Fuera ultras de Navarra
Porque los navarros no necesitamos políticos que se dediquen a señalar quién puede llevar un micrófono. Necesitamos políticos que tengan la valentía de responder cuando las preguntas les incomodan.
¡Quién nos iba a decir que, después de tantos años, íbamos a echar de menos a los reporteros de Caiga quien caiga! Aquellos que, durante los gobiernos de José María Aznar, se plantaban delante de los políticos con sus gafas negras y un micrófono para hacerles preguntas incómodas. Entonces aquello era periodismo, humor y libertad de expresión. ¡Qué buenos eran cuando ponían contra las cuerdas a la derecha!
Pero ahora parece que las cosas han cambiado. O mejor dicho, que algunos han cambiado de opinión según quién lleve el micrófono.
Esta semana hemos escuchado a la portavoz socialista en el Ayuntamiento de Pamplona poner el grito en el cielo por la visita de Vito Quiles a nuestra ciudad. Al parecer, un joven con un micrófono que hace preguntas incómodas se ha convertido en una amenaza para la convivencia.
¡Menudo peligro! Un micrófono, unas preguntas y una bandera de España. Casi nada.
Me pregunto qué habría pasado si aquellos reporteros de Caiga quien caiga hubieran tenido que pedir permiso a los políticos para preguntarles. Probablemente nos habríamos quedado sin programa y algunos de nuestros representantes habrían podido dormir mucho más tranquilos.
Porque esa es la cuestión: ¿desde cuándo hacer preguntas incómodas es un ataque a la democracia? ¿O es que la libertad de expresión solo vale cuando las preguntas se hacen al adversario político?
Y aquí es donde me entra la ironía. Resulta que la portavoz socialista que hoy nos alerta de los peligros de la crispación es de la misma formación política que firmó aquel pacto en Pamplona que apartó al constitucionalismo de la Alcaldía para entregársela a Bildu. Sí, a Bildu, ese partido con el que el PSOE ha decidido entenderse políticamente mientras tantos navarros seguimos preguntándonos dónde queda la coherencia.
Porque, vamos a ver: ¿quién reparte ahora los carnés de demócrata? ¿Los mismos que consideran peligroso a un chaval con un micrófono, pero después son capaces de pactar con quienes siguen sin dar a las víctimas del terrorismo la respuesta clara y contundente que merecen?
En febrero volvimos a comprobar las dificultades para lograr un pronunciamiento institucional sobre las víctimas de ETA y los ciudadanos que tuvieron que abandonar su tierra por el miedo. Y no hace falta que nadie me explique lo que significa vivir en una Navarra donde demasiadas personas tuvieron que mirar a su alrededor antes de hablar.
Tampoco olvido las agresiones y los episodios de violencia que hemos vivido en nuestra tierra. No olvido Berriozar, ni los ataques denunciados contra personas por sus ideas, ni los destrozos que han sufrido nuestros barrios. Y tampoco olvido que, cuando las consecuencias de la violencia llegan a nuestras calles, quienes pagan muchas veces la factura son los ciudadanos de a pie.
¿Dónde está entonces la misma indignación? ¿Dónde están los discursos solemnes? ¿Dónde están las exigencias de responsabilidad cuando los hechos incomodan a los socios políticos?
Porque yo lo tengo muy claro: la violencia es violencia, la agresión es agresión y la intimidación es intimidación, las cometa quien las cometa. No hay ultras buenos y ultras malos según el partido al que voten. Lo que hay son personas que respetan la libertad y otras que pretenden imponer sus ideas a los demás.
Y que nadie me venga con que criticar estas contradicciones es alimentar el odio. Estoy bastante cansado de que algunos pretendan dar lecciones de convivencia mientras señalan a quienes no piensan como ellos. La convivencia no consiste en callarse para no molestar al poder. Consiste en poder hablar, preguntar, discrepar y defender tus ideas sin miedo.
No tengo por qué compartir todo lo que diga Vito Quiles. Ni falta que hace. Pero defender que pueda hacer preguntas no significa darle la razón en todo; significa defender una libertad de expresión que mañana también necesitaremos quienes no compartimos sus ideas.
Así que, si de verdad queremos una Navarra libre de ultras, empecemos por aplicar la misma vara de medir a todos. A quienes provocan, a quienes agreden, a quienes justifican la violencia y a quienes utilizan sus cargos públicos para señalar a sus adversarios.
Fuera los ultras de Navarra. Fuera la violencia, fuera la intimidación y fuera también la hipocresía política.
Porque los navarros no necesitamos políticos que se dediquen a señalar quién puede llevar un micrófono. Necesitamos políticos que tengan la valentía de responder cuando las preguntas les incomodan.
Y termino con una pregunta que algunos deberían hacerse delante del espejo: ¿qué les asusta más, la presencia de un joven con un micrófono o la posibilidad de que alguien les pregunte aquello que llevan demasiado tiempo evitando responder?
Juan Antonio Extremera Apesteguia