El odio siempre es del contrario
Lo de algunos socialistas de Pamplona empieza a resultar difícil de explicar. En su día, pasaron días señalando la visita de Vito Quiles, alertando sobre sus mensajes y alimentando una polémica que parecía necesitar, por encima de todo, un enemigo al que apuntar. Y cuando llegó el día, el parque de Yamaguchi acabó siendo escenario de incidentes, enfrentamientos y violencia.
Que quede claro desde el principio: los responsables de los actos violentos son siempre quienes los cometen. Pero eso no significa que los representantes políticos estén exentos de responder por el tono de sus declaraciones, por la crispación que puedan alimentar y por la responsabilidad que exige ocupar un cargo público.
La portavoz del PSN en el Ayuntamiento de Pamplona, Marina Curiel, tuvo mucho que decir sobre aquella visita. La pregunta ahora es si esa misma firmeza se mantiene cuando los acontecimientos no encajan en el relato político que se quería construir.
Porque es muy fácil advertir del peligro que representa alguien que viene a la ciudad. Lo difícil es explicar que, en democracia, nadie tiene derecho a decidir por la fuerza quién puede hablar y quién debe marcharse. Es muy sencillo repartir etiquetas de odio. Lo complicado es defender la libertad cuando quien la ejerce piensa justo lo contrario que nosotros.
¿Querían defender la convivencia? Pues convendría empezar por entender que la convivencia no consiste en advertir a la ciudadanía de que llega alguien incómodo para nuestras ideas. Consiste en defender las reglas democráticas para todos, también para quienes no nos gustan.
Y aquí llega la gran contradicción: algunos parecen confundir la política con una competición para ver quién señala con más dureza al adversario. Se lanzan advertencias, se eleva el tono y se alimenta el enfrentamiento. Después, cuando la tensión se traslada a la calle, todos se apresuran a recordar que la violencia es inaceptable.
Por supuesto que lo es. Pero la responsabilidad política también consiste en medir las palabras antes de que el conflicto estalle, no solamente en pronunciar discursos de condena cuando las imágenes de los incidentes ya están en todas partes.
No afirmo que el PSN provocara aquellos disturbios de Yamaguchi. No hace falta inventar responsabilidades para formular una pregunta incómoda: ¿qué aporta a la convivencia una estrategia política que convierte una visita en una batalla ideológica antes incluso de que se produzca?
Pamplona no necesita más gasolina en una sociedad suficientemente dividida. Necesita políticos que sepan distinguir entre criticar y señalar, entre discrepar y enfrentar, entre ejercer la libertad de expresión y pretender que determinadas ideas no tengan espacio público.
Y tampoco podemos olvidar que el PSN ha facilitado la Alcaldía de Pamplona a EH Bildu. Es una decisión política legítima, pero merece una explicación a los ciudadanos que no comparten esos pactos. Especialmente cuando hablamos de convivencia, de memoria y de los límites que deben marcar la defensa de la democracia.
María Chivite no puede limitarse a contemplar lo que sucede desde el despacho de la Presidencia. Como secretaria general del PSN, debería exigir a su partido en Pamplona que abandone la política de confrontación y explique qué entiende realmente por convivencia.
No se trata de responsabilizar a los socialistas de los actos de otros, sino de exigirles que estén a la altura de sus propias palabras.
Y a quienes protagonizan actos violentos, un mensaje igual de claro: ninguna consigna política, ninguna bandera y ningún rechazo ideológico justifican lanzar piedras, atacar a la Policía o sembrar el miedo entre los vecinos. Sus responsables deben responder siempre por sus actos.
Los vecinos de Yamaguchi no tienen por qué pagar el precio de las guerras ideológicas de nadie. No tienen por qué soportar el caos mientras los políticos se reparten reproches y buscan rentabilidad en cada enfrentamiento. Merecen tranquilidad, seguridad y representantes que estén más preocupados por resolver los problemas que por alimentar las trincheras.
Porque hay algo que el PSN debería aprender de una vez: no se puede pasar el día señalando el supuesto odio ajeno y olvidar que las palabras de un político también tienen consecuencias.
La libertad de expresión no se defiende eligiendo qué voces nos parecen aceptables, sino garantizando que nadie tenga que imponer su silencio mediante la intimidación.
Señores del PSN, menos gasolina para la crispación y más lecciones reales de convivencia.
Carta de Juan Antonio Extremera