SOCIEDAD

Del miedo a la esperanza: el testimonio de Jacques en el Centro Vida Nueva en Navarra

Jacques (izq.) junto a sus compañeros en el Centro Vida Nueva de Navarra
Jacques salió de su país huyendo de la pobreza. Llegó a España, solo, sin más maleta que un futuro incierto. Ocho años después ha firmado un contrato, ha logrado echar raíces y ha empezado una vida nueva

“No me dijeron que viajaríamos en patera”, recuerda Jacques. “Para entonces ya me había metido en un lío”. Guineano, de 43 años, buen porte y sonrisa perenne, Jacques nos atiende en el porche de la asociación que lo acogió en Navarra.

Empujado por la necesidad que asolaba a Guinea Conakry y expectante ante las buenas noticias que le llegaban desde Europa, en 2017 decidió viajar hasta Marruecos y de allí dar el salto definitivo al Viejo Continente. “Me llamó un amigo al que le iba muy bien en Francia. ‘Vente a Europa Jacques, aquí hay trabajo, yo te ayudo con el viaje’. No me lo pensé, en mi país no había futuro. Ahorré como pude los 2.500 € del billete”.

Sin embargo, cuando llegó al norte de África se dio cuenta de que nada era como le habían prometido. No había barco, solo una frágil patera. “Ahí cabían ocho personas, pero nos íbamos a subir cuarenta y cinco. Si eso se rompía, adiós. No sabía qué decirle a mi familia, ya no podía volver. Navegamos toda la noche, por el camino murieron ocho compañeros y sabíamos que no había gasolina para llegar a la otra orilla. Pasé miedo, miedo de verdad”.

Afortunadamente para Jacques, la Guardia Civil los rescató cuando alcanzaron aguas españolas y los llevaron a Motril. “Nos recibió una ONG, de allí fui a Barcelona; y de Barcelona a Teruel”. La ONG les proporcionó un piso y cubrió sus necesidades básicas. Las profundas necesidades del alma, sin embargo, aún latían al ritmo de la soledad. “Estoy agradecido, porque me acogieron. Pero estás con un montón de gente que no es tu familia; son todos desconocidos”, recuerda.

Jacques había sobrevivido al viaje más peligroso de nuestro tiempo y gracias a la solidaridad de la ONG que le ayudaba contaba con recursos como para avanzar día a día. “Te dan techo, te dan comida, te dan clases de castellano. El que quiere puede estudiar una FP para después trabajar”. El futuro, sin embargo, no era nada halagüeño. “Nos ayudaban dos años, y después, tenías que seguir solo”. Jacques se sabía perdido en medio de la muchedumbre. “¿Tienes a alguien aquí?”, le preguntaban. “No”. “¿Y sabes qué vas a hacer?” “No lo sé”. Tal vez venir a España no había sido tan buena idea.

Su suerte estaba a punto de cambiar. Llevaba unos meses en Teruel cuando conoció una pequeña parroquia. “Mis compañeros de piso eran todos musulmanes, pero me dijeron: ‘Eh Jacques, hemos visto a un grupo de cristianos como tú’. No tenía nada mejor que hacer, así que bajé a conocerlos”. Jacques sonríe con el recuerdo. “Me recibieron con cariño”, confiesa alegre en su español afrancesado y saltarín. “Me preguntaban qué tal, se alegraban siempre que me veían”.

Un joven marfileño le habló del Centro Vida Nueva. “Iba a llegar un momento en el que la ONG me soltaría y tendría que sobrevivir. No sabía dónde iba a estar”. El centro de acogida asomó entonces como una oportunidad para huir de la incertidumbre. “A él le habían ayudado y le iba bien”, nos cuenta.

Jacques se embarcaba hacia lo desconocido, otra vez. “Llegué a Vida Nueva el 4 de octubre de 2017”, rememora. “El primer año no fue fácil, no entendía el castellano y ellos no hablaban francés”. Le preguntamos si se sintió aislado y se ríe con una risa contagiosa. “No, no. Todos me querían un montón”, dice. “A veces en la comida quería repetir, pero no me acordaba del nombre del plato y me quedaba en silencio”, reconoce entre risas. “Así que cuando me veían callado mis compañeros me preguntaban qué era lo que necesitaba. ¿Pan?, ¿agua?... hasta que yo reconocía la palabra”.

