POLÍTICA

Chivite abraza el ‘manual sanchista’ en Navarra: crisis de Gobierno para cambiar caras y relato

Chivite comparece ante los medios de comunicación tras la dimisión de Santos Cerdán. IÑIGO ALZUGARAY
Las destituciones de Félix Taberna y Amparo López se pueden interpretar como un paso adelante en la estrategia al más puro estilo 'sanchista': apartar al que molesta y buscar otros perfiles más agresivos.

La crisis de Gobierno que María Chivite ha decidido activar en Navarra llega con un objetivo claro: cortar la hemorragia política que suponen los casos de corrupción que afectan a su partido. No sólo en Navarra por el caso Velate, con las irregularidades manifiestas (veremos si delictivas) de su proceso de adjudicación, sino también, por el perfil sanchista de la propia Chivite y todos los casos de corrupción que afectan al entorno familiar de Pedro Sänchez y aquellos que le llevaron a la cumbre en el famoso Peugeot.

Las destituciones de Félix Taberna y Amparo López se pueden interpretar como un paso adelante en la estrategia al más puro estilo 'sanchista': apartar al que molesta y buscar otros perfiles más agresivos que frenen desde el frente político y de la comunicación el terreno ganado por la oposicuión de UPN, PP y Vox tras los flagrantes casos de corrupción que le cercan.

En el seno del Gobierno foral había consejeros cláramente incómodos defendiendo un proceso de adjudicación que presentaba serías dudas sobre su legalidad, No en vano, la Guardia Civil recomendó al Tribunal Supremo investigar a fondo el caso de los túneles de Velate e incorporarlo a la causa que instruye contra Santos Cerdán.

Una de esas partes profundamente incómoda era Félix Taberna, vicepresidente primero del Gobierno y asesor político personal de la presidenta. 

El detonante de fondo es doble. Por un lado, el desgaste por el caso Cerdán, con la sombra sobre la constructora Servinabar 2000 y su papel en adjudicaciones públicas en Navarra. Por otro, la crisis de confianza con los socios de coalición —Geroa Bai y Contigo, ambos con consejerías en el Gobierno— que elevaron el tono y pedían a Chivite “responsabilidades políticas profundas” y una respuesta “contundente” tras el informe de Intervención sobre un modificado con 8,5 millones de sobrecoste.

Aquí está la incomodidad: la presidenta se ha visto obligada a gestionar un escándalo ligado a quien ha sido señalado como su mentor político, Santos Cerdán, en una investigación judicial por presunta corrupción, y ese golpe ha acabado salpicando al PSN con la caída de Ramón Alzórriz. Chivite le apartó tras conocer que había ocultado que su pareja trabajó para Servinabar 2000, empresa situada por la UCO en el centro de la investigación.

El mensaje que recibe la ciudadanía es devastador para cualquier Gobierno: aunque no haya condenas, la duda se ha instalado en la institución y ha obligado todo este tiempo a Chivite a gobernar a la defensiva. Y eso, en un gobierno que depende hasta el extremo de tres partidos como Bildu, Geroa Bai y Contigo se ha convertido en caldo de cultivo.

De ahí que la “cirugía” anunciada tenga una lectura política: más que un cambio técnico, es un intento de reordenar el relato. Si Chivite mueve piezas visibles —la vicepresidencia y la portavocía— puede buscar tres efectos rápidos: 1) proyectar que manda y que reacciona, 2) ganar oxígeno ante los socios, y 3) reconstruir una dirección política en el Gobierno foral menos crítica con los casos de corrupción.

El riesgo que corre es el contrario: que se perciba como una remodelación “cosmética” o un "quitarse de enmedio a los críticos" al estilo Pedro Sánchez.

Félix Taberna ha sido uno de los rostros políticos más reconocibles del “núcleo” socialista de esta legislatura. Sociólogo, con una larga trayectoria previa en Izquierda Unida, ha sido parlamentario foral durante 16 años (1991-2007) y ha combinado política con trabajo técnico y sindical.

Su salto al primer plano del actual Gobierno llegó tras ser uno de los asesores de máxima confianza de Chivite desde 2019. En agosto de 2023 fue nombrado vicepresidente primero y consejero de Presidencia e Igualdad. Desde ese puesto ha manejado áreas transversales y, en la práctica, ha funcionado como “pieza de encaje” institucional en momentos de tensión.

Su perfil político mezcla dos rasgos: capacidad de análisis electoral y cultura de pacto. Eso le ha dado valor interno, pero también lo ha convertido en un cargo expuesto cuando el Gobierno necesita señales rápidas. En una remodelación, su salida se leería como la pérdida de un arquitecto político del 'chivitismo' y, a la vez, como un movimiento para abrir una nueva etapa con otra figura de referencia en Presidencia.

Amparo López Antelo ha sido una consejera de perfil más gestor, pero con alta exposición pública por un factor decisivo: desde octubre de 2023 también ha ejercido como portavoz del Gobierno. En crisis políticas, la portavocía se convierte en trinchera: explica, defiende y absorbe desgaste.

Nacida en San Sebastián (1971), es licenciada en Derecho y ha desarrollado una carrera ligada a la administración y a la gestión pública, con experiencia en movilidad y seguridad. Entre otros puestos, fue directora de Tráfico del Gobierno Vasco y ha ocupado responsabilidades en el ámbito de Justicia y modernización administrativa.

En política navarra tuvo un paso breve por la alcaldía de Huarte (junio-agosto de 2019) puesto que abandonó para entrar en el Gobierno de Navarra sin que el PSN cubriera su baja en el consistorio cebollero. Este vacío -aseguran que pactado- posibilitó el acceso a la alcaldía de Bildu.

En agosto de 2023 fue nombrada consejera de Interior, Función Pública y Justicia, y después portavoz. Si Chivite la releva, el mensaje es claro: el Gobierno busca cambiar el tono y el marco de comunicación en plena tormenta, colocando a otra voz para intentar reconstruir credibilidad ante socios y ciudadanía.