El paisaje amarillo que ha transformado Pamplona: qué hay detrás de los campos que brillan esta primavera
Los alrededores de Pamplona ofrecen estos días una imagen poco habitual durante buena parte del año. Decenas de parcelas de la comarca se han teñido de amarillo en plena primavera y han convertido el paisaje agrícola en una de las estampas más reconocibles de estas semanas.
El cambio se aprecia con claridad en varios puntos de la cuenca, donde el color resalta sobre el terreno de secano y rompe la uniformidad de los cultivos más habituales. Es un fenómeno breve, pero muy visible, que cada año atrae miradas, fotografías y la misma pregunta entre muchos vecinos y conductores: por qué hay tantos campos amarillos alrededor de la capital navarra.
Aunque muchos lo identifican solo como una imagen vistosa, lo cierto es que detrás de ese amarillo hay un cultivo con una función muy concreta dentro del campo navarro. No aparece por casualidad ni responde solo a una cuestión estética. Su presencia tiene que ver con la forma en la que se organizan las siembras, con la necesidad de diversificar y con las ventajas que aporta a la tierra frente a otras alternativas más repetidas.
Ese cultivo es la colza, una oleaginosa que se ha consolidado en Navarra como alternativa al cereal y que vuelve a dejar una imagen muy visible en la Comarca de Pamplona. En la campaña 2024 su superficie se situó en 6.494 hectáreas en la Comunidad foral, después de haber alcanzado 7.856 hectáreas el año anterior, según datos recogidos por Navarra Agraria a partir de la información estadística oficial.
Su vuelta se explica, sobre todo, por motivos agronómicos. La colza encaja en la rotación con trigo y cebada, ayuda a diversificar el calendario de trabajo y permite limpiar parcelas con problemas de malas hierbas. INTIA destaca además que rompe ciclos de algunas enfermedades y plagas importantes en Navarra, lo que la convierte en una opción útil dentro de la planificación de muchas explotaciones.
A eso se suma el efecto de la PAC y de los actuales ecorrégimenes, que premian la rotación de cultivos con especies mejorantes. Esa lógica ha reforzado el interés por introducir alternativas al cereal en determinadas parcelas. No significa que todos los años se siembre en los mismos terrenos ni con la misma intensidad, pero sí ayuda a entender por qué la colza vuelve a aparecer en distintos puntos de la cuenca y gana protagonismo visual algunas primaveras.
En el caso de la Cuenca de Pamplona, además, la colza no es un cultivo extraño ni puntual. Los partes agrarios y seguimientos técnicos del Gobierno de Navarra y de INTIA han venido situando esta planta en la comarca en distintas campañas, tanto en fase de nascencia y roseta en invierno como en floración al llegar la primavera. Eso explica que el paisaje amarillo se repita de forma periódica en el entorno de la capital.
La colza se siembra habitualmente en otoño y atraviesa el invierno en el campo hasta entrar en floración en primavera. Es entonces cuando llega el momento más llamativo para el paisaje. Durante unas semanas, las flores cubren parcelas enteras con un amarillo muy intenso que se distingue con facilidad desde la carretera y desde muchos caminos rurales de la comarca. Después continúa su ciclo hasta la cosecha de comienzos del verano.
Más allá de su impacto visual, se trata de un cultivo con aprovechamiento económico. La colza se cultiva por su semilla, de la que se extrae aceite, y su destino principal está ligado al uso industrial y energético, especialmente a la producción de biodiésel. Ese vínculo con la industria de los biocarburantes ha sido una de las claves de su expansión y de su permanencia en Navarra durante los últimos años.
INTIA lleva años señalando que las oleaginosas como la colza son una alternativa interesante al cereal porque ayudan a mejorar los suelos y a luchar contra las malas hierbas. En otras palabras, no solo sirven para obtener una cosecha distinta, sino también para preparar mejor la parcela para campañas posteriores. Esa utilidad agronómica es una de las razones por las que sigue teniendo sentido en zonas de secano fresco y en áreas próximas a Pamplona.
Por eso, cuando el amarillo reaparece en Pamplona y su comarca, no se está viendo solo una postal bonita de primavera. Lo que aparece en esos campos es el reflejo de una decisión agrícola muy concreta: introducir un cultivo que diversifica, ayuda a ordenar mejor la explotación y mantiene una salida comercial ligada al aceite y al biodiésel.
El resultado, eso sí, es muy visible para cualquiera que salga de Pamplona estos días. Durante unas pocas semanas, la cuenca cambia de aspecto y deja una de las imágenes más llamativas de la primavera navarra. Luego el color desaparecerá, pero hasta entonces la colza volverá a cumplir una doble función: trabajar en el campo y, al mismo tiempo, regalar uno de los paisajes más reconocibles del entorno de la capital.