Mujeres y política

Imagen ilustrativa de mujeres en política. IA
Carta de Judith Sarrablo Roure

Según Michelle Bachelet, directora de ONU Mujeres: “Cuando una mujer entra en política, cambia la mujer; cuando muchas mujeres entran en política, cambia la política”.

En un mundo político todavía marcado por estructuras históricamente dominadas por hombres, las mujeres han irrumpido con fuerza, determinación y resultados que transforman sociedades. Son líderes, legisladoras, activistas y gobernantes cuyas trayectorias redefinen el poder y muestran que la gestión pública puede ser tan firme como compasiva, tan estratégica como inclusiva.

El auge de un liderazgo imprescindible durante las últimas décadas y la participación política femenina ha escalado de forma sostenida. Aun cuando la paridad no es una realidad absoluta en todos los países, los logros alcanzados son innegables: leyes de cuotas, aumentos significativos de representación parlamentaria y el ejercicio efectivo de la jefatura del Estado o de Gobierno en varias naciones.

Hay cifras que nos inspiran y que nos demuestran que hay brechas que persisten: a nivel mundial, solo el 27,2 % de los parlamentarios son mujeres, un aumento desde apenas el 11 % en 1995, pero aún lejos de la paridad numérica. Las mujeres constituyen menos de una de cada cuatro ministras en gabinetes de gobierno (22,9 %). Y, actualmente, solo 25 países tienen mujeres como jefas de Estado o de Gobierno. En América Latina y el Caribe, las mujeres representan cerca del 36 % de los parlamentarios; en Europa y Norteamérica, alrededor del 33 %; pero en Asia Central y Meridional, apenas el 17 %.

Estas mujeres, muchas veces enfrentadas a prejuicios estructurales, han demostrado que la política no solo necesita presencia femenina, sino que se beneficia profundamente de ella. Las “mujeres titanes” no se conforman con ocupar espacios; transforman dinámicas, priorizan consensos y suelen tender puentes en momentos de polarización.

Históricamente, ha habido figuras que nos han influido, como Margaret Thatcher, Angela Merkel o Ellen Johnson Sirleaf, las cuales marcaron hitos globales. Sin embargo, las nuevas generaciones de lideresas también están dejando huella en la agenda internacional, como Jacinda Ardern, ex primera ministra de Nueva Zelanda, que redefinió el liderazgo con empatía y eficacia frente a crisis múltiples; Sahle-Work Zewde, presidenta de Etiopía, que impulsó la visibilidad de las mujeres en la diplomacia africana; y legisladoras en América Latina que han liderado reformas clave en derechos humanos, equidad de género y justicia social.

Estos ejemplos, lejos de ser aislados, forman parte de un movimiento global en el que las mujeres políticas no solo compiten por cargos: compiten en ideas, resultados y propuestas transformadoras.

Las barreras que enfrentan las mujeres en política, desde discriminación explícita hasta cargas culturales invisibles, siguen siendo reales. No obstante, cada obstáculo superado se traduce en un avance colectivo: mentorías, redes de apoyo, leyes de paridad y políticas públicas con perspectiva de género están consolidando un terreno más equitativo.

El impacto de estas mujeres trasciende su figura individual. Su liderazgo inspira a otras a imaginarse en espacios de toma de decisiones, creando un círculo que abre puertas y construye un nuevo futuro.

La política del siglo XXI requiere voces diversas. Las “mujeres titanes” no son una excepción, sino una necesidad democrática. Gobernar, legislar o representar implica sensibilidad social, rigor intelectual y, en muchas ocasiones, la valentía de adoptar cambios audaces.

Mientras algunas sociedades aún debaten la pertinencia de la presencia femenina en política, otras están cosechando los frutos de una gobernanza más inclusiva y efectiva. La lección es clara: la igualdad no empobrece la política, la enriquece.

Carta de Judith Sarrablo Roure