El hotel más famoso de Pamplona nació como una fonda con 31 camas y hoy es el único de 5 estrellas

Desfile de la Comparsa en la Plaza del Castillo. Grupo de niños bailan de cara al fotógrafo. Al fondo el Hotel La Perla. (Fotografía restaurada del Archivo Municipal de Pamplona).
El establecimiento más emblemático de Pamplona ha pasado por epidemias, reformas, guerras y cuatro generaciones hasta convertirse en un símbolo.

Pamplona guarda en plena Plaza del Castillo una de esas historias que explican una ciudad mucho mejor que cualquier guía. Donde hoy se levanta el Gran Hotel La Perla, el único hotel de cinco estrellas de la capital navarra, abrió en 1881 una modesta fonda familiar con 31 camas, servicio de carruajes y una cocina que pronto empezó a hacerse un nombre entre los pamploneses.

Detrás de aquel primer negocio estaban Miguel Erro, cocinero navarro, y su esposa, Teresa Graz, que en el verano de 1881 pusieron en marcha un establecimiento llamado a convertirse, con el paso de las décadas, en uno de los lugares más reconocibles de la ciudad. Nadie podía imaginar entonces que aquella fonda acabaría formando parte de la propia memoria de Pamplona.

La clave del éxito llegó muy pronto. Miguel Erro conocía la cocina y Teresa Graz procedía de una familia de Burguete vinculada al negocio hostelero. Esa combinación dio al establecimiento una personalidad propia. La cercanía con la frontera francesa permitía acceder a productos poco habituales en la ciudad, como ostras de Arcachón, capones franceses, foie gras trufado o vinos de Burdeos, y eso hizo que la fonda La Perla empezara a destacar como uno de los lugares donde mejor se comía.

Su crecimiento fue rápido. Desde el primer año, el negocio se hizo cargo del ambigú del Teatro Principal durante los bailes de Carnaval. Después abasteció también al Teatro Gayarre y al balneario de Betelu. La reputación de La Perla fue creciendo a la vez que lo hacía el propio establecimiento, que empezaba a convertirse en una referencia para viajeros y clientes de la ciudad.

Pero la historia dio un giro dramático en 1885. Una epidemia de cólera golpeó Pamplona y La Perla fue el único establecimiento que no cerró sus puertas. Incluso llegó a abastecer de comida al lazareto de la ciudad. En aquel contexto tan duro, Miguel Erro murió el 31 de julio de ese año en Betelu, adonde había acudido como hacía cada verano. La tragedia pudo haber acabado con el negocio, pero ocurrió justo lo contrario.

Ahí aparece la figura que explica buena parte de la grandeza de esta historia: Teresa Graz. Viuda, al frente de un establecimiento en plena expansión y en una época en la que casi nadie concebía a una mujer como empresaria, decidió no solo mantener viva la fonda, sino hacerla crecer. Su papel fue decisivo para que La Perla no se quedara en un recuerdo breve de la hostelería pamplonesa.

Teresa continuó al frente del negocio durante décadas y consolidó su posición como primera referencia hotelera de la ciudad. Llegó a disponer de hasta cinco caballerías para recoger viajeros en la estación del tren y, en 1914, ya contaba con un automóvil de diez asientos para ese mismo servicio. Su gestión, silenciosa y constante, sostuvo el futuro de un establecimiento que siguió ganando peso en la vida de Pamplona.

Antes, en 1888, y tras una serie de reformas impulsadas después de un incendio en la planta baja, la antigua fonda había logrado oficialmente la categoría de hotel. Aquel cambio marcó un antes y un después: La Perla dejaba de ser una casa de huéspedes con fama en la cocina para convertirse ya en el Hotel La Perla, una nueva etapa en su historia.

El relevo familiar continuó después con Ignacia Erro, hija de Teresa, y su marido José Moreno. En 1933 impulsaron una nueva gran reforma bajo la dirección del arquitecto navarro Víctor Eusa, que amplió el edificio una planta entera y dio al establecimiento el nombre que todavía conserva: Gran Hotel La Perla. Fue otra de esas decisiones que ayudaron a fijar la imagen del hotel en el corazón de la ciudad.

