Los rostros del pasillo de Maristas en Pamplona
Supongo que llega uno a una edad en la que nos da por subirnos al lomo de nuestro particular Caballo de Troya para hacer un viaje en el tiempo y recordar aquellos inolvidables años.
Nunca olvidaré aquella conversación por los pasillos del colegio de los Maristas de Pamplona con el hermano Félix García de Galdeano a principios de los años 90.
Me recuerdo, en aquel encuentro, como un joven rebelde que se encontraba muy alejado aún de la madurez que, debo decir, muchos de mis compañeros de clase ya habían adquirido a esa temprana edad.
En una de las oscuras arterias que discurrían por ese edificio diseñado por el arquitecto Víctor Eusa, se alzaban aquellas orlas con las fotografías individuales de los alumnos graduados en un año específico, acompañados de sus profesores y tutores.
Paseábamos lentamente, con la mirada fija en aquellos cuadros de graduación que retrataban distintos rostros, primero en blanco y negro, para, con el paso de los años, transformarse en color.
El Félix (el artículo delante del nombre también formaba parte de su denominación) se detenía en cada orla que engalanaba la pared del nostálgico corredor para señalarme los exalumnos ilustres que habían formado parte del centro y a los que se vanagloriaba de haber impartido clase.
Allí estaba el rostro de Joaquín Luqui, reconocidísimo locutor de radio de Los 40 Principales que hizo célebre la frase: “Tres, dos o uno… tú y yo lo sabíamos”.
O Javier Moscoso, político que llegó a ser ministro de la Presidencia (1982-1986) y fiscal general del Estado.
El valiente fotógrafo y reportero de guerra Fernando Múgica.
Areta I, futbolista destacado del Athletic de Bilbao.
El que fuera presidente del Tribunal Superior de Justicia de Navarra, Joaquín Galve.
El prestigioso médico y oncólogo Alberto Núñez.
Incluso me mencionó a la icónica pintora Pitti Bartolozzi, que decoró en 1959, con sus característicos dibujos infantiles, las paredes de las aulas de párvulos.
Por último, se detuvo en una orla.
—¿Reconoces a alguien? —me preguntó.
Ante mí se presentaban, en blanco y negro, distintos rostros del pasado, con las llamativas gafas de cristal de culo de vaso, esos peinados de marcada raya a un lado y aquellas muecas de sonrisa giocondiana congelada en el tiempo.
—La verdad es que no reconozco a nadie, Félix.
Me señaló la segunda fila superior izquierda, donde aparecía un joven de mirada inteligente llamado Juan José Benítez.
Me contó que era un autor muy famoso que había escrito un libro titulado Caballo de Troya, que versaba sobre un viaje en el tiempo de dos oficiales estadounidenses a la época de Jesús de Nazaret y el contacto mantenido con este.
(Esta semana saldrá a la venta su último libro, Amado Gurú).
En unos días cumpliré 50 años.
Supongo que llega uno a una edad en la que nos da por subirnos al lomo de nuestro particular Caballo de Troya para hacer un viaje en el tiempo y recordar aquellos inolvidables años en los que ciertas conversaciones con determinadas personas galoparán por siempre en nuestra memoria.
…Como aquella, Félix, como aquella.