SAN FERMÍN

El Joker del encierro de San Fermín: ¿gamberrada, promesa o el auténtico enemigo de Fuente Ymbro?

Un mozo disfrazado como el Joker. EFE/Villar López
Ni el miedo a los astados gaditanos, ni la rigidez de las normas. Este corredor ha captado todas las miradas de la matinal en Pamplona con una caracterización de película.

El encierro de San Fermín tiene sus códigos no escritos. Ropa blanca impecable —al menos al principio—, el pañuelico rojo bien anudado, el periódico enrollado para medir las distancias con el toro y una cara de tensión absoluta mientras se espera el segundo cohete. Sin embargo, este 7 de julio, alguien decidió que las normas tradicionales estaban para romperse.

Ya ha sido bautizado en las redes y los adoquines como el Joker de Santo Domingo. Mientras a su lado los mozos estiran las piernas, se encomiendan al Santo y disimulan el miedo como buenamente pueden, este corredor asiste a la cita con el pelo teñido de un verde rabioso, la cara pintada de un blanco fantasmal y esa sonrisa sangrienta y maquiavélica tan característica del villano de Gotham. Por llevar, lleva hasta un collar de perlas a juego con su impecable atuendo festivo.

La imagen, capturada en los minutos de máxima tensión previos a la carrera de los toros de Fuente Ymbro, parece sacada de un montaje de ficción. Cabe preguntarse: ¿Qué se le pasa a alguien por la cabeza para maquillarse así a las seis de la mañana? ¿Pretendía asustar a los toros gaditanos antes de que enfilaran la cuesta? ¿Es una apuesta perdida de la noche anterior en el Casco Viejo? ¿O simplemente considera que correr delante de seis morlacos de media tonelada es el escenario ideal para desatar el caos?

A su lado, un compañero de carrera no puede evitar reírse a carcajadas, contagiado por el surrealismo del momento. Mientras el resto del mundo mira al suelo o al cielo buscando protección, el Joker mira fijamente a la cámara haciendo el gesto de los cuernos con la mano. Quién sabe si consiguió hacer una buena carrera o si la pintura aguantó el sudor y la velocidad de los 2 minutos y 15 segundos que duró el encierro. Lo único seguro es que, por unas horas, Pamplona no temió a los astados, sino a la sonrisa más inquietante de la fiesta.