Entre la fiesta y el relato

El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, en un balcón de Estafeta para ver el segundo encierro de los Sanfermines de 2026. CEDIDA

"Navarra no necesita que nadie venga a explicarle quién es ni a decirle dónde debe sentirse integrada. Tiene personalidad propia, instituciones propias y una ciudadanía perfectamente capaz de decidir su futuro sin tutelas ni discursos construidos desde fuera".

Los Sanfermines son mucho más que una fiesta. Son un escaparate internacional de Navarra, un punto de encuentro para miles de personas y también, inevitablemente, un escenario que muchos responsables políticos aprovechan para dejarse ver. Sin embargo, no todas las visitas son iguales ni todos los visitantes entienden dónde están.

La presencia del lehendakari de la Comunidad Autónoma Vasca estuvo marcada desde el primer momento por unas declaraciones de marcado contenido político. En lugar de centrar su presencia en disfrutar de unas fiestas que pertenecen a todos los navarros, volvió a insistir en un discurso identitario que pretende presentar a Navarra y, en particular, a Pamplona, como parte de un proyecto nacional compartido con Euskadi. Una visión legítima desde el punto de vista político, pero que no deja de ser una aspiración de una parte del nacionalismo vasco y no una realidad institucional ni el sentir unánime de la sociedad navarra.

Pamplona es la capital de Navarra, una comunidad con identidad propia, con un régimen foral diferenciado y con una historia que no necesita ser reinterpretada cada vez que un dirigente nacionalista cruza el puerto de Etxegarate. Los Sanfermines no deberían convertirse en el escenario para reabrir debates identitarios ni para lanzar mensajes que, lejos de unir, vuelven a alimentar una división que la mayoría de los ciudadanos no busca durante estos días.

Muy distinta fue la visita del presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, invitado por el presidente del Partido Popular de Navarra, Javier García. Su presencia tuvo un carácter completamente diferente. Vino a conocer y disfrutar de los Sanfermines, a recorrer las calles de Pamplona, a conversar con los vecinos y visitantes y a participar, con normalidad y respeto, en una de las fiestas más universales de España. Sin grandes declaraciones políticas ni intentos de apropiarse del significado de la ciudad o de las fiestas.

Es precisamente esa diferencia la que merece ser destacada. Una cosa es acudir a Navarra para disfrutar de su hospitalidad, de su cultura y de sus tradiciones; otra muy distinta es aprovechar el altavoz mediático de los Sanfermines para insistir en un relato político que muchos navarros no comparten.

Navarra no necesita que nadie venga a explicarle quién es ni a decirle dónde debe sentirse integrada. Tiene personalidad propia, instituciones propias y una ciudadanía perfectamente capaz de decidir su futuro sin tutelas ni discursos construidos desde fuera. Esa realidad merece, como mínimo, respeto.

Hay visitas que suman porque ponen el foco en las personas, en la convivencia y en el valor de una fiesta que es patrimonio de todos. Y hay otras que, desde el primer minuto, convierten una celebración popular en una oportunidad para hacer política identitaria. La diferencia entre ambas formas de entender una visita institucional resulta evidente, y cada ciudadano sacará sus propias conclusiones.