Ceuta y la claudicación del Gobierno
La soberanía y la dignidad de una nación no se defienden con discursos, sino con hechos en el territorio. Cuando se observa la realidad geográfica e institucional de Ceuta, resulta imposible no sentir indignación y una profunda lástima por el desamparo al que se ve sometida la ciudad autónoma. Con una superficie de apenas 20 kilómetros cuadrados, Ceuta sufrió una marea humana de miles de personas, una cifra equivalente a todo su censo electoral.
¿Cómo se puede comprender que una multitud cruce la frontera a nado y en procesión sin que se frene de inmediato ese flujo? ¿Dónde estaba el Gobierno de la nación mientras se vulneraba el perímetro fronterizo y se descuidaba la seguridad nacional?
Supongo que pasar la frontera supuso un cierto tiempo sin que, al parecer, hubiera reacción por parte de España.
Adelanto que nunca he creído en el Derecho Internacional, aunque tuve notable en la asignatura, pero tampoco en normativas europeas e interpretaciones nacionales sobre la migración, pues no tienen ninguna efectividad.
La gestión de esta crisis evidencia una alarmante omisión de funciones por parte del Ejecutivo. Es incomprensible y doloroso ver a los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado alojados en deplorables condiciones, incluso de salubridad, mientras sostienen la primera línea de defensa. Esta situación refleja la bajeza y la falta de liderazgo de los ministros responsables, ambos provenientes de la carrera judicial, donde una de ellas parece más preocupada por salvar su ya mínimo prestigio que por ejercer la autoridad que su cargo exige.
Mientras tanto, la soledad del presidente de la ciudad, Juan Jesús Vivas, contrasta con las declaraciones de figuras de la corte oficialista, como el ministro, que supongo conocerá Ceuta por su cargo en Paradores, o la portavoz del Gobierno, navarra, cuya trayectoria ascendente delata un claro perfil oportunista. Todo ello ocurre bajo el mandato de un presidente ególatra y mutante, cuyo balance en el cuidado de las fronteras es una absoluta inacción.
Detrás de esta pasividad se esconde una entrega inconfesable y una preocupante sumisión hacia el reino de Marruecos. El Gobierno y sus aduladores insisten en ensalzar la «buena disposición» y colaboración del país vecino, a pesar de que la realidad y las declaraciones del propio Marruecos demuestran lo contrario. Esta debilidad compromete gravemente el futuro de Ceuta, cuya situación empieza a percibirse como irreversible, arrastrando en el camino a Melilla.
El panorama se complica aún más en el plano internacional y deportivo, con la organización del Mundial de Fútbol en el horizonte. Nos encontramos ante un presidente de la FIFA aliado de Marruecos y pendiente de reelección, un presidente de la Real Federación Española de Fútbol sospechosamente callado y un presidente de LaLiga enfrentado abiertamente a uno de los clubes más poderosos.
La herencia que dejará este Gobierno será ruinosa y tendrá que ser recibida a beneficio de inventario por quienes le sucedan. Con una nación desprestigiada ante la opinión pública internacional y los proyectos del Mundial en el aire, la gran incógnita sigue siendo qué oscuras negociaciones están pendientes de cerrar. Al igual que ocurrió con el giro unilateral respecto al Sáhara Occidental, la opacidad del Ejecutivo invita a pensar en una entrega pactada que pone en jaque la integridad territorial de España.