Las películas, nos cuenta, las veían con subtítulos y le hacían sitio en primera fila. En el día a día le explicaban las actividades con paciencia. “Creo que aún tengo los dibujos que me hacía el responsable para que le entendiera”, admite con cariño. Poco a poco Jacques terminó metiéndose en el ritmo colectivo del centro. En medio de la rutina fue encontrando su lugar. Deporte, actividades formativas, convivencia diaria… “un nuevo estilo de vida que me llenó de paz. Me sentía en casa”.

“No tenía pasaporte”, detalla. “Lo había dejado en Marruecos porque me habían recomendado viajar sin él para que no me pudiesen deportar”, explica en su testimonio. “Y aunque pedí a quien me lo había guardado que me lo enviara, no llegaba”. Empezó de esta forma todo un proceso para llegar a una regularización completa. El centro le acompañó paso a paso. “Tienen un equipo muy bueno aquí”, reseña refiriéndose a las trabajadoras sociales.

Un día, un amigo de Alemania le llamó para contarle lo bien que le iba y le ofreció su ayuda. Jacques, viendo que tardaba en regularizarse en España porque la compleja situación política en Guinea ralentizó severamente la actividad en la embajada, decidió marcharse del centro para alcanzar su sueño de otra manera. Él y su amigo quedaron en un bar de Bilbao para ultimar los detalles y compraron el billete, pero Jacques no se subió al autobús. Cuando le preguntamos qué lo detuvo nos responde: “No quería esa vida. Cuando salimos de mi tierra, todos buscamos hacer dinero, pero pensé ¿y luego qué? Mi amigo no se lo podía creer. Me dijo: ‘Si de verdad te han tratado tan bien en ese sitio, ¿tú te crees que te van a dejar volver? ¿Te crees que los blancos son tontos?’. Aún recuerdo el abrazo que me dio uno de los voluntarios el día que volví. Todos se alegraron mucho”.

Jacques continuaba su vida sencilla en el centro. En oficinas siguieron insistiendo por establecer contacto con la embajada, y tras mucho esfuerzo durante meses y muchas llamadas el asunto del pasaporte pudo solucionarse. Con ayuda del centro consiguió un trabajo. “La confianza que se ha ganado Vida Nueva en los pueblos de alrededor ayudó mucho”.

El trabajo consistía en cuidar a un hombre mayor; la familia que le iba a contratar había preguntado en Vida Nueva porque, según nos cuenta Jacques, tenían fama de tratar muy bien a las personas. “A la entrevista me acompañó una trabajadora social y a mi primer día de trabajo me acompañó un responsable. Le dijo al anciano que podía llamarme Santi, que es Jacques en castellano, porque le iba a ser más fácil”, recuerda mientras ríe.

“Aquel hombre se preocupaba mucho por mí”, nos dice Jacques, que guarda un tierno recuerdo de él. En este trabajo vio cómo en el centro había aprendido a convivir y a poder ayudar a otros al igual que le habían ayudado a él. “Traté de cuidarle siempre con mucho amor, hasta el último momento, como había aprendido en Vida Nueva”. La relación con aquel hombre se hizo profunda y cariñosa. El anciano falleció, pero la relación con la familia se mantuvo. “Me invitan a sus celebraciones y yo les digo que si necesitan ayuda para alguna tarea cuenten conmigo. Nos queremos mucho”.

Uno de los hijos del anciano recibió una oferta de trabajo de una empresa estable y decidió recomendar a Jacques. “Me llama y me dice, ‘Santi (porque me llama Santi), donde trabajo necesitan a una persona y les he dado tu nombre’ ”.

Jacques posa con su uniforme de trabajo

Y así, tras mucho esfuerzo, Jacques se ha podido incorporar al mercado laboral de manera estable. Le preguntamos qué diferencia ha supuesto para él vivir el proceso acompañado por la asociación. “No me gusta estar con los brazos cruzados esperando a que haya trabajo para moverme. Me pagan por cada minuto que paso en la empresa. Si he acabado mis tareas, adelanto con otras, aunque no me las pidan. Si me dicen: ‘Jacques, vamos a coger esto que no es nuestro y nadie mira’, voy a decir que no; si para salir de un apuro pudiera mentir, sé que no lo voy a hacer. Quiero ganarme mi sueldo de manera honrada, eso lo he aprendido aquí”.

Jacques ha conseguido integrarse a nivel social y laboral: es un trabajador que agradece cada día la acogida recibida y la vida nueva que hoy disfruta.