La historia de Carmen, la mujer que abrió una tienda en Pamplona para sacar adelante a su familia
Carmen Churo Naranjo lleva casi tres décadas demostrando en Pamplona que la constancia también se mide en persianas que suben cada mañana. Llegó a Navarra el 25 de abril de 1997 y, desde entonces, su vida ha ido encadenando jornadas largas, decisiones prácticas y una idea fija: trabajar para sacar adelante a su familia.
Su “cuartel general” está en el segundo sitio donde más horas ha pasado: la tienda de chucherías ‘Dulces Lokuras’, en la calle Río Irati, haciendo esquina con la calle Río Queiles, en pleno barrio de La Milagrosa. Pequeña, humilde y de las que resuelven el día a día del vecindario, allí atiende con la misma naturalidad con la que cuenta su historia.
A sus 63 años, Carmen lo dice sin dramatismos y con sentido del humor. “Pronto haré 64 y aún me faltan cuatro añitos para la jubilación”, asegura. Mientras tanto, sigue al pie del mostrador con un horario de los que no se improvisan: abre de 10.00 a 14.30 y por la tarde de 16.30 a 22.00 horas.
Antes de tener tienda, su vida laboral en Pamplona se repartió entre el trabajo en una casa y la crianza. “Primero trabajé en una casa durante 12 años porque en el año 2000 vino mi familia, tres hijos y mi marido”, recuerda. Por la mañana trabajaba fuera y por la tarde se quedaba con los pequeños. “Trabajaba por la mañana en la casa y por la tarde me quedaba con mis hijos (Andrés, Alexis y Joselyn) que eran pequeños para no abandonarlos”, explica.
Ahora aquellos niños ya son adultos: tienen 41, 37 y 30 años. Han estudiado aquí y, según cuenta su madre, han seguido su camino en Navarra. “Todos han estudiado aquí. Tienen su carrera y todos contentos”, comenta con orgullo.
En la tienda, Carmen ya tiene una fecha marcada en el calendario. El 21 de febrero cumplirá 17 años desde que está al frente de ‘Dulces Lokuras’. Lo cuenta satisfecha: “Estoy muy contenta porque todos estamos trabajando. Es a lo que hemos venido, a trabajar”. Y es que, en su caso, el negocio no fue solo una ilusión; también fue un salvavidas en tiempos duros.
Cuando abrió el local, su marido, Eduardo Rodríguez, se quedó sin empleo. “Se quedó tres años sin trabajo por la crisis y echamos mano de los ahorros”, relata. Ahora él trabaja haciendo repartos de vino y, según explica Carmen, “le quedan unos mesitos” para jubilarse. A ella, en cambio, todavía le quedan esos “cuatro añitos”.
Detrás del mostrador hay de todo lo que se espera de una tienda de barrio, y algo más: gominolas, snacks, patatas, frutos secos, pan, chicles, caramelos, chocolate, pastas, agua, bebidas y latas de Coca-Cola y cerveza. “De una tienda de estas antes se podía vivir”, apunta, recordando aquellos años en los que cada euro contaba.
La tienda no fue siempre suya. Era de una mujer de Pamplona llamada Socorro, que se jubiló y le ofreció comprarla. Carmen se acuerda de ella con cariño. “Muy maja, maravillosa”, dice. Y añade un detalle que lo explica todo: “Había meses que no me llegaba para el alquiler y me echó una mano”. Aún hoy reconoce que el inicio del año suele venir flojo. “Estos primeros meses del año son bastante malos, pero sabiendo cómo es el tema nos vamos arreglando”.
Carmen hace balance sin adornos, como quien habla de algo trabajado a pulso. “Satisfactorio. Muy bien porque hemos venido a trabajar, a asentarnos aquí y sacar adelante la vida con esfuerzo. Estamos contentos. Creo que hemos hecho las cosas bien”, afirma. Y remata con una frase que resume años de perseverancia: “La tienda ya es de mi propiedad y tirando para adelante”.
En el trato con la gente, Carmen tiene una norma que repite como si fuera la clave del negocio. “Soy muy discreta. Boca cerrada. De mí no sale nada porque no tengo por qué hablar nada. El buen manejo de la tienda es la discreción”, sostiene. Y, aun así, no se guarda lo bueno del barrio: “La gente de Pamplona es maravillosa. Tengo buena experiencia en la tienda”.
La familia vive cerca, en la calle Río Queiles, también en La Milagrosa, lo que le permite mantener esa rutina de tienda y hogar sin grandes desplazamientos. Las vacaciones, cuando llegan, son cortas pero disfrutadas. “Las tomamos en verano. Son dos semanitas que le dan a mi marido y nos vamos toda la familia”, cuenta.
Desde el año 2000, Carmen no ha vuelto a Ecuador. “Allí solo tengo primos y tíos. Toda mi familia está en Pamplona”, explica. Tanto, que incluso sus padres descansan aquí: “Mi padre y mi madre están enterrados aquí porque aquí están sus hijos”. Uno de sus hijos está casado y Carmen tiene dos nietos. “Estamos arraigados. Ya es nuestra vida. Nuestra vida está aquí. Ya no vamos a Ecuador. Vine con 35 años y voy a hacer 64”, relata.
Ese vínculo con el barrio también se nota en lo que le dejan escrito algunos clientes en redes sociales. Una reseña destaca su trato: “Amable y cariñosa. Buena profesional, muy buen horario. Pan, periódico y chuches. Festivos abierto. Y hay helados. Recomendable 100%”. Otra lo resume de forma sencilla, como suele pasar con lo evidente: “Son muy amables y tienen de todo”.