Reconozco que el contraste experimentado esta vez es tan brutal que me pregunto si podemos aspirar a emular las virtudes niponas o hemos de resignarnos a vivir en un país que cada día funciona peor.
Reconozco que el contraste experimentado esta vez es tan brutal que me pregunto si podemos aspirar a emular las virtudes niponas o hemos de resignarnos a vivir en un país que cada día funciona peor.
Se atribuye a Pío Baroja esa frase, tan certera, de que “el carlismo se cura leyendo y el nacionalismo viajando”. Y es que es mucho lo que podemos aprender cruzando la muga e impregnándonos de la vida cotidiana de los foráneos, más que visitando sus afamados monumentos.
Esta reflexión viene al hilo de un reciente viaje a Japón, un destino cada vez más popular entre los españoles, cuya experiencia me gustaría compartir con ustedes. Japón, podríamos resumirlo así, es un país eficiente. Los innumerables medios de transporte que utilizamos salieron a su hora. La puntualidad del tren bala supera el 99 %, y el retraso medio, incluso mediando fenómenos naturales o incidencias operativas, es inferior a un minuto. Solo nuestras disputadísimas timbas de mus perturbaban la paz del convoy.
La limpieza es igualmente llamativa. Aunque no hay papeleras, no verán basura en el suelo. Ni siquiera colillas, pues en las grandes ciudades está prohibido fumar en la calle, salvo en los espacios habilitados al efecto. Los propios estudiantes limpian sus aulas como parte de su proceso formativo.
Es también un país muy seguro. Perdí mi cartera en un templo atestado de gente y la recuperé intacta. Apenas se oyen sirenas policiales, y los pocos agentes que vi iban desarmados. Pequeñas comisarías están atendidas por uno o dos uniformados, con bicicletas por todo vehículo.
La educación y el respeto rayan el servilismo. La salida y entrada de los vagones del metro, por más abarrotados que estén, se hace manteniendo un orden exquisito.
No hay mendicidad. El estricto control fronterizo y la insularidad minimizan la emigración ilegal.
El paro es del 2,5 %. La cultura del trabajo se caracteriza por la disciplina, la lealtad hacia la empresa y un fuerte sentido del deber colectivo, aunque también hay excesos. Se conoce como karoshi un fenómeno social que significa, literalmente, “muerte por exceso de trabajo”. Sanae Takaichi, la primera ministra nipona, que duerme entre 0 y 3 horas diarias, confesó que aprovechó la festividad del Día del Mar para limpiar su residencia oficial, lavar platos, planchar su ropa interior, coger dobladillos a sus faldas y coser botones.
Los precios me sorprendieron. En un país tan avanzado, el transporte, los hoteles, restaurantes, salvo que optemos por degustar la excelsa carne de Wagyu, y las entradas a lugares de interés turístico resultan muy asequibles. Como dice un amigo mío, lo bueno de vivir en Pamplona es que, vayas donde vayas, todo te parece barato…
La llegada a España me despertó abruptamente del sueño japonés. Las instrucciones del personal de tierra del aeropuerto para el control de pasaportes fueron caóticas. El taxi que cogimos exhibía un cartel que rezaba: “En este vehículo no hay nada de valor. Soy del barrio”, con el que su conductor buscaba disuadir a los cacos. La autopista A-7 está jalonada de pantallas que alertan del riesgo de robos. Los AVE que, al día siguiente de mi llegada, salían de Girona a Barcelona sufrieron retrasos por una bajada de tensión, y los que circulaban entre Barcelona y Madrid, por un robo de cobre. Los cinco trenes que he tomado tras la vuelta han llegado tarde.
En el ámbito laboral, al acusado incremento del paro patrio, atribuido a razones estacionales, se suma el imparable aumento del absentismo. Unos 2.000 funcionarios del Gobierno de Navarra faltan cada día a su trabajo.
En materia de civismo, aunque algunos ayuntamientos han empezado a prohibir el tabaco en las playas, muchos fumadores siguen tomándolas por ceniceros.
Aún en la distancia, procuré estar al tanto de las noticias de Navarra, empezando por la actualidad rojilla. Supe así que a Joseba Asirón le preocupa más la heráldica que la suerte de quienes malviven en la antigua Ikastola Jaso, nuestra pequeña Ceuta. También me llegaron ecos del new look publicitado por María Victoria Chivite, cuyo estilista le ha plantificado una escarola en la cabeza. Y seguí con desazón la última hora sobre la invasión marroquí. La cosoberanía sobre la todavía ciudad española apuntada por Román Felones, de los pocos socialistas que hasta ahora no había perdido el oremus, me dejó estupefacto.
En una carta fechada en 1549, San Francisco Javier, en plena misión evangelizadora, ya se refería a los japoneses como “la mejor gente que hasta agora está descubierta”. Cinco siglos después, parece evidente que somos nosotros quienes más tenemos que aprender de ellos, y no hablo precisamente de religión.
Pero no se equivoquen; estoy orgullosísimo de ser pamplonés, navarro y español, y no me cambiaría por ningún japonés, pues también ellos tendrán sus problemas.
Reconozco, eso sí, que el contraste experimentado esta vez es tan brutal que me pregunto si podemos aspirar a emular las virtudes niponas o hemos de resignarnos a vivir en un país que cada día funciona peor, máxime teniendo en cuenta que pagamos más impuestos que ellos. ¿Tan difícil es hacer las cosas bien? Empezando por uno mismo, claro.