Con el estallido de la guerra civil, José Moreno se incorporó al ejército y dejó la dirección del establecimiento. Desde 1936, su hijo Rafael Moreno Erro asumió las riendas del hotel y lo dirigió durante casi medio siglo, hasta su fallecimiento el 31 de julio de 1985. La fecha no pasó desapercibida en la familia: murió exactamente cien años después del fallecimiento de su bisabuelo, el fundador Miguel Erro.

Después tomó el relevo Rafael Moreno Arocena, que ya ejercía como director y logró recuperar la propiedad íntegra del edificio, repartida con el paso del tiempo entre distintos herederos. Con él llegó también una nueva etapa clave en la historia reciente del establecimiento.

El gran salto se produjo en el año 2000, cuando entró en la sociedad la familia Alemán, propietaria del Hotel Maisonnave, y se constituyó junto a Rafael Moreno la sociedad La Perla Pamplona S.L.. Ese acuerdo abrió la puerta a la transformación más ambiciosa que había vivido el inmueble desde su fundación.

Durante dos años, el edificio fue prácticamente vaciado y reconstruido por dentro. El 15 de junio de 2007, el Gran Hotel La Perla reabrió sus puertas con cinco estrellas y 44 habitaciones completamente renovadas. El cambio fue histórico: pasaba de ser un hotel con una estrella a convertirse en el único establecimiento de lujo de la capital navarra.

Sin embargo, lo más singular de esa reforma no fue solo la categoría alcanzada, sino la manera de integrar la historia del hotel en cada rincón. Más de la mitad de las habitaciones llevan el nombre de huéspedes ilustres que durmieron allí. La Suite Hemingway conserva el mobiliario tal y como lo conoció el escritor. La habitación dedicada a Víctor Eusa guarda su mesa de trabajo. Y la de Federico Moreno Torroba mantiene la última batuta del compositor.

A esa identidad única se suma un privilegio difícil de igualar. La fachada principal del hotel se abre a la Plaza del Castillo y uno de sus laterales recae directamente sobre la calle Estafeta, uno de los tramos más conocidos del encierro de San Fermín. Desde sus balcones se puede ver pasar a los toros a escasos metros, una imagen que ha convertido este alojamiento en uno de los más codiciados de la ciudad durante las fiestas de julio.

Esa relación con San Fermín explica buena parte de su proyección, pero no toda. Por sus habitaciones han pasado nombres que ayudan a medir el peso histórico del establecimiento. Entre ellos sobresale el violinista pamplonés Pablo Sarasate, que regresaba cada verano a La Perla durante las fiestas tras sus giras internacionales. Su llegada era todo un acontecimiento social. La banda del regimiento le acompañaba desde la estación y la Plaza del Castillo se llenaba de gente esperando verle aparecer en el balcón. En 1902, según las crónicas de la época, más de cinco mil personas se concentraron ante el hotel para aclamarle.

El rastro de Sarasate permanece todavía en el Salón La Perla, la biblioteca del hotel, donde se conserva el piano con el que componía durante sus estancias. A su alrededor se reúnen también libros dedicados por autores como Mario Vargas Llosa, Woody Allen, Dario Fo o Antonio Gala, otra prueba de la relación del establecimiento con la cultura y con algunos de los nombres más conocidos de su tiempo.

La nómina de huéspedes célebres resulta larguísima. Por el hotel han pasado Alfonso XII, Alfonso XIII, Juan Carlos I y Doña Sofía, además de figuras como Orson Welles, Charles Chaplin, Julio Iglesias o Robert Plant. Son nombres que refuerzan su prestigio, aunque quizá la mayor singularidad del lugar no esté en quienes han dormido allí, sino en todo lo que ha logrado resistir.

La historia del Gran Hotel La Perla es, sobre todo, la historia de una supervivencia. Nació como una fonda modesta, soportó una epidemia, sobrevivió a una guerra, atravesó incendios, reformas, cambios familiares y transformaciones empresariales. Y casi 145 años después sigue en el mismo sitio donde empezó todo, en el centro mismo de Pamplona, convertido en un símbolo de la ciudad.

Su lema resume esa trayectoria con precisión: “3 siglos, 4 generaciones y 5 estrellas”. Quien hoy se aloja en el Gran Hotel La Perla no entra solo en uno de los hoteles más conocidos de Navarra. Entra también en una historia familiar y urbana que ha acompañado a Pamplona durante generaciones.