OPINIÓN / SAN FERMÍN

La foto de San Fermín del dos de febrero: Pablo Goñi Labiano

El del bombín. PABLO GOÑI LABIANO

Taíto nos dejó esta imagen técnicamente difícil, perfectamente solucionada, que constituye un recuerdo de aquellos personajes estrafalarios que comenzaron a venir a los Sanfermines entre los años sesenta y setenta.

Los pamploneses identificamos la marca Pablo Goñi con un comercio tradicional de calzado que actualmente tiene cuatro establecimientos en la ciudad. Lo que muchos desconocen es que la firma tiene una historia más que centenaria. Aunque nacida en 1878 por iniciativa de Gil Goñi Reparaz, fue su hermano pequeño Pablo el verdadero precursor de la saga al independizarse para establecer una fábrica de zapatos en la calle Hilarión Eslava, con el atractivo lema “Zapatería la Buena”.

Después del fundador se han sucedido tres generaciones: Goñi Gaínza, Goñi Labiano y Goñi Berruezo. Con la constante de tener un Pablo al frente de la firma. La fábrica llegó a tener medio centenar de operarios con una producción de 70 pares diarios, pero tras la Guerra Civil reorientaron el negocio exclusivamente a la distribución y comercialización.

En los años sesenta se hace cargo del negocio familiar Pablo Goñi Labiano (Pamplona 1930- 2021), al que todos conocíamos como Taíto. La realidad es que, además de ser sagaz comerciante, tenía alma de artista; se graduó en la Escuela de Artes y Oficios y fue galardonado con los premios Florencio Ansoleaga y Paulino Caballero. Tal como reconocía “Yo siempre he hecho arte… He pintado, he esculpido y luego por falta de tiempo me metí en fotografía. Tenía muy poco tiempo después de trabajar y el recurso para aflorar mi sensibilidad artística lo encontré en la fotografía”.

En efecto, siguiendo los pasos de su hermano médico Jesús María -cofundador en junio de 1955 de la Agrupación Fotográfica y Cinematográfica de Navarra (AFCN)-, se inscribe como socio de la AFCN en 1969. Tras lo cual, se instaló en casa un laboratorio y un pequeño estudio, de manera que lo que en un principio fue una válvula de escape se convirtió en una pasión. Sus primeros premios, del centenar que cosechó a lo largo de su vida fotográfica, los obtuvo en los concursos fotográficos organizados por Diario de Navarra.

De su obra, aunque cultivo distintos registros, destacamos dos características fundamentales: 1) una técnica impecable conseguida con estudio y tesón que materializaba con meticulosidad en el cuarto oscuro; y 2) el retrato que practicó preferentemente, de modo que cuando veía a un modelo con posibilidades se lo llevaba a su domicilio para fotografiarlo.

El del bombín. PABLO GOÑI LABIANO

No es el caso de la foto de este dos de febrero, captada en la calle, es más una instantánea de reportaje que un retrato formal, pues no responde a la ortodoxia fotográfica al no reflejar los rasgos físicos de la cara del modelo. Y muy concretamente los ojos que quedan ocultos por las gafas y el sombrero. A pesar de no seguir los cánones establecidos, ni ser un retrato al uso, la foto de Pablo Goñi profundiza más, capta perfectamente la esencia y la personalidad del protagonista.

Taíto tituló la foto, El del bombín, dando la clave de que el factor diferencial del retrato es el bombín. Por otra parte, en el atuendo del personaje destaca la camiseta a rayas tipo marinero, un clásico de la ropa sport de jóvenes franceses, con un pañuelo anudado al cuello que nos indica estar disfrutando del ambiente sanferminero. Podríamos aventurarnos a intuir que se trata de uno de los muchos franceses que acudían a Sanfermines en los años setenta.

El atractivo de la instantánea es poner de relieve el contraste de un tipo vestido informal, greñudo, con barbas que lleva un refinado bombín. El llamado también sombrero hongo se inventó en la Inglaterra del siglo XIX para proteger la cabeza de los que montaban a caballo para evitar la vulnerabilidad de llevar chistera o sombrero alto de copa. Ese desequilibrio entre la elegancia del bombín y la vestimenta del sujeto que lo lleva ha sido puesto de manifiesto a lo largo de la historia en múltiples ocasiones.

A todos nos viene a la cabeza el vagabundo Charlot creado por Charles Chaplin en los años del cine mudo. También podemos encontrarlo en el film La Naranja Mecánica de Stanley Kubrick. Y es que el bombín siempre ha dado mucho juego para representar discrepancias, no sólo en el atuendo. Los reyes de la confusión y del error: los dos agentes de policía con bombín Hernández y Fernández (Dupont y Dupond en el original en francés) de la serie de Tintín creada por Hergé. También el inolvidable José Luis Coll que se hizo famoso parodiando lo absurdo y grotesco con un sombreo hongo en el dúo humorístico con Tip que, a su vez, llevaba chistera.

En la foto de este escalón podemos adivinar que se trata de una mañana de San Fermín, cuando la luminosidad hace mella e intensifica los efectos de la resaca de una noche de juerga.  El protagonista de la imagen ha puesto remedio inclinando el bombín para intentar descansar los ojos, manteniendo el purito, tal vez apagado, en la comisura de los labios.

Taíto nos dejó esta imagen técnicamente difícil, perfectamente solucionada, que constituye un recuerdo de aquellos personajes estrafalarios que comenzaron a venir a los Sanfermines entre los años sesenta y setenta.