El pequeño comercio de Los Arcos que resiste 25 años gracias al Camino de Santiago: "Vamos tirando como se puede"
Emilio Barrio Martínez lleva un cuarto de siglo abriendo la persiana y atendiendo a quien entra con prisa, con hambre o simplemente a saludar en un pueblo de Navarra a solo 45 minutos de Pamplona en dirección a Logroño. Tiene 47 años y resume su día a día con una frase que suena a vida real: “Vamos tirando como se puede”. En estos 25 años, dice, ha visto cambiar casi todo: la forma de vender, la clientela y hasta el pulso del pueblo cuando aprieta el invierno.
Su escenario es la modesta Casa Emilio, una tienda de alimentación y bebidas en la Plaza de Santa María 7 de Los Arcos, una localidad de 1.200 habitantes en Tierra Estella, y con el Camino de Santiago como vecino permanente. Entre quienes viven aquí todo el año y los peregrinos que pasan cargados con mochila, Emilio ha ido sosteniendo el negocio “poco a poco”, como cuenta él mismo.
“La cosa ha cambiado mucho desde que abrí a los días de ahora”, explica. Antes el comercio tenía otros ritmos; ahora, asegura, todo va más rápido y se compra distinto. “La forma de vender, la clientela… y entre la gente del pueblo y los peregrinos vamos tirando poco a poco”, relata, con ese tono práctico de quien no se pierde en discursos.
Dentro no hay grandes alardes, pero sí un surtido pensado para resolver el día: embutido al corte, pastas, pan, conservas, fruta… y también lo que más piden los chavales. “Chucherías, gominolas y patatas fritas para los mocetes”, enumera. Y cuando llega la época, aparecen los turrones. En verano, además, el mostrador nota el calor y el paso del Camino: “Hay más venta de refrescos, algún bocadillo y alguna pizza”.
El local no nació con él. Antes fue la tienda de su abuela Carmen, donde se vendía “un poco de todo”. Luego se cerró durante muchos años, hasta que Emilio decidió reformarla y darle una segunda vida precisamente por el movimiento que traía el Camino de Santiago. “Estuvo cerrada muchos años y yo la reformé y la abrí de nuevo por el paso de gente… Aquí estoy”, resume.
El calendario manda, y Emilio lo tiene medido. “Cuando más se vende es de abril a octubre con el paso de los peregrinos”. Esos meses se nota el trasiego, los pasos, las paradas rápidas para comprar algo y seguir. Pero cuando el otoño se apaga, el negocio entra en otra pantalla. “Luego los inviernos baja muchísimo y esto parece un desierto porque no hay peregrinos”, afirma. “Todos los días pasa alguno, pero eso no es nada. Tiene que pasar mucha gente para que se note”.
En su conversación se cuela una preocupación que no es solo suya. “Por desgracia los pueblos se van quedando con menos gente”, lamenta. Dice que es normal que la juventud busque ciudad: “La gente joven le gusta la ciudad, que es normal porque es donde hay gente, y los pueblos se quedan medio vacíos”. En Los Arcos, apunta, todavía hay habitantes, pero el dibujo se repite: “La gente joven se marcha y se queda la gente mayor. Es complicado”.
Así que el plan es claro: apretar en verano para resistir el invierno. “Hay que intentar aprovechar en verano para luego aguantar en invierno, pero cada vez se está poniendo más complicado y difícil”, admite. También nota la competencia de fuera: “Cada vez hay más competencia en Logroño o en Estella, pero por el momento sobrevivimos, que es lo importante”.
A veces, confiesa, se le pasa por la cabeza si merece la pena seguir. “Muchas veces piensas si merece la pena seguir o no. No lo sé”, reconoce. Y explica por qué esa duda aparece: “Si encuentras fuera un trabajo en condiciones te puedes marchar porque aquí expones tu dinero, hay que estar casi todos los días, ayudas hay pocas o ninguna si te hacen falta, y el tema de impuestos es cada vez mayor”.
Pese a todo, Emilio se queda con lo que le engancha del oficio: la gente. “Estoy contento. Me gusta trabajar cara al público”, cuenta, recordando que pasó muchos años en la hostelería. Incluso llegó a compaginar la tienda con un bar restaurante en el pueblo. Y cuando suelta la posibilidad de marcharse, dice que más de uno le frena en seco: “Alguna vez me dicen que no cierre si les digo que me voy a marchar. Es lógico”. Aun así, no disimula lo que pesaría bajar la persiana: “Si piensas seriamente en cerrar también te da pena, pero si lo piensas fríamente creo que mucha gente bajaría la persiana”.
En casa le empujan a seguir. “La familia me anima y me dice que las cosas van a cambiar”, comenta. Y también encuentra una parte buena, aunque sea con asterisco: “Tampoco estás mal porque eres tu propio jefe”, pero enseguida aterriza la realidad: “Fácil no es porque hay que hacer mil papeles”.
Tiene un hijo estudiando y su consejo es directo. “Le diría que estudie, que se forme bien, que si quiere me ayude un poco y si puede que se busque un trabajo por ahí”. No lo dice con amargura, sino con esa mezcla de experiencia y prudencia de quien sabe lo que cuesta sostener un pequeño negocio.
De estos 25 años, el balance le sale “bien, positivo”. “Estás en lo tuyo. No trabajas para nadie”, valora. Y admite que, viéndolo con distancia, quizá habría tomado otra decisión: “Si lo piensas fríamente quizás lo hubiera dejado hace años a otras personas. También dicen que es bueno cambiar y no estar tanto tiempo en un sitio y conocer otras cosas. Nunca se sabe”. Pero, de momento, sigue ahí: “Tampoco estoy a disgusto. Se puede vivir de esto pese a todo”.
Las reseñas de clientes en redes sociales acompañan ese día a día sin grandes discursos. Una destaca que es un “supermercado que abre todos los días de la semana”, útil para quien está haciendo el Camino y quiere “ahorrarse unos euros” preparando una comida rápida en vez de sentarse en un restaurante. Otra aplaude: “Muy buena atención!! y buena calidad de productos”. Y una tercera remata con lo que muchos valoran cuando aprieta la hora: “El propietario era muy amable y está abierto hasta muy tarde”.