, recibió una gélida bienvenida del lendakari Garaikoetxea. Ante la solicitud de los fotógrafos para que se dieran la mano, Suárez extendió la suya y le dijo a este: «Bueno, si te atreves…».

Garaikoetxea se negaba sistemáticamente a asistir a los entierros de las víctimas asesinadas por ETA. Leopoldo Calvo Sotelo cuenta que, en marzo de 1981, cuando él llevaba un mes de presidente del Gobierno, ETA asesinó en Vizcaya a dos policías nacionales. Entonces decidió acudir al entierro y consideró que era conveniente que le acompañara el lehendakari, que ese día estaba en Madrid. Lo localizó y le dijo:

—Me gustaría, lehendakari, que me acompañaras al entierro.

Este responde:

—Es muy difícil. Estoy en Madrid y no tengo medios para estar allí en unas horas.

—No te preocupes. Yo tengo un Mystère y te llevo.

Calvo Sotelo da instrucciones para que le compren dos corbatas negras. En el Mystère, Calvo Sotelo saca una corbata del bolsillo y se la entrega a Garaikoetxea.

—Toma. Póntela —le indica.

Garaikoetxea titubea, pero al final no tiene más remedio que cogerla y anudársela al cuello. Pero al tomar tierra en Sondika y ante la mirada incrédula del presidente del Gobierno se la quita, diciendo como si hablara consigo mismo: «Creo que desentona con mi chaqueta». A lo que Calvo Sotelo apostilla: «¡Qué desfachatez!».

Descanse en paz Carlos Garaikoetxea. ¡Que Dios le acoja en su Gloria! Goian bego.